Hay algo curioso que todos hemos sentido alguna vez. Esperamos que lo espiritual se vea impresionante, pero muchas veces se siente común. Una reunión sencilla, himnos no tan afinados, discursos normales. Y pensamos en silencio: ¿esto es todo?

Esa tensión no es nueva. Incluso autores como C. S. Lewis lo describieron con claridad. Él explicaba que uno de los mayores riesgos espirituales es quedarnos en lo superficial, en lo que se ve, y perder lo que realmente está pasando.

Lo más sagrado muchas veces no es lo más evidente y lo evidente, casi siempre, es lo primero que nos distrae.

Ver más allá de lo evidente

El élder Dieter F. Uchtdorf, del Cuórum de los Doce Apóstoles. Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

Hay una historia que ayuda a entenderlo mejor. En una ocasión, Dieter F. Uchtdorf llevó a una amiga a una reunión de la Iglesia en Alemania. Era un espacio sencillo, incluso improvisado, nada de lo que uno imaginaría como “perfecto”.

Mientras él veía errores y momentos poco fluidos, desde otra perspectiva su amiga vio personas que se querían y unidad en medio de diferencias. Recordó que a veces nosotros vemos forma, pero otros perciben esencia. Porque no todo lo que edifica es llamativo y no todo lo llamativo edifica.

Muchas veces pensamos en Dios como algo lejano o abstracto. Pero el evangelio restaurado enseña que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son una energía impersonal. Son seres reales, unidos en propósito, amor y voluntad.

Esa unidad no borra sus diferencias, las armoniza. No es uniformidad, es coherencia. Es una forma de vivir donde nada compite, todo apunta en la misma dirección. Jesucristo lo expresó así:

“Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti” – Juan 17:21

Aprender a ser uno implica ajustar intenciones, ceder orgullo, elegir constantemente algo más alto que uno mismo.

La Iglesia como un espacio de práctica

Imagen: masfe.org

Si todo esto es real, entonces cambia la forma en la que vemos la Iglesia. Es un espacio donde se ensaya una forma distinta de vivir.

Ahí aprendemos paciencia, servicio, amor, perdón. Muchas veces lo hacemos con personas imperfectas, porque nosotros también lo somos. Las escrituras enseñan:

“Para que… seáis… bien coordinados… para ser un templo santo” – Efesios 2:19–21

Esa “coordinación” no ocurre sin fricción. La incomodidad no siempre indica que algo está mal. A veces indica que algo está cambiando..

Cuando el evangelio continúa fuera del domingo

Imagen: másfe.org

Todo esto no se queda en la capilla. De hecho, empieza ahí y continúa afuera. La vida diaria también es parte del discipulado. El trabajo, los estudios, las relaciones. Todo se vuelve una oportunidad para vivir lo que creemos.

Las escrituras lo dicen así:

“Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor” – Colosenses 3:23

Lo cotidiano deja de ser rutina cuando se tiene intención y eso es lo que convierte acciones comunes en decisiones espirituales.

No siempre veremos resultados inmediatos. Pero la constancia, con el tiempo, forma algo que no se construye de golpe.

Aprender a mirar diferente

jean; iglesia; amigos
Imagen: Venir a Cristo

Al final, el problema no es que el evangelio sea simple. Es que a veces esperamos lo equivocado.

Queremos experiencias impactantes todo el tiempo. Pero Dios muchas veces trabaja en lo constante, en lo pequeño, en lo cotidiano. Como enseñó Russell M. Nelson:

“Nuestro enfoque debe estar centrado en el Salvador cuando lo hacemos, nuestros temores desaparecen.”

Centrarse no es solo pensar en Él de vez en cuando. Es ordenar la vida alrededor de Él.

Tal vez la próxima vez que estemos en una reunión y algo no salga perfecto, podemos observar y considerar. No todo lo importante hace ruido, pero eso no significa que no esté pasando.

Fuente: Meridian Magazine 

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