Nota del editor: Este artículo se basa en información recopilada y redactada en Legado de Promisión.
Hoy es normal ver a miles de jóvenes peruanos usando una placa misional. Pero hubo un tiempo en que eso no existía. Un tiempo en que alguien tuvo que ser el primero.
Ese alguien fue William Cipriano Romero. Su decisión no solo cambió su vida. Cambió la historia de la Iglesia en el Perú.
Un joven formado entre pérdidas, trabajo y decisiones difíciles

William nació el 16 de septiembre de 1938 en Moquegua. Desde joven conoció la inestabilidad. Su familia se trasladó a Lima por la enfermedad de su padre, quien falleció poco después debido a una negligencia médica.
Ese golpe cambió el rumbo familiar.
Con el tiempo, la familia se mudó a Tacna, luego regresó a Moquegua y nuevamente volvió a Tacna. En su juventud, William trabajó en el centro minero de Toquepala y también en embarcaciones que llegaban al puerto de Ilo.
Su vida, como la de muchos jóvenes peruanos de esa época, estaba marcada por el esfuerzo y la incertidumbre. No había nada que indicara que su historia tendría un impacto en el futuro de la Iglesia en el país.
Hasta que conoció a los misioneros.
Una conversación que parecía casual, pero no lo era

En febrero de 1959, mientras viajaba en taxi, conoció a dos misioneros. Conversaron brevemente. Ellos le ofrecieron visitarlo. Él aceptó.
Días después, llegaron a su casa, le hablaron de Jesucristo. Le hablaron de José Smith. Le dieron un Libro de Mormón. Y le hicieron una invitación sencilla para orar, leer y asistir.
“El mensaje fue sobre la Trinidad, el cual lo entendí y sentí que ya lo sabía, más no así sobre sobre las apariciones a José Smith, que me parecieron muy fantásticas […] los Misioneros Mormones me obsequiaron un libro de Mormón. Para terminar, me hicieron un desafío, que para hallar y conocer la verdad, tenía que cumplir con tres metas: la primera era que tenía que orar y preguntar si estas cosas son verdaderas; segundo estudiar para aumentar mis conocimientos; y tercero que asista a su Iglesia los domingos en base a que ‘por sus frutos los conoceréis’, me dieron la dirección y el horario de su reunión. Acepté el desafío”.
No le pidieron que creyera de inmediato. Le pidieron que buscara por sí mismo. William aceptó el desafío, pero no fue fácil.
Su propia madre, molesta, llegó a arrojar el Libro de Mormón al techo de la casa. A veces, para seguir aprendiendo, William escuchaba las lecciones en un parque, lejos de casa. Su fe empezó a crecer en medio de la oposición, no en la comodidad.
Antes de ser miembro, actuaba como misionero

Traducción: 30 de septiembre. El presidente y la hermana Sharp recibieron a tres nuevos misioneros en el aeropuerto: los élderes Donald L. Jones, Anthony H. Hatch y Don Wallace Bateman. Ese mismo día, pero por la tarde, se reunieron con el élder William Cipriano Romero, de Toquepala. Este élder es peruano nativo y será el primer misionero peruano de la misión. Se enviaron informes completos a los padres de los misioneros que están y han estado enfermos, así como un informe a la Primera Presidencia.
Aunque todavía no se había bautizado, William ya acompañaba a los misioneros. Caminaba con ellos, enseñaba y compartía su testimonio. No pudo bautizarse de inmediato porque necesitaba el permiso de su madre y todavía no alcanzaba la mayoría de edad, que entonces era de 21 años.
Meses después, en noviembre de 1959, finalmente fue bautizado. Ese día no solo tomó una decisión personal. Sin saberlo, estaba preparándose para abrir un camino.

En 1960, ocurrió algo histórico. William fue llamado a servir como misionero de tiempo completo en la recién creada Misión Andina. Se convirtió en el primer peruano en hacerlo.
“6 de octubre de 1960, en Lima, fui ordenado élder por el presidente James Vernon Sharp, de la Misión Andina, durante la reunión misional realizada en el ‘Aurendez vu’ de la Av. Brazil. Ese mismo día y en el mismo lugar fui apartado como misionero por el apóstol Joseph Fielding Smith, presidente del Quórum de los Doce”.
Hasta ese momento, la mayoría de los misioneros venían de otros países. El Evangelio ya no estaba siendo predicado solo por extranjeros. Ahora también estaba siendo predicado por quienes habían nacido en esta tierra.
Sirvió en Lima, Magdalena, Mariátegui y Trujillo, en lugares donde la Iglesia recién estaba comenzando. No había capillas como hoy, había fe y eso era suficiente.
Un liderazgo que continuó después de la misión

Traducción: William Cipriano Romero fue sostenido como presidente de la Rama N.º 2 (de habla hispana, con 30 miembros), con Jacinto Quelopana como primer consejero y Charles B. White como secretario. Después de la reunión, los siguientes fueron apartados por el presidente Sterling Nicolaysen: el presidente Marion C. Robinson (padre) como presidente de distrito; Charles B. White como secretario del distrito; el presidente William C. Romero como presidente de la Rama N.º 2; el presidente Marvin E. Brown como presidente de la Rama N.º 1; Richard L. Stewart como segundo consejero de la Rama N.º 1; Jacinto Quelopana como primer consejero de la Rama N.º 2; Rey L. Whetten como director de distrito de la Escuela Dominical; Erma Whetten como directora de distrito de la Primaria; Hannah L. Farnsworth como directora de distrito de la MIA; y Martha White como directora de distrito de la Sociedad de Socorro.
William fue relevado honorablemente en 1962. Pero su servicio no terminó. Al regresar, fue llamado como presidente de la Rama Toquepala II, una congregación de habla hispana.
Ese llamamiento reflejaba un cambio importante. La Iglesia comenzaba a ser dirigida por líderes locales.
Años más tarde, cuando la presencia de la Iglesia disminuyó en esa zona, William ayudó a facilitar el regreso de los misioneros y la reorganización de la rama.
Entendió que el discipulado no es una etapa. Es una forma de vivir.
No solo fue el primer misionero peruano. También fue parte de la primera generación de líderes peruanos.
Su misión no terminó cuando regresó a casa

Décadas después, William continuó participando activamente en la Iglesia. Se casó con Nancy Vargas en 1982 y formó una familia. Siguió compartiendo su testimonio y su historia.
William Romero no fue famoso o escribió libros reconocidos, pero fue el primero. Y cuando alguien es el primero, hace posible que miles vengan después.
El Perú tiene decenas de misiones y miles de misioneros han servido alrededor del mundo. Y cuando uno abre su llamamiento misional, existe una historia detrás.
Una historia de fe en medio de la duda, de decisión en medio de la oposición y de alguien que eligió creer.
Porque el futuro de la Iglesia en el Perú comenzó cuando un joven peruano decidió decir sí y así su decisión personal terminó convirtiéndose en una bendición para generaciones enteras.
Fuente: Legado de Promisión



