Cada historia de conversión es diferente y comienzan de muchas formas. Esta es la historia de un hombre que creció en las calles de Los Ángeles, en un ambiente donde sobrevivir era más importante que cualquier otra cosa. 

Sus padres eran adictos a la heroína y la violencia era parte del entorno cotidiano. Su padre incluso le enseñó cómo comportarse cuando llegara el día de ir a prisión.

Su madre fue asesinada a tiros cuando él aún era joven. Entre casas hogar y el sistema juvenil, su infancia pasó de un lugar a otro. Pero quedarse nunca era una opción real. A los 10 años ya sabía pelear en la calle y defenderse por su cuenta.

Más adelante fue enviado a la casa hogar MacLaren para niños, un lugar del que recuerda algo doloroso. Allí, según relata, el abuso era algo común. Con ese pasado, la vida de pandillas no fue una sorpresa.

Era simplemente el camino que parecía lógico seguir.

Una vida marcada por la violencia

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Durante años vivió dentro de ese mundo. Terminó en una prisión de alta seguridad, rodeado de otros miembros de pandillas. En ese momento de su vida ni siquiera consideraba la posibilidad de que Dios existiera.

Para él, creer en Dios era señal de debilidad. Su identidad para él era ser un soldado para su pandilla.

Se casó con una mujer que también había crecido dentro del mismo estilo de vida. Durante un tiempo continuaron viviendo de la misma manera hasta que en uno de sus viajes decidió detenerse en Idaho antes de regresar a Los Ángeles. El lugar le gustó, algo en el ambiente era distinto.

Así, él y su esposa, decidieron mudarse. Al llegar a Idaho Falls, lo primero que notó fue la amabilidad genuina de las personas. Para alguien que había crecido en ambientes duros, eso era algo completamente nuevo.

La cárcel y un libro inesperado

las escrituras Artículo de Fe
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Un día vio en televisión la historia de una mujer que había perdido todo porque alguien robó su identidad. Hasta ese momento siempre había pensado que sus delitos afectaban principalmente a los bancos o a las compañías. Pero ese día, le dijo a su esposa algo que marcaría un antes y un después:

“He terminado con el crimen”.

Poco tiempo después sufrió una lesión en el hombro y comenzó a usar opioides nuevamente. Eventualmente volvió a tener problemas con la ley y terminó en la cárcel en Idaho.

Esperaba que ocurriera lo que normalmente pasa en esos casos, una fuerte abstinencia. Para distraerse del malestar comenzó a leer la Biblia, que estaba disponible en la celda. No era creyente, pero necesitaba algo en qué concentrarse.

Tiempo después en su celda vió el Libro de Mormón. Empezó a leerlo sin muchas expectativas. Al principio le interesaban sobre todo los capítulos de guerra, pero poco a poco comenzó a preguntarse algo que nunca había considerado.

¿Qué tenía ese libro que parecía darle tanta paz?

Un versículo que cambió su perspectiva

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En algún momento, una duda apareció en su mente. Pensó que el libro podría ser racista y, molesto, lo lanzó al otro lado de la celda. Había crecido rodeado de racismo y lo detestaba.

Pero después decidió preguntarle a Dios, volvió a tomar el libro y abrió una página al azar. El versículo que leyó fue este:

“Él invita a todos a venir a Él… negro y blanco, esclavo y libre, hombre y mujer… y todos son iguales para Dios” – 2 Nefi 26:33.

Por primera vez comenzó a sentir que Dios también lo estaba invitando a Él.

Así, mientras estaba en la cárcel comenzó a asistir a las reuniones de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Algunos presos pensaban que estaba loco, pero él nunca fue alguien que dejara que las opiniones de otros decidieran por él.

“Está bien ser terco cuando se trata de Dios”.

Tiempo después, esperaba recibir una condena larga, pero el juez decidió darle una oportunidad.

Un nuevo comienzo con desafíos reales

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Cuando salió de prisión contactó a los misioneros y comenzó a prepararse para el bautismo. Dejar los cigarrillos y el café fue parte del proceso. El café, admite, sigue siendo una de las cosas más difíciles.

Así llegó el día de su bautismo. Su barrio en Ammon, Idaho, los misioneros y hasta su oficial de libertad condicional lo apoyaron en ese momento.

Sin embargo, poco tiempo después de ser bautizada, su esposa volvió a la adicción y decidió irse con otra persona. Al ser una situación dolorosa, durante varios días se encerró en su casa y comenzó a beber.

Un día su obispo apareció en su patio, le dijo que se fuera. Luego llegaron los misioneros, les pidió que no regresaran sin avisar antes. Finalmente algunos miembros del barrio, aparecieron en su puerta, ante las insistencias abrió.

Ese día recibió una bendición del sacerdocio y encontró la fuerza para levantarse nuevamente.

Seguir adelante, paso a paso

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A lo largo de su vida siguió luchando con la adicción. Cuando recaía, buscaba ayuda y entraba nuevamente a tratamiento. Su historia fue la de alguien que nunca dejó de intentar levantarse.

Con el tiempo entendió que Jesucristo quería que esté en la iglesia. A las personas que alguna vez lo llamaron “fanático de Jesús”, él con mucho gusto responde:

“¡Claro que sí!”

Nunca le ha preocupado demasiado lo que piensen los demás. Lo que sí sabe es que Dios ha aparecido en su vida una y otra vez, incluso cuando parecía que todo estaba perdido.

Lenny falleció el 22 de marzo de 2023. Su vida terminó con esperanza en Cristo. Su hija Shayla compartió que cree que su padre ahora está en un lugar mejor, donde puede cuidar y apoyar a sus hijos de una manera que siempre quiso hacerlo.

Quienes lo conocieron también recuerdan algo especial de su carácter. A pesar de todo lo que vivió, tenía una sensibilidad que conectaba con las personas. Amaba a los animales, amaba a los niños y tenía un corazón más tierno de lo que muchos imaginarían.

Su vida estuvo llena de luchas, pero también de momentos de fe, de arrepentimiento y de esperanza.

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