Hablar de Dios no es lo mismo que vivir de acuerdo con Su palabra. Confundir ambas cosas es más común de lo que parece y suele pasar desapercibido porque el discurso religioso, por sí solo, resulta cómodo.

Hoy la espiritualidad se expresa con facilidad: frases correctas, referencias bíblicas, opiniones bien formuladas y una presencia constante en conversaciones sobre ser cristiano. Aun así, nada de eso lo garantiza. Decir lo correcto no equivale a actuar de forma correcta.

El problema surge cuando la fe se utiliza para justificar actitudes que no se sostienen ante un análisis honesto. Hay quienes hablan de Dios, pero tratan mal a las personas que tienen cerca. Otros citan versículos mientras evitan asumir responsabilidad por su conducta. También están quienes defienden principios con firmeza, pero ignoran el impacto real de sus acciones.

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Escuchar el testimonio de nuestros seres queridos nos fortalece. Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

La incoherencia espiritual no siempre es evidente, aunque termina notándose. Se hace visible cuando alguien usa la religión para ganar discusiones, cuando se refugia en lo “espiritual” para no cambiar o cuando señala errores ajenos con rapidez, pero minimiza los propios. En ese punto, la fe deja de ser una guía y pasa a funcionar como una herramienta para sostener el ego.

Ese mismo patrón se repite en redes sociales. Criticar, exponer o descalificar desde una supuesta superioridad moral no es valentía espiritual. Es una forma cómoda de evitar la autocrítica. La espiritualidad que aparece solo para corregir a otros suele desaparecer cuando llega el momento de corregirse a uno mismo.

Ser espiritual no consiste en demostrar conocimiento religioso ni en dominar el lenguaje adecuado. La coherencia se construye en lo cotidiano. Se refleja en el trato hacia los demás, incluso cuando no hay testigos. Se confirma en la capacidad de actuar con respeto cuando no conviene y en la disposición a reconocer errores sin justificarlos con discursos.

Imagen: Canva

Hablar de Dios no reemplaza la responsabilidad personal. Tampoco compensa la falta de empatía ni valida actitudes hirientes. Mucho menos convierte automáticamente a alguien en una persona íntegra.

Por esa razón, no sirve de nada hablar de Dios si la vida diaria contradice lo que se dice creer. La fe no se mide por lo que se publica, se comenta o se argumenta, sino por la consistencia entre el discurso y la conducta.

Al final, la espiritualidad real no necesita explicaciones constantes. Se nota en las acciones. Y cuando no se nota, ninguna cantidad de palabras logra compensarlo.

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