Hay mensajes que no se olvidan. Historias que, aunque sean sencillas, logran tocar algo profundo dentro del alma y recordarnos por qué vinimos a la tierra.

“Te hallaré, mi querido amigo” es uno de esos relatos, hecha canción que ha circulado por años entre miembros de la Iglesia y jóvenes que se preparan para servir una misión.

Si bien es una historia ficticia que muestra de manera interesante una parte importante del plan de salvación, comparte de manera conmovedora una verdad poderosa: Dios prepara caminos para que Sus hijos encuentren la luz, incluso antes de nacer.

En Más Fe quisimos darle vida a esta historia a través de una versión musical que puedes escuchar cuando necesites esperanza, ánimo o motivación espiritual. Puedes encontrar el cover en nuestra cuenta de Spotify: https://bit.ly/4aM21uP.

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Te hallaré mi querido amigo

Imagen: Shutterstock

El siguiente relato es una historia ficticia. Aunque refleja de manera emotiva algunos principios del plan de salvación, no representa doctrina oficial de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y no debería compartirse en reuniones oficiales de la Iglesia.

Quisiera compartir con ustedes una experiencia que tuve en la vida preterrenal.

Yo, al igual que ustedes, era un ser espiritual que moraba en la presencia de nuestro Padre Celestial. Era feliz, porque aquel mundo era hermoso e indescriptible… pero entonces, ocurrió una gran agitación.

El Gran Concilio se había llevado a cabo hacía poco tiempo, y el plan de salvación había sido presentado.

Quienes decidimos seguir el plan propuesto por Jesucristo recibimos la noticia de que un día recibiríamos un cuerpo de carne y hueso, y que vendríamos al mundo terrenal para ser probados. Solo así podríamos alcanzar la seguridad de vivir por las eternidades con nuestro Padre Celestial.

Sabíamos que nuestro progreso como espíritus era limitado, y que este plan era necesario.

Yo estaba lleno de gozo de haber apoyado al Salvador.

La guerra había terminado.

Lucifer, ahora conocido también como el adversario, había sido desterrado junto a sus huestes de la presencia de Dios.

Allí, la medición del tiempo era diferente a la de la tierra y éste pasó fugazmente. En la vida preterrenal tenía grandes amigos… pero había uno en especial.

Aprendimos juntos sobre el plan de salvación y nuestra amistad realmente se volvió muy fuerte e inseparable.

Un día, mientras conversábamos, se nos acercó un ángel. Ambos supimos lo que eso significaba.

¡Naceríamos pronto! Y lo haríamos en el mismo tiempo.

Llenos de emoción, nos dirigimos a una arboleda y cada uno abrió su sobre.

No podía contener la felicidad. Leí que nacería en una familia honorable, miembros de la Iglesia de Jesucristo.

Entre las muchas cosas y bendiciones que se decían, una me maravilló aún más: se me preordenaba a servir una misión de tiempo completo. Si era fiel, tendría la oportunidad de compartir el Evangelio con mis hermanos y hermanas.

Mi felicidad era plena al saber todo lo que el Padre esperaba de mí.

Mi felicidad era plena al saber todo lo que el Padre esperaba de mí. Imagen: Másfe.org

Corrí a mi amigo para contarle el gozo que sentía. Cuando lo hallé, lo encontré de rodillas, sollozando y con las manos cubriendo su rostro; podía sentir su tristeza.

Con la confianza que nuestra amistad nos permitía, le pregunté: «¿Qué te sucede?»

Él no me respondió; seguía de rodillas sin decir nada. Vi en el suelo su carta de transferencia, la recogí y la empecé a leer.

En ella decía que él gozaría de grandes bendiciones durante su vida terrenal, que sus padres lo querrían mucho y que su familia sería muy unida y siempre estaría ahí para ayudarlo.

Sin embargo, me percaté de que él iría a una familia buena, pero sin el Evangelio de Jesucristo. De cualquier forma, por medio de la luz de Cristo se le prometía que él conservaría el deseo de conocer la verdad y la aceptaría si la buscaba con fe.

padre celestial cristo
«Complete peace» por Yongsung Kim

El momento de partir llegó y nuestra vida en la tierra estaba a punto de comenzar.

Al caminar por el corredor del silencio, pensaba en la manera de animar a mi amigo para que no se sintiera triste.

No pude lograrlo. No me dijo ni una sola palabra.

Cuando llegamos al final del corredor, me miró con los ojos llorosos, me abrazó fuertemente y me dijo: «Encuéntrame, por favor, encuéntrame».

Le prometí que lo haría, por la gran amistad que nos unía y le respondí: «Te hallaré, mi querido amigo.»

Autor desconocido.

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