Nota del redactor: La experiencia que se relata en este artículo corresponde a la autora Lynne Perry Christofferson de Meridian Magazine y refleja vivencias personales que ella comparte.
Todos nosotros tenemos la necesidad de sentirnos en casa y eso también pasa dentro de la Iglesia. La experiencia de Lynne Christofferson ilustra perfectamente esa sensación y refleja el impacto cristiano detrás de un simple gesto: dar la bienvenida a la Iglesia.
Su experiencia es un ejemplo evidente de que el evangelio no solo se vive compartiendo mensajes desde un púlpito sino, desde gestos sencillos de amor cristiano que marcan la diferencia.
Volver a casa no fue lo mismo

En marzo de 2020, en los primeros días de la pandemia del COVID-19, Lynne y su hermano quedaron varados en Marruecos debido a los cierres internacionales. Sin embargo, luego de una salida casi milagrosa hacia París, regresaron finalmente a Atlanta, su casa.
Al llegar a su país de orígen, ambos esperaban sentir alivio al pisar el suelo que conocían pero lo que pasó fue completamente lo opuesto.
Antes de bajar del avión, se les exigió completar formularios detallando sus viajes y luego, al descender, fueron recibidos por personal del aeropuerto con trajes de protección que mantenían distancia y los observaban con cautela.
Pronto se dieron cuenta de que en lugar de recibir el «calor de hogar», recibieron rechazo y desconfianza por la sencilla razón del estado de alerta por contraer el virus.
Sin embargo, a veces hay momentos en los que nos sentimos así, rechazados por quienes deberían recibirnos, y no precisamente por una enfermedad mortal.
«Esperaba que vinieras»: la contraposición

Mientras Lynne reflexionaba sobre aquella experiencia recordó otra que le contó su amiga Melanie que sorpresivamente reflejó algo completamente distinto.
Ella y su esposo estuvieron de vacaciones en México y durante su estancia allí asistieron varias semanas a una congregación en Puerto Vallarta. Allí conocieron a Crystal, una hermana que desde el primer domingo los trató con una calidez poco común.
Sus interacciones con Crystal iban más allá de un simple saludo. Ella se interesó genuinamente por ellos, los acompañó fuera de la capilla, les dio consejos prácticos sobre el lugar y los hizo sentir parte del ambiente. Pero el gesto más significativo ocurrió el domingo siguiente de conocerla.
Cuando el Uber de Melanie se detuvo frente a la capilla, Crystal ya estaba allí, esperándolos y, con una sonrisa y entusiasmo sincero, les dijo:
«¡Esperaba que vinieran!»
Esa frase, aunque tan simple, conmovió el corazón de Melanie y le recordó que, así como Crystal, el Salvador nos recibe con amor y alegría cuando decidimos acercarnos a Él. Esa es la frase que todos debemos expresar en la Iglesia.
El llamado detrás de la experiencia

Así como los trabajadores del aeropuerto que atendieron a Lynne, puede que a veces vivamos el día a día tan agitados y ocupados que olvidamos hacernos tiempo para hacer una pausa y mirar alrededor.
Sin embargo, la invitación de los líderes de la Iglesia de Jesucristo es seguir el ejemplo de Crystal y esforzarnos por crear un ambiente donde todos se sientan bienvenidos al venir a Cristo.
En cuanto a esto, el élder Gerrit W. Gong declaró:
«Vivir el Evangelio de Jesucristo incluye hacer lugar para todos en Su Iglesia restaurada… todos somos mejores cuando nadie está sentado solo».
Esa frase «nadie está sentado solo» es una invitación de Jesucristo no solo a tolerar sino a acoger y amar con verdadera intención a los demás y una forma de hacerlo es extendiendo una cálida bienvenida a todos en Su Iglesia.
Porque, al final, un simple gesto como dar la bienvenida pero de forma sincera, puede ser el primer paso para que alguien vuelva a sentirse en casa al venir a Cristo.
Fuente: Meridian Magazine



