Terremotos, huracanes, pandemias, incendios. Cada vez que ocurre una tragedia así, la pregunta vuelve con fuerza: ¿Dónde estaba Dios? Y más directo aún: ¿por qué lo permitió?

Desde la perspectiva de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, la vida terrenal nunca fue diseñada para ser un lugar libre de dolor. No estamos en un paraíso temporal; estamos en un campo de aprendizaje. Y eso cambia completamente el enfoque.

No es un mundo perfecto… y no fue planeado para serlo

Milagros en medio del Volcán Fuego
Volcán Fuego de Guatemala. Fotografía: Coordinación Nacional para Reducción de Desastres -CONRED

Si este mundo fuera totalmente seguro, sin pérdidas ni riesgos, tampoco habría crecimiento real. No habría decisiones difíciles, ni desarrollo de carácter, ni verdadera fe. La doctrina enseña que esta vida es una etapa donde ejercemos algo sagrado: el albedrío.

En las Escrituras se enseña que somos “libres para actuar por nosotros mismos” (ver 2 Nefi 2:26). Eso significa que no somos robots espirituales. Podemos elegir cómo responder, cómo amar, cómo servir incluso en medio del caos.

Pero entonces surge otra pregunta válida: ¿qué pasa con los desastres naturales donde nadie eligió nada?

Un mundo caído, pero con propósito

Mano apuntando al cielo
Imagen: Canva

Después de la Caída de Adán y Eva, la humanidad quedó sujeta a la muerte física, al dolor y a un entorno imperfecto. Eso incluye no solo el mal moral (decisiones equivocadas de las personas), sino también lo que llamamos “mal natural”: enfermedades, terremotos, sequías.

La Iglesia enseña algo importante: Dios no crea el mal ni disfruta el sufrimiento. Las leyes naturales existen como parte del marco de esta vida. Y aunque a veces quisiéramos que Él interviniera siempre, hacerlo constantemente eliminaría el propósito mismo de esta experiencia mortal.

Eso no significa que Dios esté distante. Significa que respeta el proceso.

La tragedia también revela lo mejor del ser humano

santos de los últimos días
Voluntarios de Manos que Ayudan repartiendo suministros a los afectados por el Huracán Florence. Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

Algo que se repite en cada desastre es esto: cuando todo tiembla, la compasión se levanta. Personas ayudando a desconocidos. Comunidades enteras organizándose. Gente que da lo poco que tiene.

El dolor no viene de Dios, pero la capacidad de amar en medio del dolor sí.

La Biblia enseña que la “religión pura” es visitar al necesitado en su aflicción (Santiago 1:27). Sin necesidad, no habría servicio. Sin pruebas, no habría verdadero heroísmo ni empatía profunda.

¿Y los inocentes?

Imagen: Canva

Esta es la parte más difícil. Niños. Familias. Personas buenas que sufren sin explicación aparente.

La fe de la Iglesia sostiene una promesa poderosa: Dios es perfectamente justo y perfectamente misericordioso. Nada injusto quedará sin compensación eterna. Las Escrituras aseguran que todas las aflicciones “obrarán juntamente para vuestro bien” (Doctrina y Convenios 98:3).

Eso no minimiza el dolor presente. Pero sí afirma algo firme: la historia no termina aquí.

El ejemplo supremo: Jesucristo

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Cada vez que ocurre una pandemia o una catástrofe, algunos se preguntan si es castigo divino. Sin embargo, los líderes de la Iglesia han sido claros en no atribuir automáticamente desastres a juicios específicos de Dios.

En Juan 9, cuando le preguntaron a Jesús por qué un hombre nació ciego, Él respondió que no fue por pecado, sino para que las obras de Dios se manifestaran. A veces el sufrimiento no es castigo; es contexto para que surjan fe, milagros, transformación.

El mayor acto de sufrimiento inocente fue el de Jesucristo. Él no solo entiende el dolor; lo experimentó en su forma más profunda. Su expiación no elimina automáticamente las tragedias, pero sí garantiza que no estamos solos en ellas.

La promesa del Evangelio no es “no sufrirás”, sino: no sufrirás sin propósito y no sufrirás sin ayuda.

Fuente: Ask Gramps

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