Hablamos mucho del sacrificio de Jesucristo. Lo damos por hecho, como una verdad que ya entendemos. Pero si nos detenemos un momento, aparece una pregunta interesante.
Si Él sabía lo que iba a pasar, si conocía la resurrección, ¿seguía siendo un sacrificio real? La respuesta no está en el resultado, sino en lo que decidió hacer mientras avanzaba hacia ese momento.
En Biblia, en Lucas 22:42, leemos:
“Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.”
Eso no suena a alguien que simplemente avanza hacia una victoria asegurada. Suena a alguien que, aun sabiendo el final, siente el peso del proceso y decide obedecer.
Saber el final no hizo más fácil el camino

A veces pensamos que conocer el desenlace podría aliviar el dolor. Pero en este caso, no fue así. Jesucristo no evitó el sufrimiento. Lo vivió completamente.
En Lucas 22:44 se describe que su angustia fue tan intensa que “era su sudor como grandes gotas de sangre”. No había tranquilidad superficial. Había presión, dolor real, carga emocional y espiritual.
Y en la cruz, en Mateo 27:46, pronunció palabras que reflejan una profundidad difícil de comprender:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”
Saber que todo iba a terminar bien no eliminó el dolor del momento. Significó que decidió atravesarlo de todas formas.
El verdadero sacrificio está en elegir

Muchas veces asociamos el sacrificio con lo inesperado. Pero el ejemplo de Cristo apunta a otra dirección. El sacrificio verdadero no depende de la incertidumbre, sino de la decisión.
En Juan 10:18, Él mismo declara que entrega su vida voluntariamente. Nadie se la quita. Él decide darla.
Eso cambia la perspectiva. Porque si alguien da algo sin saber el resultado, lo llamamos valentía. Pero si alguien sabe exactamente cuánto le va a costar y aun así lo hace, estamos hablando de un nivel más profundo de amor.
Jesucristo no reaccionó, Él Eligió y sostuvo esa decisión hasta el final.
Saberlo todo hizo el sacrificio más profundo

Es fácil pensar en la resurrección como el punto clave. Pero en realidad, fue la consecuencia, no la razón.
En Juan 3:16 se enseña que Dios amó al mundo de tal manera que dio a Su Hijo. Y en Romanos 5:8 se nos recuerda que ese sacrificio ocurrió cuando aún estábamos lejos de ser perfectos.
Líderes como Thomas S. Monson enseñaron que el Salvador no solo habló de amor, lo demostró con acciones reales. Y esas acciones no se detuvieron frente al dolor.
Jesucristo no solo sabía que iba a resucitar. Sabía cada detalle del camino, la traición, el abandono, la humillación, el sufrimiento físico y espiritual.
En Hebreos 12:2 se menciona que, por el gozo que estaba delante de Él, soportó la cruz. No ignoró el dolor, lo enfrentó con un propósito claro, lo que hace su sacrificio más intencional.
Lo que esto cambia para nosotros

Entender esto también cambia cómo vemos nuestra propia vida.
Primero, nos enseña que el amor real implica elección, incluso cuando sabemos que va a costar.
Segundo, nos recuerda que el sacrificio de Cristo fue personal. Porque aunque podría hacer sido general o distante, Él sabía lo que implicaba y aun así lo hizo.
Y finalmente, nos invita a reflexionar que si Él eligió amar aún sabiendo el costo, ¿qué hacemos nosotros cuando amar también nos cuesta?
Gracias a su ejemplo estamos invitados a amar de la misma forma.
Fuente: Add Faith



