A muchos miembros de la Iglesia les ha pasado: años después todavía recuerdan cierto discurso de la reunión sacramental… pero no precisamente por el mensaje espiritual.
Algunos recuerdan discursos que se alargaron demasiado contando historias personales sin mucha relación con el evangelio. Otros piensan en mensajes que casi no mencionaron las escrituras. También están aquellos discursos que dedicaron mucho tiempo a explicar una anécdota larga y apenas dejaron unos momentos para hablar de arrepentimiento o de Jesucristo.
El escritor Bryan Gentry menciona algunos ejemplos que todavía le vienen a la mente cuando piensa en discursos recordados por las razones equivocadas. Recuerda, por ejemplo, a un orador que pasó buena parte del tiempo hablando sobre su entrenamiento para carreras mientras comentaba detalles de su vida familiar.

También recuerda un discurso de Pascua que duró casi media hora sin citar una sola Escritura. En otra ocasión, un orador relató con gran detalle la trama completa de una película antes de mencionar brevemente la importancia del arrepentimiento.
Gentry aclara que no guarda ningún resentimiento hacia quienes dieron esos discursos. De hecho, algunos de ellos son amigos muy queridos que lo han servido con amor. Aquellos momentos no definen quiénes son ni es lo primero que recuerda cuando piensa en ellos.
Sin embargo, como muchos miembros tienen historias similares —ya sea de discursos que escucharon o de discursos que ellos mismos dieron, Gentry cree que vale la pena reflexionar sobre cómo preparar un mensaje que fortalezca la fe y no se recuerde por motivos equivocados años después.

A partir de sus propias experiencias, de errores personales y de discursos que ha apreciado, comparte algunas ideas sencillas.
Para Gentry, la manera más segura de preparar un buen discurso es centrarlo en Jesucristo. Cuando el mensaje gira alrededor del Salvador, el propósito de la reunión sacramental se mantiene claro.
Los discursos deben ayudar a fortalecer la fe en Cristo y enseñar Su evangelio utilizando las escrituras. Por eso, mientras una persona prepara su mensaje, puede preguntarse si quienes lo escuchen podrán reconocer fácilmente que el enfoque está en Jesucristo.
Si el mensaje no refleja ese enfoque con claridad, probablemente necesite volver a centrarse.
Citar las Escrituras desde el principio

Las escrituras ayudan a mantener un discurso centrado en Cristo porque contienen Su palabra y Su doctrina.
A veces los oradores sienten la tentación de basar su mensaje principalmente en historias interesantes, experiencias personales o temas actuales. Aunque esos recursos pueden ayudar a ilustrar una enseñanza, no deberían reemplazar las escrituras.
Cuando un discurso incluye escrituras desde el principio y vuelve a ellas a lo largo del mensaje, es más probable que quienes escuchan recuerden la doctrina en lugar de solo la historia.
Historias breves que apoyen el mensaje

Las historias pueden enriquecer un discurso y ayudar a visualizar los principios del evangelio. Sin embargo, cuando se vuelven demasiado largas o detalladas, pueden terminar desviando la atención del mensaje principal.
Jesucristo mismo enseñó con parábolas, muchas de ellas breves y directas.
Por eso, al incluir una historia, conviene preguntarse si realmente ayuda a explicar el principio del evangelio o si añade detalles innecesarios. En muchos casos, una versión más breve puede transmitir la misma enseñanza con mayor claridad.
Además, las historias funcionan mejor cuando están claramente conectadas con la doctrina que se desea enseñar.
Respetar el tiempo asignado

Otro aspecto importante al hablar en público es terminar a tiempo. Gentry reconoce que esto puede ser más difícil de lo que parece.
Practicar el discurso con anticipación puede ayudar a ajustar su duración. También es útil identificar qué partes podrían eliminarse si el tiempo se reduce.
Cuando el tiempo se acorta, normalmente es mejor cerrar el mensaje con claridad en lugar de intentar cubrir todos los puntos apresuradamente.
Gentry también recuerda una enseñanza que escuchó alguna vez sobre cómo escuchar los discursos en la Iglesia. En lugar de concentrarse en los errores del orador, una persona puede preguntarse qué principio está intentando enseñar y reflexionar personalmente sobre él.
Con esa actitud, incluso un discurso imperfecto puede convertirse en una oportunidad para aprender y acercarse más a Jesucristo.
Fuente: Leading Saints
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