Durante mucho tiempo, uno de nosotros vivió convencido de que ser un buen discípulo significaba evaluarse sin descanso. Quería ser noble, recto, constante. Así que se impuso un sistema exigente. Cada día se calificaba en más de veinte aspectos de su vida espiritual y personal. Casi nunca aprobaba.
Ese esfuerzo no produjo crecimiento ni paz. Produjo cansancio. Culpa. Una sensación constante de no ser suficiente. Medirse todo el tiempo con estándares imposibles termina por romper el ánimo. Y cuando el desánimo se instala, la fe se vuelve pesada.
Tal vez a muchos nos suena familiar.
El problema de evaluarnos sin Cristo

Evaluarnos no es malo. El problema aparece cuando creemos que de ese esfuerzo depende nuestra salvación. Cuando el foco está solo en nosotros, el fracaso se vuelve el centro y la esperanza se diluye.
El Evangelio nunca nos enseñó que podíamos salvarnos solos. Al contrario. Las Escrituras son claras al recordarnos que somos personas caídas en un mundo caído. Reconocer eso no es pesimismo. Es el punto de partida correcto.
Cuando intentamos convencernos de que “somos suficientes” sin Cristo, algo no encaja. En el fondo sabemos que no cumplimos plenamente con lo que anhelamos ni con lo que Dios nos invita a ser. Y esa tensión no se resuelve con frases motivacionales.
La imperfección no es un error del plan

Con el tiempo, llegó una comprensión más profunda. Ser imperfectos no es una falla del plan de Dios. Es parte esencial de él. La pregunta no es si fallaremos, sino a quién acudiremos cuando eso ocurra.
Podemos intentar justificarnos. Ignorar la incomodidad. O esforzarnos hasta agotarnos para sentirnos dignos. Pero hay otro camino. Arrojarnos a la misericordia de Jesucristo.
El Evangelio no nos invita a celebrar el yo. Nos invita a confiar en el Salvador. Cuando negamos nuestra condición caída, también negamos nuestra necesidad de Su gracia. Y sin esa gracia, no hay transformación real.
Lo que el mundo propone y lo que Dios ofrece

El mensaje común hoy es claro. Ámate a ti mismo. Acéptate tal como eres. Defiéndete. Protégete. Pon el yo en el centro.
El Evangelio propone algo distinto. Mirar a Dios. Servir. Amar. Cambiar con ayuda divina. No quedarnos como estamos, sino permitir que la Expiación obre en nosotros. No se trata de odiarnos ni de vivir culpándonos. Se trata de reconocer nuestras debilidades como recordatorios constantes de nuestra dependencia del Salvador. La paz no nace de justificarnos, sino de confiar.
Las Escrituras están llenas de ejemplos de hombres y mujeres que entendieron esto. Nefi, en medio de su lucha interior, no se aferra a su valor personal, sino a su fe. Amón reconoce su pequeñez, pero se regocija en el poder de Dios. Alma no se exalta a sí mismo; clama por misericordia.
Incluso Jesucristo, siendo perfecto, dio toda la gloria al Padre. Su ejemplo nos recuerda que la verdadera dignidad no viene de la auto celebración, sino de vivir alineados con la voluntad de Dios.
Elegir salvación antes que autosuficiencia

Podemos pasar la vida intentando convencernos de que somos suficientes. O podemos aceptar que no lo somos, y confiar plenamente en quien sí puede salvarnos.
La salvación no nace del amor propio, sino de la gracia divina. Y cuando aprendemos eso, el corazón descansa.
Cada día seguimos fallando. Pero cada día también podemos acudir a Cristo. Y en ese acto sencillo, repetido y sincero, encontramos algo mucho más firme que la autoestima. Encontramos redención.
Fuente: Meridian



