Si lleváramos la vida de Jesucristo ante un tribunal moderno, o incluso ante el Sanedrín del siglo I, el consejo supremo y tribunal de máxima autoridad religiosa, civil y política de los judíos en la antigua Tierra de Israel, la lista de acusaciones sería larga.
Sanó cuando no debía.
Perdonó lo imperdonable.
Se rodeó de la gente equivocada.
Desafió estructuras religiosas.
Y, lo más escandaloso de todo, afirmó ser el Hijo de Dios, el Mesías esperado.
Desde esa perspectiva, uno podría decir que sí cometió algunos “crímenes”, pero cada uno de esos actos, lejos de revelar rebeldía o violencia, mostró el corazón del Salvador.
1. Sanar en día de reposo

Una de las acusaciones más repetidas contra Jesús fue que sanaba en día de reposo. La ley judía protegía ese día como sagrado, y cualquier actividad que pareciera trabajo era vista con sospecha.
En Juan 5, Jesús sanó a un hombre que llevaba 38 años enfermo. La reacción no fue celebración, sino acusación:
“Y por esta causa los judíos perseguían a Jesús, y procuraban matarle, porque hacía estas cosas en el día de reposo.” (Juan 5:16)
En otra ocasión, frente a un hombre con la mano seca, Jesús preguntó:
“¿Es lícito en los días de reposo hacer bien, o hacer mal; salvar la vida, o quitarla?” (Marcos 3:4)
Y lo sanó.
No rompió el día de reposo. Lo restauró a su propósito original: hacer el bien, aliviar cargas, traer vida. Para Jesús, la misericordia nunca fue una violación de la ley. Fue su cumplimiento más puro.
2. Sentarse con quienes nadie quería

También fue criticado por las personas con las que compartía mesa.
Publicanos, recaudadores de impuestos considerados traidores, pecadores notorios, marginados sociales. En Lucas 5 leemos:
“Y los escribas y los fariseos murmuraban… ¿Por qué coméis y bebéis con publicanos y pecadores?” (Lucas 5:30)
La respuesta de Jesús es una de las más poderosas del Evangelio:
“Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos”. (Lucas 5:31)
No justificó el pecado, pero jamás rechazó al pecador. Se sentaba con ellos porque sabía que la cercanía sana más que la condena.
3. Defender la casa de Su Padre

Hubo un momento en que Jesús no fue suave, sino firme.
Al entrar al templo de Jerusalén, encontró que el lugar sagrado se había convertido en un mercado. Animales, cambistas, comercio religioso. Entonces hizo algo que sorprendió a todos:
“Y haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos… y volcó las mesas de los cambistas”. (Juan 2:15)
Y declaró:
“Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones”. (Mateo 21:13)
No fue un acto de violencia descontrolada. Fue un acto profético. Estaba defendiendo la santidad de un lugar dedicado a Dios.
A veces el amor también corrige. A veces la santidad exige firmeza.
4. Perdonar algo que solo Dios podía perdonar

En Marcos 2, llevaron a Jesús a un paralítico. Todos esperaban que lo sanara físicamente. Pero antes de eso, dijo algo que cambió la escena:
“Hijo, tus pecados te son perdonados”. (Marcos 2:5)
Los escribas reaccionaron de inmediato:
“¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?” (Marcos 2:7)
La pregunta era correcta. Y precisamente por eso Su declaración fue tan significativa.
Jesús no solo restauraba cuerpos. Restauraba almas. Y al decir esas palabras, estaba revelando algo sobre Su identidad.
Para demostrar que tenía autoridad, añadió:
“Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa”. (Marcos 2:11)
Y el hombre se levantó. El milagro físico confirmó la autoridad espiritual.
5. Dañar la propiedad ajena

Incluso un acto como liberar a un hombre poseído generó controversia. En Marcos 5, Jesús permitió que los demonios entraran en una piara de cerdos, que luego se precipitó al mar.
Los dueños perdieron su ganado. La gente tuvo miedo.
“Y comenzaron a rogarle que se fuera de sus contornos”. (Marcos 5:17)
Un hombre había sido restaurado. Una vida había sido liberada. Pero el costo económico fue más visible que el milagro.
Jesús eligió salvar a una persona antes que proteger bienes materiales. Y eso también incomodó.
6. Cuando declaró quién era

El momento más decisivo llegó durante Su juicio. El sumo sacerdote le preguntó directamente:
“¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?” (Marcos 14:61)
Jesús respondió sin rodeos:
“Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios y viniendo en las nubes del cielo”. (Marcos 14:62)
La reacción fue inmediata:
“Entonces el sumo sacerdote, rasgando sus vestiduras, dijo: ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? Habéis oído la blasfemia”. (Marcos 14:63-64)
En otra ocasión había dicho:
“Antes que Abraham fuese, yo soy”. (Juan 8:58)
Tomaron piedras para apedrearlo.
No murió por hacer milagros. Dio Su vida por afirmar Su identidad divina para un fin más elevado. Decir que era el Hijo de Dios era, para ellos, un crimen capital.
El veredicto final

Finalmente fue condenado. No por violencia. No por corrupción. Fue condenado por blasfemia (Marcos 14:64) y acusado ante el poder romano como agitador político (Lucas 23:2).
La cruz fue el resultado de un juicio que combinó miedo religioso y presión política. Pero desde otra perspectiva, no fue un error judicial.
Fue el acto supremo de amor.
Como enseñó el élder Gerrit W. Gong en la conferencia general de abril de 2025:
“Él sangró por cada poro… para proporcionarnos escape del pecado y la separación”.

Y siglos antes, el profeta Alma lo describió así:
“Y él saldrá, sufriendo dolores y aflicciones y tentaciones de toda clase… y tomará sobre sí los dolores y las enfermedades de su pueblo… para que sepa según la carne cómo socorrer a su pueblo.” (Alma 7:11–12)
Ese fue el verdadero “delito”.
Amar hasta el extremo. Perdonar sin medida. Declarar la verdad sin miedo. Dar Su vida voluntariamente.
Los “crímenes” de Jesús no fueron actos de maldad. Fueron actos de compasión. Y lo que para algunos fue escándalo, para millones hoy es salvación. Porque si Él es culpable de algo, es de haber amado demasiado.
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