Pregunta
En el Libro de Mormón se relata que un antiguo lamanita fue reclutado por los nefitas para engañar a los guardias lamanitas y hacerlos beber vino fuerte, lo que permitió rescatar a prisioneros nefitas. Como parte del plan, él mintió al decir que era un prisionero que había escapado.
Mi pregunta es si mentir puede estar a veces justificado; por ejemplo, cuando un policía debe mentir para servir a su país.
Respuesta

Desde la niñez se enseña a los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días que la honestidad es esencial. A lo largo de las Escrituras y de las enseñanzas dominicales, el mandamiento “No mentirás” se repite con claridad y firmeza.
Dicho principio no aparece acompañado de excepciones explícitas ni de categorías como “mentiras pequeñas” o “mentiras necesarias”. Dentro de la doctrina, la deshonestidad se vincula con pecados graves porque destruye la confianza y debilita tanto la vida espiritual como las relaciones humanas.
Bajo esta perspectiva, mentir va más allá de pronunciar algo falso. También implica desviar a otros de la verdad, crear impresiones engañosas y romper un principio básico de convivencia y fe. Por esa razón, el evangelio establece una norma clara: la honestidad no es negociable.
Cuando la vida presenta dilemas reales

Sin embargo, la experiencia humana presenta situaciones que no siempre encajan en reglas simples. Decir toda la verdad puede, en ciertos contextos, poner una vida en peligro. En otros casos, el engaño parece evitar un daño mayor. Estos dilemas no son solo teóricos; aparecen en tiempos de guerra, persecución religiosa, labores de seguridad y circunstancias extremas.
Las Escrituras mismas incluyen relatos que generan incomodidad moral. En el pasaje del Libro de Mormón mencionado, el engaño permitió liberar prisioneros. Algo similar ocurre en la Biblia, cuando Abraham dijo que Sarai era su hermana para proteger su vida.
En ambos casos, la mentira no se presenta como un ideal ni como una conducta a imitar libremente, sino como una acción tomada en circunstancias límite, donde estaba en juego la vida y el cumplimiento de un propósito mayor.
Estos episodios no eliminan el mandamiento de ser honestos ni establecen una regla general que justifique mentir. Más bien, muestran que existen situaciones excepcionales en las que la responsabilidad moral no se resuelve con fórmulas automáticas, sino mediante discernimiento espiritual y conciencia personal.
Intención, responsabilidad y conciencia personal

Aquí aparece una distinción clave. Actuar por conveniencia o beneficio propio no es lo mismo que enfrentar una presión extrema para proteger a otros. Un agente encubierto, una persona que esconde refugiados o alguien que enfrenta una amenaza inmediata no busca ventaja personal, sino evitar un daño grave. Aun así, esas decisiones no convierten la mentira en algo bueno; la transforman en una carga moral que debe asumirse con plena responsabilidad ante Dios.
El ejemplo de Jesucristo ofrece una guía esencial. Frente a dilemas complejos, Él buscaba la voluntad del Padre y actuaba conforme a ella. En situaciones extraordinarias, la revelación personal y la rectitud de intención se vuelven centrales.
No se trata de justificar la deshonestidad, sino de reconocer que hay momentos en los que obedecer a Dios y preservar la vida puede implicar decisiones difíciles.
A pesar de todo, el peligro de la mentira permanece. La deshonestidad tiende a multiplicarse y una falsedad suele llevar a otra, formando redes que terminan atrapando a quien las dice. Incluso cuando nadie más lo nota, el impacto espiritual existe: culpa, pérdida de paz y dificultad para sentir la guía del Espíritu.
Arrepentimiento que restaura la paz

Cuando alguien ha mentido, el arrepentimiento verdadero va más allá de una disculpa privada. Reconocer el error, corregirlo cuando sea posible y aceptar las consecuencias forma parte del proceso. Aunque incómodo, ese camino resulta liberador y permite que la confianza se restaure con el tiempo y la coherencia.
En síntesis, la honestidad sigue siendo la norma del evangelio. No existe una licencia general para mentir, ni siquiera con buenas intenciones. Las situaciones excepcionales no anulan el mandamiento, sino que exigen mayor humildad, oración y responsabilidad personal.
Al final, la honestidad no consiste solo en cumplir una regla. Se trata de convertirse en alguien digno de confianza, tanto para los demás como para el Señor.
Fuente: Ask Gramps
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