A veces surge una duda silenciosa. Cuando oramos, ¿importa quiénes somos o a qué Iglesia pertenecemos? ¿Tiene más “peso” una oración que otra? En medio de tantas formas de fe, vale la pena detenernos a mirar qué enseña realmente el Evangelio sobre la oración y el corazón que la acompaña.

Cómo oran los Santos de los Últimos Días

La oración sigue un patrón sencillo que refleja una doctrina clara y una relación personal con un Padre Celestial cercano y real. Imagen: Ask Gramps

Dentro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, la oración sigue un patrón sencillo, pero profundamente personal. Comienza al dirigirnos a nuestro Padre Celestial, reconociendo a Dios como un Padre cercano, real y amoroso. Esta forma de orar refleja una doctrina clara. Creemos en el Padre, en Su Hijo Jesucristo y en el Espíritu Santo, con funciones distintas pero un propósito eterno compartido.

Aunque Jesucristo es el Salvador y el centro de nuestra fe, las oraciones se dirigen al Padre, tal como lo enseñó el propio Cristo y como lo confirman las Escrituras y la revelación moderna.

Luego de dirigirnos a Él, expresamos gratitud. No de manera general, sino concreta. Agradecemos por bendiciones reales, diarias, visibles o silenciosas. Después vienen las peticiones. Algunas son sencillas, otras profundamente personales. La oración se convierte así en una conversación honesta, no en un discurso aprendido.

Cada oración concluye con una frase que no es un formalismo. “En el nombre de Jesucristo, Amén.” expresa nuestra fe en que es gracias a Él que podemos acercarnos al Padre. Como enseñó el mismo Salvador, pedimos en Su nombre porque Él es nuestro mediador.

¿Dios escucha solo a algunos?

El Evangelio enseña que Dios escucha a todos los que se acercan a Él con sinceridad, más allá de etiquetas religiosas o perfección personal. Imagen: Pexels

Una de las ideas más equivocadas sobre la oración es pensar que Dios solo escucha a quienes “cumplen con todo” o pertenecen a una Iglesia específica. El Evangelio enseña algo muy distinto. Dios es el Padre de todos, y escucha a todo aquel que se acerca a Él con un corazón sincero.

El Libro de Mormón lo deja claro cuando invita a todas las personas, sin distinción, a orar y preguntar con fe. La promesa no está condicionada a una membresía, sino a la intención del corazón. La sinceridad importa más que la etiqueta religiosa.

A lo largo del mundo, millones de personas de distintas creencias han sentido respuestas a sus oraciones. Esto no debilita la fe, la engrandece. Nos recuerda que Dios no está limitado por fronteras culturales, religiosas o geográficas.

La oración como lenguaje universal

mujer orando
Aunque las formas varían entre culturas y creencias, el acto de orar une a las personas en una búsqueda común de Dios. Imagen: Canva

La oración y el ayuno no son prácticas exclusivas de una fe. Musulmanes, cristianos de distintas denominaciones y muchas otras tradiciones reconocen el valor de detenerse, humillarse y buscar a Dios. Aunque las formas varíen, el acto de confiar en que Dios escucha es profundamente humano y universal.

Reconocer esto no diluye nuestras convicciones. Al contrario, nos ayuda a ver a los demás como hermanos y hermanas, todos aprendiendo a hablar con el mismo Padre desde contextos distintos.

¿A quién se dirige la oración?

Hombre con los brazos abierto mirando al cielo
La revelación aclara que las oraciones se dirigen al Padre en el nombre de Jesucristo, reconociendo el papel central del Salvador. Imagen: Canva

Incluso entre miembros de la Iglesia, a veces surge la duda. En las Escrituras antiguas, ¿se oraba a Jehová o al Padre? La revelación moderna aclara que la oración siempre ha sido dirigida al Padre, aun cuando no siempre se comprendiera plenamente la naturaleza de la Trinidad o de la Deidad.

Orar en el nombre de Jesucristo no reemplaza al Padre. Reconoce el papel central del Salvador, quien hace posible que nuestras oraciones sean escuchadas y respondidas conforme a la voluntad divina.

En esencia, la oración de los Santos de los Últimos Días se parece mucho a la oración cristiana histórica. Hay reverencia, gratitud, petición y fe en Cristo. Las diferencias doctrinales existen, pero el deseo de acercarse a Dios, confiar en Su guía y descansar en Su amor es compartido.

Entonces, ¿qué hace poderosa a una oración?

La fuerza de una oración no está en las palabras, sino en la fe, la intención del corazón y la disposición a escuchar a Dios. Imagen: Shutterstock

No es la afiliación religiosa. No es la perfección personal. No es la elocuencia. La oración es poderosa cuando nace de un corazón sincero, cuando se ofrece con fe real y con disposición a escuchar la respuesta, incluso si no llega como esperamos.

Dios no mide nuestras palabras. Mira nuestra intención. Y cuando alguien, donde sea que esté, levanta su voz con humildad, Él escucha.

Porque al final, la oración no trata de quién ora “mejor”, sino de quién confía lo suficiente como para orar.

Fuente: Ask Gramps 

Video relacionado

También te puede interesar