A menudo, al pensar en los primeros años de la Iglesia, suelen surgir algunas preguntas en torno a la Iglesia y sus líderes. Hoy hablaremos de una de ellas: la relación entre los pioneros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y los pueblos nativos americanos.
Es un tema que suele generar dudas, incomodidad y, en ocasiones, conclusiones rápidas, pero desinformadas. Por eso vale la pena mirarlo con más contexto histórico y espiritual.
Cuando los Santos fueron expulsados de Illinois en 1847 y comenzaron su migración hacia el oeste bajo el liderazgo de Brigham Young, se establecieron en territorios que ya estaban habitados por diversas tribus nativas, como los utes, shoshones, paiutes y gosiutes.
Desde el inicio, la convivencia no fue simple.
Una visión religiosa distinta para su tiempo

Los Santos de los Últimos Días no veían a los pueblos nativos de la misma manera que muchos otros colonos del siglo XIX. Según la historia de la Iglesia, los nativos eran descendientes de pueblos del Libro de Mormón, herederos de promesas divinas y parte del plan de Dios.
Esa visión los llevaba a considerarlos hijos de Dios con un papel eterno, aunque, al mismo tiempo, los pioneros también los veían como un pueblo en decadencia espiritual y cultural.
Esta tensión marcó profundamente la relación. Había intención de ayudar, pero no una relación de igualdad, algo que hoy reconocemos con mayor claridad.
Momentos de cooperación y de conflicto

En muchos casos, las relaciones fueron pacíficas. Algunos pueblos nativos incluso distinguían a los mormones de otros colonos estadounidenses, a quienes consideraban más hostiles. Hubo comercio, ayuda humanitaria, empleo y momentos reales de amistad.
Sin embargo, a medida que aumentaban los asentamientos, los recursos comenzaron a escasear. La agricultura y el pastoreo de los pioneros desplazaron fuentes tradicionales de alimento, lo que provocó robos de ganado, represalias y, en algunos casos, enfrentamientos violentos.
Este ciclo se repitió con frecuencia: hambre, miedo, venganza y más violencia, una dinámica común en la frontera estadounidense del siglo XIX.
Brigham Young y un enfoque que buscaba evitar la guerra

Brigham Young no tuvo una sola respuesta para todas las situaciones. En ocasiones autorizó acciones militares, pero su enfoque general fue evitar el derramamiento de sangre siempre que fuera posible.
En una ocasión declaró que no era deber de los Santos destruir a los pueblos nativos, sino preservar la vida, incluso cuando otros colonos optaban por la violencia extrema. Para él, alimentar y convivir era preferible a pelear. De hecho, en varias ocasiones reprendió a miembros de la Iglesia por su trato hacia los pueblos indígenas.
Con el tiempo, y como ocurrió en gran parte del oeste de Estados Unidos, se llegó a la conclusión de que colonos y pueblos nativos no podían coexistir en esos territorios. A través de tratados impulsados por el gobierno federal en las décadas de 1860, las tierras indígenas fueron cedidas y los pueblos nativos fueron desplazados a reservas.
Este desenlace no fue exclusivo de los Santos de los Últimos Días, pero ellos también formaron parte de ese proceso, algo que hoy se reconoce con mayor honestidad.
Mirar el pasado con fe y responsabilidad

Hablar de esta historia no busca justificar errores ni negar el sufrimiento. Al contrario, nos invita a entender el pasado con más verdad, reconocer decisiones humanas imperfectas y recordar que Dios sigue obrando incluso en contextos complejos.
La historia de los pioneros y los pueblos nativos nos recuerda que la fe no elimina automáticamente los conflictos, pero sí puede enseñarnos a mirarlos con humildad, aprendizaje y mayor compasión.



