Hacerse esta pregunta es una buena señal. Cuestionar el dolor no nos aleja de la fe, muchas veces es el inicio de una fe más madura. Es uno de esos puntos donde algo cambia para siempre. Dejamos atrás una mirada ingenua de la vida y empezamos a verla como realmente es.

Crecer espiritualmente no significa perder la esperanza, sino aprender a mirar más lejos. A veces el dolor nos empuja fuera de nuestra zona cómoda para mostrarnos una perspectiva más amplia. Como cuando subimos una montaña agotados y, al llegar arriba, entendemos por qué valió la pena el esfuerzo.

Joseph Smith lo expresó así:

“Si quieres guiar un alma hacia la salvación, tu mente debe elevarse hasta los cielos más altos y también contemplar el abismo más profundo”.

No hay forma de entender la luz sin haber enfrentado la oscuridad.

Dejar el paraíso también es parte del plan

El aprendizaje que comienza fuera de la comodidad. Imagen: MidJourney

Aceptar el dolor no es fácil. De hecho, muchas personas pasan toda su vida tratando de evitarlo. No porque quieran comprenderlo, sino porque quieren que desaparezca. Quisiéramos una vida sin sobresaltos, sin riesgos, sin heridas.

Pero el evangelio nunca prometió una existencia sin pruebas. Prometió propósito.

Salir del “paraíso” no es un castigo, es una oportunidad de crecimiento. Dios no nos creó para vivir en una burbuja, sino para aprender, decidir y avanzar. El dolor no siempre es señal de error. Muchas veces es señal de progreso.

El evangelio le da sentido al sufrimiento

mujer orando
El dolor no desaparece, pero puede encontrar sentido. Imagen: Canva

Una de las grandes diferencias entre una vida con fe y una sin ella es el significado. La religión no elimina el dolor, pero le da contexto.

Creemos que este mundo no es el capítulo final. Creemos en un Dios justo que ve lo que aquí parece injusto. Creemos que ninguna experiencia dolorosa es invisible para Él.

Más aún, creemos en un Salvador que eligió sufrir. No porque le faltara poder para evitarlo, sino porque el sacrificio era el camino para redimirnos.

El dolor deja de ser solo algo que se soporta y se convierte en algo que puede transformarnos. Sufrir también puede ser un acto de amor, de entrega y de fe. No solo los que fallan sienten dolor. También los justos lo atraviesan para bendecir a otros.

Y si Cristo sufrió, entonces Él entiende nuestro dolor de verdad. No desde la distancia, sino desde la experiencia.

El dolor también nos cambia

No todo lo que duele nos destruye. Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

El sufrimiento tiene un poder incómodo pero real. Nos obliga a movernos, a repensar, a reconstruir. No todo cambio nace de la comodidad.

La psicología lo confirma. Estudios muestran que las personas con fe suelen reportar una vida con más significado, incluso cuando no son necesariamente más felices. El dinero puede traer comodidad, pero el evangelio ofrece sentido.

Por eso nos obsesiona tanto evitar el dolor. Medicamos cualquier incomodidad, huimos de cualquier dificultad. Pero ¿y si en lugar de evitarlo, aprendiéramos a usarlo?

El esfuerzo duele, pero fortalece. La humildad incomoda, pero purifica. El dolor nos permite comprender mejor a otros y servir con más empatía.

De dónde viene el sufrimiento

No todo dolor significa lo mismo. Imagen: Canva

En términos simples, el dolor suele venir de cuatro lugares:

  • Nuestras propias decisiones
  • Las decisiones de otros
  • Pruebas permitidas por Dios
  • Situaciones que simplemente ocurren

No todo es castigo ni todo es prueba directa. A veces son consecuencias. A veces son circunstancias. La diferencia está en qué hacemos con eso.

Incluso lo aparentemente trivial puede enseñarnos algo. No porque todo sea planeado, sino porque todo puede tener significado si estamos dispuestos a aprender.

Ciencia, fe y dolor no están peleadas

Entender el dolor también es una forma de fe. Imagen: Canva

Hablar de ciencia no debilita la fe. Al contrario. La ciencia explica cómo funciona el dolor, la fe explica para qué puede servir. Desde una perspectiva biológica, el dolor nos protege, nos alerta, nos empuja a sobrevivir. Pero no todo dolor es igual. Hay dolor superficial que nos advierte y hay dolor profundo que nos transforma.

Muchas personas fuertes atraviesan episodios de dolor emocional intenso. La diferencia no está en evitarlo, sino en decidir qué producir a partir de él.

Jesús enseñó que necesitamos un corazón como el de un niño. Abierto, humilde, dispuesto a aprender. Esa actitud nos permite ver símbolos, encontrar sentido y reconocer la mano de Dios incluso en medio del caos.

El dolor nos recuerda que no lo sabemos todo. Nos empuja a buscar respuestas. Nos invita a amar mejor. Nos conecta con un Salvador que eligió sufrir para poder acompañarnos en cada paso.

Fuente: Called to Share 

Video relacionado

También de puede interesar