Pregunta
¿Por qué Dios permite que una persona sienta atracción por alguien de su mismo sexo, pero al mismo tiempo enseña que las relaciones sexuales solo deben darse entre un hombre y una mujer casados?
Para muchas personas, esta pregunta nace de una inquietud sincera y profundamente personal. No es solo una duda doctrinal, sino una reflexión que surge al intentar comprender cómo se relacionan la experiencia humana, los mandamientos y el amor de Dios.
En especial, cuando el deseo de seguir a Jesucristo convive con sentimientos que no siempre parecen fáciles de conciliar con la fe.
Respuesta

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días enseña que sentir atracción hacia una persona del mismo sexo no es un pecado ni una elección consciente. Más bien, es parte de la experiencia humana que algunas personas viven, por lo que nadie es culpable por sentir lo que siente.
Además, la doctrina distingue claramente entre la atracción y la conducta sexual. Según la ley de castidad, las relaciones sexuales están reservadas para un hombre y una mujer legalmente casados. Esta norma se aplica a todos los hijos de Dios, independientemente de su orientación.
Entonces, surge la pregunta: ¿por qué Dios permite algo tan complejo?
La diferencia entre sentir y actuar

El evangelio enseña que todos enfrentamos pruebas distintas a lo largo de la vida. Para algunos, la prueba puede ser la enfermedad, la soledad, la adicción o la pobreza. Sin embargo, para otros, la dificultad puede ser experimentar atracción por personas del mismo sexo mientras desean permanecer fieles a los convenios.
Aun así, la doctrina subraya que Dios no castiga a nadie por sentir tentación o deseo. Más bien, Él mira la intención del corazón y la disposición de la persona para seguir a Cristo.
Por esta razón, quienes viven esta realidad muchas veces cargan con sentimientos de dolor, confusión y, en algunos casos, soledad. Ante ello, la Iglesia invita a que esas personas sean recibidas con amor, respeto y comprensión.
Amor, dignidad y pertenencia dentro de la Iglesia

En consecuencia, no son menos valiosas. Tampoco están rotas ni descartadas. Al contrario, son hijas e hijos amados de un Padre Celestial que conoce cada detalle de sus luchas.
Ahora bien, el sacrificio que implica vivir fiel a la ley de castidad puede ser inmenso. Aun así, la doctrina enseña que ningún sacrificio hecho por amor a Dios pasa desapercibido y que el Salvador comprende perfectamente cada esfuerzo, cada lágrima y cada oración.
Además, Su gracia no excluye a nadie. De hecho, Su misericordia es tan amplia como Sus brazos extendidos.
El sacrificio personal y la promesa del Salvador

En cuanto al destino eterno, el evangelio enseña que lo que realmente determina nuestra recompensa no es el tipo de tentación que enfrentamos, sino el deseo sincero de seguir al Salvador, arrepentirnos cuando caemos y confiar en Su expiación.
Por lo tanto, una persona LGBTQ+ que procura vivir el evangelio puede recibir las mismas bendiciones espirituales que cualquier otro discípulo fiel.
Finalmente, el mandamiento mayor sigue siendo amar a Dios y amar al prójimo. Esto incluye evitar juicios apresurados, escuchar con empatía y acompañar sin excluir. Aun cuando no comprendamos completamente la experiencia de alguien, todavía podemos tratarlo con bondad cristiana.
En resumen, el evangelio no elimina todo dolor, pero sí ofrece esperanza. Cristo camina con cada persona en su propio sendero. Y, al final, en Su reino hay lugar para todos.
Fuente: Ask Gramps
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