Aprender algo nuevo casi nunca se siente cómodo. A veces avanzamos con entusiasmo y otras con dudas muy concretas. ¿Seré capaz? ¿Y si me equivoco? ¿Y si no lo hago bien? La confianza, en realidad, rara vez aparece antes de empezar. Casi siempre llega después.
Por ejemplo, un abuelo acompaña a su nieto en sus primeras horas como conductor. Tiene permiso de aprendizaje y aún no se siente del todo seguro. Cuando le preguntan qué tan confiado se siente, responde con honestidad. Un cinco de diez.
El trayecto incluye calles tranquilas, carretera y un tramo largo de autopista. Nada extraordinario, pero suficiente para exigir atención y calma. Al final del recorrido, la respuesta cambia. Ahora es un siete, la confianza no apareció antes del camino. Apareció gracias al camino.
El patrón se repite

Así aprendemos casi todo. Al inicio caminamos con apoyo, como los niños cuando se aferran a un mueble para no caer. Se tambalean, se caen, se levantan. No se detienen a evaluar si fallaron. Simplemente lo intentan otra vez.
La resiliencia se parece más a insistir que a hacerlo perfecto.
El miedo al error suele robarnos movimiento. Pensamos que fallar es retroceder, cuando muchas veces es parte natural del avance. Incluso fuera del ámbito espiritual, las historias que admiramos confirman lo mismo. Michael Jordan fue rechazado de su equipo escolar. No dejó de entrenar. Siguió aprendiendo. Lo demás es historia.
Persistir también es un principio espiritual

En la Iglesia conocemos bien el valor de la constancia. El presidente Heber J. Grant fue un ejemplo claro de ello. De joven trabajó por mejorar habilidades que no le resultaban naturales. Aprendió a hablar mejor, a escribir con claridad, incluso a cantar cuando ya era adulto.
Solía citar esta idea, atribuida a Ralph Waldo Emerson:
“Aquello en lo que persistimos se vuelve más fácil de hacer, no porque cambie la naturaleza de la tarea, sino porque aumenta nuestra capacidad”.
Persistir no cambia la dificultad. Cambia a la persona.
La fe también se practica

El presidente Dieter F. Uchtdorf enseñó que el aprendizaje constante no solo aplica a talentos o habilidades técnicas, sino también al discipulado.
“Puedes pasar años adquiriendo una habilidad o desarrollando un talento. Pero si crees que eso significa que puedes dejar de practicar, poco a poco perderás lo que tanto te costó aprender. Esto también aplica a ser un discípulo de Cristo”.
La fe no se activa una sola vez. Se cultiva.
Más adelante, el presidente Uchtdorf agregó:
“La fe en Jesucristo es un don, pero recibirla es una decisión consciente que requiere compromiso con toda nuestra mente, corazón y fuerzas. Es una práctica diaria”.
Cuando la fe crece, la confianza crece con ella.
Hacer nuestra parte

El Evangelio no promete caminos fáciles, pero sí acompañamiento constante. No todo depende de nosotros, y eso también da paz.
“Nuestros esfuerzos por sí solos no pueden hacernos celestiales. Pero pueden hacernos leales a Jesucristo, y Él puede hacernos celestiales”.
Avanzamos aprendiendo, equivocándonos, corrigiendo y confiando. A veces con cinco de confianza. A veces con siete. A veces con miedo. Pero seguimos.
No existe un escenario sin salida cuando caminamos con el Salvador. Paso a paso, experiencia tras experiencia, la confianza deja de ser una meta y se convierte en una consecuencia.
Fuente: Meridian Magazine



