¿Mito familiar o realidad?
Si tienes hermanos, esta conversación seguro pasó en tu casa. Miradas sospechosas. Bromas incómodas. Comparaciones inevitables.
Pero… ¿de verdad los papás tienen un favorito?
Una investigación reciente de la Universidad Brigham Young (BYU) analizó datos de más de 19,000 personas para entender mejor esta dinámica. Y aunque la respuesta no es tan dramática como algunos imaginan, sí revela algo interesante:
El favoritismo existe… pero muchas veces es sutil e inconsciente.
El orden de nacimiento sí influye

El estudio encontró que los hijos menores suelen recibir un trato ligeramente más favorable. Más protección, más flexibilidad, menos presión.
Mientras tanto, los mayores tienden a recibir más autonomía. Se espera más de ellos. Se les da más independencia. Pero también menos control directo conforme crecen.
Eso no significa que los padres amen más a uno que a otro. Significa que las expectativas cambian según la etapa y la experiencia familiar.
Y eso, aunque no siempre se nota, se siente.
La personalidad pesa más que el orden

Más allá de si es el mayor o el menor, el estudio encontró que los hijos que son más responsables y agradables suelen recibir un trato más positivo.
Tiene sentido. Es más fácil conectar con quien coopera, escucha y responde bien.Pero aquí viene la parte importante:
El amor no debería depender del temperamento.
Cada hijo tiene necesidades distintas. Y el desafío real no es tratarlos igual, sino tratarlos con justicia.
Cuando un hijo se siente menos querido

El punto más serio de la investigación no tiene que ver con rivalidades divertidas. Tiene que ver con bienestar.
Los estudios muestran que los hijos que perciben menos favoritismo tienen mayor probabilidad de enfrentar problemas emocionales o de conducta.
No porque sus padres no los amen. Sino porque la percepción importa. En términos espirituales, esto conecta con un principio eterno:
Dios no hace acepción de personas. (Hechos 10:34)
Y aunque los padres somos imperfectos, el modelo divino es claro. El amor verdadero no compite. No compara. No clasifica.
¿Entonces qué hacemos?

El profesor Alex Jensen, autor principal del estudio, no invita a la culpa. Invita a la conciencia.
Si un hijo dice “eso no es justo”, tal vez hay dos opciones:
- Necesita más perspectiva.
- O nosotros necesitamos ajustar algo.
Y la madurez espiritual implica estar abiertos a ambas.
A veces estamos tan enfocados en tratar a todos “igual” que olvidamos que igual no siempre significa justo. Cada hijo necesita algo distinto. Atención distinta. Tiempo distinto. La clave no es perfección. Es intención.
Una mirada más profunda

En el Evangelio aprendemos que la familia es central en el plan de Dios. Y eso incluye aprender a amar como Él ama.
Cristo no trató a todos Sus discípulos de la misma manera. A Pedro le habló diferente que a Juan. A Marta diferente que a María. Pero a todos los amó perfectamente. Ahí está el modelo. El amor justo no es uniforme, es consciente.
Tal vez la pregunta no es “¿tengo un favorito?”, sino:
- ¿Estoy dedicando tiempo real a cada hijo?
- ¿Estoy notando sus necesidades individuales?
- ¿Estoy dispuesto a ajustar cuando me equivoco?
Las relaciones familiares no se fortalecen con discursos largos. Se fortalecen con tiempo compartido. Trabajar juntos. Servir juntos. Reír juntos. Adorar juntos.
Porque al final, más que evitar rivalidades, lo que buscamos es crear hogares donde cada hijo sepa, sin duda, que su lugar en la familia es seguro.
Y eso empieza con pequeños cambios conscientes… todos los días.
Fuente: Meridian



