Hay una pregunta que casi nunca nos hacemos pero que cambia todo cuando nos atrevemos a responderla: ¿Por qué hago lo que hago? y con esto no nos referimos solo a trabajo sino a cada cosa que hacemos en bien de otros.
Porque, si somos sinceros, muchas veces no actuamos solo por fe sino también por aprobación. Cada día nos esforzamos por hacer lo correcto, servir e incluso compartir cosas espirituales, pero en el fondo, hay una parte de nosotros que espera ser vista, reconocida y validada.
Ahí es donde comienza una de las luchas más reales de la vida espiritual: buscar la aprobación de los hombres o la aprobación de Dios.
Cuando hacemos lo correcto por la razón equivocada

Para abordar este dilema primero debemos recordar algo que Jesucristo habló directamente en el Sermón del Monte. Mateo 6 incluye el sermón completo y uno de elos tenía que ver con fijarse en el porqué detrás de nuestras acciones.
«Mirad que no deis vuestra limosna delante de los hombres para ser vistos por ellos; de otra manera, no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos». (Mateo 6:1)
Jesucristo no dijo esto para criticar a las personas que daban limosna sino para hacerles ver que sus motivos al hacerlo estaban desalineados con el verdadero propósito. Y eso cambia completamente el valor de una acción.
Algo claro que enseñó Jesucristo con ese sermón es que no es lo mismo servir por amor que servir para ser reconocido ni es lo mismo compartir algo espiritual que hacerlo esperando aprobación de los hombres.
Ahí es donde el Señor nos extiende una invitación clara y directa: No basta con hacer lo correcto, sino que debemos hacerlo por la razón correcta.
Y eso no siempre es fácil de hacer.
La trampa moderna: vivir para la aprobación

Hoy, aceptar esa invitación del Señor supone una lucha es más fuerte que nunca porque vivimos en una cultura donde lamentablente se está normalizando medir el valor de nuestras acciones en likes, comentarios, y muestras de validación. Y sin darnos cuenta, esa lógica también puede filtrarse en nuestra vida espiritual.
En la sociedad actual muchos se preguntan: ¿Esto que voy a decir cómo se va a ver? ¿Qué van a pensar los demás? ¿Les gustará? Pero esas preguntas son en realidad peligrosas porque cuando dejamos que todo lo que hagamos se rija por ellas, poco a poco empezamos a hacer cosas buenas por razones vanales solo por buscar popularidad.
Esto se ha convertido en otra de las muchas trampas modernas de Satanás y una de las más peligrosas porque no siempre lo notamos. Es por eso que una de las mejores formas de evitar esa trampa es recordar que Dios no mira solo lo exterior. Entonces, ¿cómo saber si estamos cayendo en esta trampa?
La respuesta es sencilla: Ser honestos con nosotros mismos y eso se logra haciéndonos otro tipo de preguntas como: ¿Estoy buscando inspirar o impresionar? o ¿Estoy sirviendo para ayudar o para que me vean?
Esto no quiere decir que debamos dejar de hacer el bien pero sí que debemos purificar el motivo de nuestras acciones porque el Evangelio nunca ha sido sobre aparentar sino sobre conversión real y eso no se puede fingir.
Elegir a Dios incluso cuando nadie te mira

Debemos ser honestos y admitir que muchas veces hacer lo correcto no trae aplausos y servir no trae siempre reconocimiento. Eso está bien porque ahí es donde realmente se define todo.
Elegir a Dios no debería ser un acto visible sino uno personal y privado y la decisión primordial de cada día en nuestras vidas. Como enseñó el élder Lynn G. Robbins, de los Setenta:
«El tratar de complacer a los demás antes de complacer a Dios es invertir el orden de los primeros dos grandes mandamientos».
Aunque resulte tentador ceder a los elogios del mundo por la necesidad de sentir aprecio, debemos recordar que el mayor aprecio y el que vale más es el de Dios. Si nos preocupa más lo que piensa el mundo que lo que piensa Dios de nosotros, estamos en peligro de incumplir el primer gran mandamiento: amarlo a Él por sobre todas las cosas.
Al final, esto no se trata de perfección sino de elegir, una y otra vez, hacer lo correcto por las razones correctas y empezar a vivir con propósito lejos de buscar la aprobación del mundo y cuando eso sucede, estamos cumpliendo con una de las invitaciones especiales del presidente Nelson: Pensar de manera celestial.
Fuente: Meridian Magazine



