Durante los últimos años, el matrimonio ha dejado de ser una meta clara para muchos jóvenes. Algunos lo ven como un riesgo innecesario, otros como algo frágil que probablemente no durará. La idea de comprometerse “para siempre” genera más dudas que ilusión.

Y aunque hay muchas razones detrás de esta percepción, una sobresale con fuerza la mentalidad del “yo primero”, una forma de vivir las relaciones que prioriza la comodidad personal por encima del compromiso real.

El compromiso sigue siendo la base

El amor necesita algo más que emoción inicial. Cuando el compromiso es real, se elige permanecer incluso en los momentos incómodos, entendiendo que la constancia es lo que da estabilidad a largo plazo. Créditos: Tess Crowley. Imagen: Deseret News

Hablar de compromiso puede sonar obvio, pero no siempre se vive con coherencia. Estar comprometidos implica invertir tiempo, energía y voluntad, incluso cuando la relación exige ajustes o sacrificios. Nadie se siente seguro en una relación donde parece que la otra persona siempre tiene una salida preparada.

Diversos estudios sobre el matrimonio coinciden en que la estabilidad nace cuando ambos están dispuestos a cuidar la relación incluso en los momentos incómodos. No se trata de perfección, sino de constancia. Seguir eligiendo al otro día tras día, incluso cuando no todo es fácil.

Desde una perspectiva del Evangelio, esto tiene mucho sentido. Los convenios no se sostienen por emoción, sino por decisión. El amor se fortalece cuando hay intención y responsabilidad espiritual, no sólo afinidad.

Cuando la fe ordena las prioridades

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Incluir a Dios en el matrimonio cambia la manera de enfrentar los conflictos. La pregunta deja de ser solo qué quiero yo y se transforma en cómo podemos crecer juntos delante del Señor. Imagen: Midjourney

El evangelio cumple un rol clave en la forma en que muchas parejas entienden el matrimonio. Para quienes creen en Dios, el matrimonio deja de ser solo un acuerdo entre dos personas y se convierte en un compromiso que también involucra al cielo.

Esta visión genera la responsabilidad espiritual. En los momentos de conflicto, la pregunta no es solo “qué quiero yo”, sino “qué espera el Señor de nosotros”. Esa perspectiva eleva la conversación y abre espacio a la reconciliación.

Además, la fe promueve valores como la honestidad, la fidelidad y el respeto mutuo. La confianza se construye cuando ambos buscan vivir con integridad, incluso cuando nadie más está mirando.

Prácticas espirituales que fortalecen la relación

La fe compartida crea espacios de conexión profunda. Orar, servir y aprender juntos no solo fortalece la espiritualidad, sino también la comunicación, la confianza y el sentido de propósito común. Imagen: Canva

Compartir la fe no se limita a creer lo mismo. Estudios recientes muestran que las parejas que participan juntas en prácticas del evangelio experimentan mayor satisfacción y estabilidad. Orar juntos, estudiar las Escrituras, asistir a la Iglesia o servir en la comunidad crea espacios de conexión profunda.

Estas actividades no solo fortalecen la identidad espiritual de la pareja, sino que también fomentan la comunicación, empatía y propósito compartido. La fe vivida en conjunto se transforma en un ancla emocional y espiritual.

Un estudio de largo plazo de la Universidad de Harvard reveló que las parejas que asisten juntas regularmente a servicios religiosos tienen un riesgo significativamente menor de divorcio. No es magia. Es consecuencia de hábitos que refuerzan el compromiso.

Elegir con intención antes del matrimonio

pareja
Las decisiones previas al matrimonio revelan cuánto valoramos el compromiso. Vivir con coherencia y claridad ayuda a construir relaciones más estables desde antes de decir “sí”. Imagen: Canva

Las decisiones que se toman antes del matrimonio también importan. Investigaciones recientes indican que las personas con una fe vivida con coherencia tienden a valorar más el matrimonio, a avanzar con mayor cuidado en la intimidad y a evitar dinámicas que debilitan el compromiso.

Vivir juntos sin casarse, por ejemplo, suele presentarse como una forma de “probar” la relación, pero los datos muestran que no aumenta la estabilidad a largo plazo. Más bien, suele reflejar una reserva interna al compromiso total.

El Evangelio propone construir relaciones sobre convenios claros, decisiones conscientes y valores compartidos, incluso cuando eso va contra la cultura dominante.

Un camino posible, aunque imperfecto

pareja que se toma de la mano
El matrimonio no promete ausencia de dificultades, pero sí la oportunidad de crecer juntos. Cuando se deja atrás el “yo primero”, se abre espacio para relaciones más sólidas y con mayor sentido eterno. Imagen: Canva

La fe no garantiza matrimonios sin dificultades. El compromiso tampoco elimina los conflictos. Pero juntos, la espiritualidad y la decisión constante de elegir al otro crean relaciones más sólidas y con mayor sentido.

En un contexto donde muchos jóvenes dudan del matrimonio, es importante recordar que hay aspectos que sí están bajo nuestro control. Poner a Dios en el centro, vivir con intención y abandonar la mentalidad del “yo primero” abre camino a relaciones más profundas y duraderas.

El matrimonio no se sostiene solo con amor inicial. Se construye con convicción, fe y compromiso diario.

Fuente: Public Square Magazine 

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