Mi primera visita al templo fue lo que podríamos llamar “memorable”.

Fui con un grupo numeroso de jóvenes de mi barrio al Templo de Jordan River, Utah, para realizar bautismos por los muertos. Tenía 12 años y, claramente, estaba nerviosa, no quería arruinarlo. Además, como la mayoría de las adolescentes, estaba muy consciente de mi peso. No solo era alta, sino que también era lo que se describe generosamente como “gordita”.

Todo iba bien mientras comenzábamos la ordenanza. Los hombres jóvenes de nuestro barrio terminaron primero y se sentaron a esperar a las mujeres jóvenes en la capilla, nos observaban a través del vidrio.

Finalmente, llegó nuestro turno de realizar los bautismos. Estaba muy nerviosa y pedí ser la última. Después de que terminé, salí apresuradamente de la pila bautismal para encontrarme completamente sola.

¡La hermanita que repartía las toallas se había ido! Y, en ese momento me di cuenta, no tenía idea de a dónde ir después. Peor que eso, en mi mente joven, estaba el hecho de que ahora estaba ahí empapada, vestida de blanco, con mi enorme trasero frente a los hombres jóvenes que me observaban desde la capilla.

Entré apresuradamente por la primera puerta que vi.

Todo estaba muy tranquilo al otro lado de la puerta. Pero, al menos estaba a salvo. Además, había una ducha, así que era una buena señal, ¿verdad?

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Me desvestí y me bañé, coloqué mi ropa mojada en el conducto de la ropa sucia. Había una toalla colgada ahí. Pero, estoy muy segura de que hubiese ganado el concurso de las toallas más pequeñas del mundo.

Irritada porque la dulce obrera del templo todavía no había regresado para mostrarme a dónde ir, encontré mi camino al vestidor, me sentí orgullosa de mí misma por no necesitar ayuda.

El vestidor se sentía incluso más tranquilo, a pesar de que suponía que mi hermana mayor y un grupo de mujeres jóvenes estarían vistiéndose ahí.

Extraño…

Comencé a desconfiar cuando vi que no había ligas ni secadoras de cabello.

Finalmente, el traje que colgaba de un casillero me lo confirmó. Estaba, en realidad, en el vestidor de los hombres. Y, para que no lo olvides, no solo era una joven de 12 años en el vestidor de los hombres, estaba mojada, con frío y prácticamente desnuda en el vestidor de los hombres. Ni siquiera podía volverme a poner la ropa mojada gracias al conducto de ropa sucia.

Así que ahora estaba solo con la toalla más pequeña del mundo completamente húmeda. Me di cuenta de que tenía dos opciones para alcanzar la seguridad del vestidor de mujeres. Podría (1) atravesar el vestidor de los hombres, salir por la capilla, en frente de todos los hombres jóvenes de mi barrio o (2) volver al vestidor de los hombres e ir hacia la pila bautismal, también en frente de todos los hombres jóvenes de mi barrio.

De pronto, sentí que estaba viviendo uno de esos libros de “Elige tu Propia Aventura”, solo que éste presentaba mucha desnudez y no estaba cómoda.

Dado que la última opción al menos ofrecía la ilusión de privacidad – un vidrio transparente que separaba la fuente del área de visualización frente a mí, en la carne, a seis metros de distancia de los adolescentes despiadados – opté por seguir la ruta del bautisterio.

La hermanita mayor regresó a su puesto, naturalmente, con un grupo nuevo de jóvenes que estaban esperando ser bautizados. Sus ojos se agrandaron cuando me vio, sin palabras. Arrojó una toalla más grande alrededor de mis hombros y, finalmente, encontró las palabras y preguntó, “Hermana, ¿qué pasó?”

Oh, bien… ahora le importa.

Debo haber murmurado algo acerca de la “puerta equivocada”, la “ducha” y la “falta de ropa” porque ella me arrojó un escudo de ropa y se disculpó profusamente mientras me llevaba al vestidor correcto.

Mi mayor error fue contarle a mi hermana mayor lo que sucedió cuando me preguntó por qué me demoré tanto.  Les contó a todas las mujeres jóvenes de mi barrio, que se aseguraron de que todos los hombres supieran que la gordita semidesnuda que cruzó la pila bautismal era yo. Ya sabes, en caso de que no me hubieran reconocido en mi estado natural.

Sin querer, también dejé mis lentes nuevos en el vestidor (correcto). ¿No mencioné que compré mis primeros lentes gigantes el día anterior?

Ya que claramente NO SE PERMITE QUE NADA VAYA BIEN, de camino a casa cerré la puerta del auto y una parte de mi falda larga y suelta quedó afuera. Porque por si acaso no me sentía lo suficientemente tonta, quería asegurarme de que cuando regresáramos a la Iglesia por golosinas, la mitad de mi falda estuviera bonita y embarrada, completamente empapada debido a nuestro viaje por las calles cubiertas de nieve.

Sin embargo, ante los ojos de los jóvenes de mi barrio, ninguna falda negra manchada de lodo era suficiente para borrar la imagen de mi momento vergonzoso en el templo. Seguramente esa imagen se quedó grabada en sus retinas esa fatídica noche.

Esta es una traducción del artículo que fue escrito originalmente por Ashli Kristine Hansen y fue publicado en ldsliving.com con el título “My Hilariously Embarrassing First Time Performing Baptisms for the Dead