Como pueblo, hemos sido extraordinariamente buenos para guardar el primer mandamiento dado por el Señor a la Iglesia de Cristo organizada en abril de 1830: “He aquí, se llevará entre vosotros una historia” (DyC 21:1). Nuestro impulso inicial al registrar nuestras vidas y al recordar el pasado es enfatizar lo bueno, incluso lo heroico. Esta es una gran virtud y un acto de caridad hacia nuestros antepasados y nosotros mismos. No suponemos que nuestros antepasados ni nosotros somos perfectos, pero destacamos lo que es noble y digno de imitación. Esperamos que nuestro registro tenga un valor inspirador para alguien en el camino que pueda encontrarlo y que necesite ser elevado. Naturalmente, también existe un aspecto relacionado con la vanidad: queremos que otros nos vean en nuestro mejor momento.

Sin embargo, siempre hay eventos del pasado de los que se prefiere no hablar.

Una de las razones principales por las que algunos miembros de la Iglesia se han decepcionado, incluso, enojado en los últimos años es porque nunca se les enseñó a esperar los eventos de la historia de la Iglesia de los que no se habla mucho y, por lo tanto, se sorprenden cuando los descubren. Una persona posiblemente haya asistido toda su vida al bloque de tres horas de los domingos y nunca haya escuchado sobre la Masacre de Mountain Meadows o las discrepancias en el relato de la primera visión de José Smith.

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Como cualquier otra institución que cuida su imagen, la Iglesia ha sido selectiva al presentar su historia en materiales producidos para consumo público. Un ejemplo notable de este saneamiento vino en el primer volumen de la serie de Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia, que se centró en Brigham Young. Si hay una cosa que todos saben sobre Brigham Young es que probablemente fue el hombre que más se casó en el siglo XIX en los Estados Unidos.  Sin embargo, la poligamia del hermano Brigham, que no solo fue un dato sociológico interesante sino que también fue importante para su teología, no recibió ninguna palabra en el manual de la Iglesia. Además, los recopiladores de ese texto, sin duda actuaron con una intención buena y sincera, incluso cambiaron algunas de las referencias originales del Presidente Young de “esposas” al singular “esposa.” Si uno no estuviera más informado, uno pensaría que Brigham Young fue el monógamo más comprometido del mundo.

Si es un poco comprensible, esta decisión editorial fue problemática de diversas maneras. Era una mala historia, era engañosa y trataba a algunas de las pioneras más valientes de la Iglesia y sus fieles sacrificios como si nunca hubieran existido. Simpatizo con las posibles razones por las que el libro fue preparado de esa manera. Debido a que el público en general todavía relaciona a la Iglesia con la poligamia, la Iglesia naturalmente desea dejar en claro que sus miembros ya no practican el matrimonio plural. Podría decirse que cierta información, incluso si se basa en hechos reales, simplemente no es pertinente para los materiales de clase diseñados para el ministerio mundial de una membresía conformada principalmente por conversos.

A pesar de estos argumentos razonables, eliminar elementos formativos de nuestro pasado a partir de nuestros materiales curriculares es en gran medida innecesario. Afortunadamente, ya hemos empezado a mejorar en este sentido.

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Élder Steven E. Snow

El Élder Steven E. Snow, un miembro del Primer Quórum de los Setenta e historiador y registrador de la Iglesia explicó:

“En mi opinión ser abiertos con respecto a nuestra historia resuelve muchos más problemas de los que crea. Tal vez, no tengamos todas las respuestas, pero si somos abiertos (y ahora tenemos una trasparencia bastante notable), creo que eventualmente eso nos servirá para bien. Creo que en el pasado se tendía a mantener muchos de los registros cerrados o al menos no dar acceso a la información. Pero, el mundo ha cambiado en la última generación, con el acceso a la información a través de Internet, no podemos seguir ese patrón. Creo que necesitamos seguir siendo más abiertos.”

A continuación, compartiré tres principios amplios para estudiar la historia de la Iglesia, especialmente sus aspectos más incómodos.

1. Decir la verdad

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Algunas personas dejaron la Iglesia porque sintieron que les mintieron.

La traición y el dolor se convierten en los sentimientos principales para muchos que descubren que la narrativa de la historia de la Iglesia que se les contó al crecer no coincide con lo que dice el registro real con respecto a algunos asuntos. Por lo general, los mismos hechos les molestan menos que el sentimiento de haber sido engañados. Esencialmente, es una cuestión de confianza.

Nunca podremos saber tanto como nos gustaría saber, ya que algunos aspectos del pasado simplemente se perdieron entre las tinieblas del tiempo. Sin embargo, deberíamos poder hablar de lo que sabemos. Sacar a la luz los asuntos difíciles en lugar de dejarlos en secreto es algo positivo, especialmente si se hace con previsión, sensibilidad y cuidado. Al hacerlo, se revela la seguridad de que no tenemos nada que ocultar y de que no hay ningún problema o pregunta tan peligrosa que no podamos manejar.

Cuando ciertas cosas se consideran tabúes, implícita o explícitamente. Entonces, algunas personas naturalmente supondrán que a la Iglesia le importa más la imagen pública que la verdad, que desestabilizará de alguna manera el mismo fundamento de las demandas de la Iglesia. Ese simplemente no es el caso, como lo atestiguan los muchos estudiosos que están profundamente familiarizados con los asuntos difíciles de la Iglesia pero que, sin embargo, siguen siendo fieles.

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José Smith en el proceso de traducción del Libro de Mormón.

En nuestro barrio anterior, mi esposa y yo solíamos cenar los domingos, casi semanalmente, con algunos queridos amigos. Una noche, surgió el tema sobre la traducción del Libro de Mormón. Expliqué cuidadosamente lo que los documentos históricos dicen sobre el proceso real de traducción, que gran parte de eso se logró porque José Smith miró una piedra en el interior de un sombrero mientras las planchas de oro reposaban cubiertas bajo una sábana.

Mis amigos se sorprendieron, pero debido a que pudimos hablar al respecto abierta y sinceramente, y porque confiaban en mí, no estaban preocupados. Después de unos meses, en una actividad de la Primaria, cuya temática era el Libro de Mormón, y para la cual la Iglesia había instalado diferentes estaciones en las que los niños podían divertirse y aprender, tuve que sonreír cuando visité la estación sobre la traducción del Libro de Mormón, que era liderada por uno de mis amigos de nuestras cenas. Los niños escucharon atónitos mientras él les contaba que el profeta José Smith observó al interior de un sombrero. Ninguno de los niños salió gritando del salón ni parpadeó. En el fututo, cuando lean en Internet acerca de José Smith utilizando una piedra dentro de un sombrero, es menos probable que abandonen la Iglesia por ese motivo. En cambio, dirán: “Lo sé, lo aprendí en la Primaria.” Se sentirán fortalecidos por la verdad que decimos.

2. Hacer tu tarea

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A fines de 1832 y a principios de 1833, José Smith recibió dos de sus revelaciones teológicas más profundas, ahora canonizadas como las secciones 88 y 93 de Doctrina y Convenios. Las revelaciones, dignas de ser citadas en detalle, relacionaron la adquisición de conocimiento con una mayor capacidad para el discipulado y el ministerio:

“Enseñaos diligentemente, y mi gracia os acompañará, para que seáis más perfectamente instruidos en teoría, en principio, en doctrina, en la ley del evangelio, en todas las cosas que pertenecen al reino de Dios, que os conviene comprender; de cosas tanto en el cielo como en la tierra, y debajo de la tierra; cosas que han sido, que son y que pronto han de acontecer; cosas que existen en el país, cosas que existen en el extranjero; las guerras y perplejidades de las naciones, y los juicios que se ciernen sobre el país; y también el conocimiento de los países y de los reinos, a fin de que estéis preparados en todas las cosas, cuando de nuevo os envíe a magnificar el llamamiento al cual os he nombrado y la misión con la que os he comisionado” (DyC 88: 78-80).

Los primeros Santos aprendieron que para poder cumplir la misión que Dios les había encomendado, tendrían que estudiar no solo las doctrinas del Evangelio sino también temas como la astronomía, la geología, la historia, las políticas públicas, la solución de conflictos, las leyes y la geografía; en otras palabras todo el espectro glorioso del conocimiento humano.

A menudo, en la Iglesia hablamos sobre la importancia de buscar conocimiento “tanto por el estudio como por la fe.” Todo el versículo es incluso más instructivo:

“Y por cuanto no todos tienen fe, buscad diligentemente y enseñaos el uno al otro palabras de sabiduría; sí, buscad palabras de sabiduría de los mejores libros; buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe” (DyC 88:118).

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El propósito del aprendizaje no es presumir o, incluso, capitalizar nuestro conocimiento en un buen salario y seguridad financiera. Más bien, el mandamiento del Señor de buscar aprendizaje se ofrece como respuesta a nuestra situación moderna de duda. La propia voz de Dios reconoce que la iglesia moderna incluye a algunos, quizás muchos, que “no tienen fe”. Si queremos respuestas a nuestras preguntas, tenemos que poner el tiempo. La investigación es un trabajo duro.

Si crees que podrías tener cáncer, no puedes comenzar ni terminar tu búsqueda de respuestas consultando WebMD. Probablemente, ni siquiera te detendrás después de visitar a un solo médico. Si tu vida está en riesgo y se están sugiriendo serios tratamientos, es posible que desees recibir múltiples opiniones de expertos.

Para las personas que han dedicado sus vidas a eso, descubrir algo incongruente en la historia de la Iglesia puede ser tan desestabilizador como recibir un diagnóstico médico grave. Pero, no todas las condiciones son terminales. Ciertamente, no echas a perder tu salud, tus relaciones y las cosas que amas simplemente porque el médico te da malas noticias. La lección es que cuando tu vida está en riesgo, ya sea de manera física, espiritual, emocional o relacional; dedicas el tiempo, el esfuerzo y la diligencia necesarios para salvarla. Consultas expertos. Vas a fondo. Piensas por ti mismo. No haces lo último que lees. Le das al tema la atención y el cuidado que merece.

3. Aprender lecciones de la historia de la Iglesia

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A menudo, ciertos hábitos mentales y perspectivas se cultivan a través de la investigación histórica. A lo largo de los años, he visto a muchos amigos y colegas abordar con éxito preguntas sobre la historia y la religión. A pesar de que cada persona es diferente, he visto que aquellos que hacen las paces con los elementos difíciles de nuestro pasado, generalmente comparten ciertos puntos en común, lo que puede servir como un patrón para otros.

Primero, nos sentimos cómodos con la complejidad y los matices. Sabemos que en nuestras vidas actuales las cosas raras veces son blanco y negro, por lo que esperamos lo mismo del pasado. Primero, casi siempre, las situaciones son más complejas de lo que parecen. Es posible que no seamos capaces de resolver todos los problemas a nuestra entera satisfacción, pero aprendemos que los problemas a menudo pierden importancia con el tiempo y la perspectiva.

Segundo, también nos sentimos cómodos con el lado humano de las experiencias de la Iglesia. Consideramos a los miembros y los líderes de la Iglesia, del pasado y del presente, menos como superhéroes de cartón y más como personas reales. Las personas no son del todo buenas ni del todo malas. Básicamente, las personas decentes toman malas decisiones con consecuencias trágicas y  los canallas a veces ayudan a las ancianas a cruzar la calle sin robarles sus carteras.

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Tercero, llegamos a pensar de manera diferente acerca de la misma historia de la Iglesia. Nos acostumbramos a la idea que cambia con el tiempo. De hecho, lo esperamos. Llegamos a ver que el contexto cultural, político y social es muy importante, a menudo más de lo que pensamos.  Nos damos cuenta de que, ya que el pasado no está disponible para nosotros en muchos aspectos en el presente, el estudio de la historia de la Iglesia es menos una ciencia exacta y más una cuestión de argumento e interpretación.

Quizá, lo más importante es que muchos de nosotros que nos hemos reconciliado con episodios problemáticos en la historia de los Santos de los Últimos Días hemos llegado a vernos como investigadores, no como el mismo José Smith, como sugirió el Élder Dieter F.Uchtdorf:

Hermanos y hermanas, aunque nuestra experiencia previa sea buena, si dejamos de hacer preguntas, de pensar y de meditar, podemos poner trabas a las revelaciones del Espíritu. Recuerden que las preguntas del joven José abrieron la puerta a la restauración de todas las cosas. Podríamos llegar a bloquear el crecimiento y el conocimiento que nuestro Padre Celestial tiene para nosotros. ¿Cuántas veces habrá intentado el Santo Espíritu decirnos algo que necesitábamos saber, pero no logró pasar el portón de hierro de lo que ya creíamos saber?

Consideramos la búsqueda como un esfuerzo de por vida. A menudo, la certeza espiritual llega poco a poco. Recopilamos pacientemente los hechos y estamos abiertos a ser sorprendidos por lo que encontramos. Debido a que la evidencia a menudo es incompleta o contradictoria, estamos dispuestos a dejar reposar las cosas por un tiempo.

Este artículo es un extracto del libro “Planted: Belief and Belonging in the Age of Doubt” de Patrick Q. Mason y fue publicado originalmente en ldsliving.com con el título “3 Important Principles to Remember When Studying Church History.”