La Iglesia es un hospital espiritual. La gente tiene mucho dolor. A veces, las lesiones resultan ser fatales. Algunas veces el Espíritu, a través del barrio, logra detener el sangrado antes de que la fe muera.

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Aquellos que tienen el infortunio de visitar con frecuencia los hospitales reales por afecciones físicas entienden que no hay nada más frustrante que estar enfermo, tener miedo, estar solo y no recibir el tratamiento que necesitas. Es por eso que muchos Santos de los Últimos Días simplemente ya no desean ir más a la Iglesia. Se están muriendo y, a veces, no reconocemos sus heridas.

El problema

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No estoy culpando a alguien en particular por cómo son las cosas, y no estoy tratando de absolver al paciente de la responsabilidad personal de su espiritualidad. Lo que estoy diciendo es que, con demasiada frecuencia, las personas que están sufriendo espiritualmente se sienten muy ignoradas (y, por lo tanto, alienadas) en la Iglesia.

Por ejemplo, quizás estás sentado en la Escuela Dominical y el maestro está dando la clase sobre la adoración en el templo. De pronto alguien comenta:

“Me encanta el templo. Ahí siento muy fuerte el Espíritu. Cada vez que voy al templo, recibo revelación. Voy con preguntas y vuelvo con respuestas. Me siento rejuvenecido espiritualmente y obtengo la fe y la energía que necesito para seguir con la próxima semana.”

Eso es genial. Necesitamos gente que pueda testificar de eso. Pero también debemos recordar que probablemente hay varias personas en esa clase con el siguiente pensamiento:

“Por lo general no siento nada en el templo. De hecho, a veces me siento mal. Nunca he recibido una revelación allí. No recibo respuestas. Me siento culpable por no haber sentido el Espíritu. Y debido a eso, me siento indigno de estar en la casa del Señor. ¿Qué estoy haciendo mal? ¿Tengo la culpa?”

Es como ir al médico con un brazo roto y en lugar de tratarlo, el médico simplemente flexiona sus brazos. “¿No es genial tener brazos? ¡Mira esto! *Flexiona un solo brazo* Bueno, gracias por venir hoy. Serán sólo dos horas de tu tiempo.”

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Lo mismo puede ocurrir con muchos otros temas:

  • El poder de la oración.
  • Las bendiciones del diezmo.
  • El testimonio de José Smith.
  • El don del Espíritu Santo.
  • El Libro de Mormon.
  • La Conferencia General.
  • La Santa Cena.
  • La obra de la historia familiar.
  • La Ministración.

La lista sigue y sigue. No me malinterpretes, no necesitamos dejar de compartir nuestros testimonios debido a las sensibilidades emocionales de los demás, pero sí debemos seguir el consejo dado al joven Henry B. Eyring por el Presidente de su distrito:

“cuando conozcas a alguien, trátalo como si tuviera graves problemas, y acertarás más del cincuenta por ciento de las veces.”

El presidente Eyring agregó: “No solo tenía razón, sino que, con los años, he aprendido que su cálculo se quedaba corto. Hoy deseo alentarlos en los problemas que afrontan”. Es fantástico testificar y compartir experiencias espirituales.

Hagamos eso siempre y cuando sea verdaderamente sincero y no una línea de una respuesta esperada. También podemos recordar ser inclusivos y considerados con respecto a aquellos miembros que se sienten alienados y marginados porque aún no sienten que tienen un testimonio que los empuje hacia el infinito y más allá.

Como solucionarlo

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Debemos adecuar lo que compartimos con los demás.

Ten en cuenta que no digo que cambies tu testimonio. Sin embargo, necesitamos encontrar un equilibrio. Lo cierto es que, una lección completamente limpia y simple, sin centrarse en alguna necesidad, es aburrida. Es la versión para adultos de “Me gusta dar mi testimonio, sé que la Iglesia es verdadera, amo a mi madre y…” así mismo, ir al extremo opuesto del espectro es también espiritualmente peligroso.

La idea tampoco es que la Escuela Dominical se convierta en una hora en la que expresamos quejas y problemas. Probablemente todos hemos estado en una clase donde una serie de preguntas han alejado por completo el tema principal de la lección. No debemos ir en esa dirección.

Las mejores lecciones que he tenido en la Escuela Dominical o en el Quorum de Elderes han sido debido al resultado de una vulnerabilidad real, honesta, sincera y pura por parte de los hermanos. Estos pueden ser momentos que nos cambian. La clase cobra vida. Aumenta nuestro compromiso. Las personas que han estado sufriendo en silencio encuentran ánimo a medida que la lección se vuelve repentinamente relevante para sus necesidades.

Se necesita tanto de los pacientes enfermos como de los médicos experimentados para administrar un hospital de manera eficaz. Valdrá la pena y creo que encontrarás que cuando un paciente revela su necesidad, otra persona de la clase responderá: “Aprecio esa pregunta porque he estado pasando por algo muy similar. Esto es lo que me ha ayudado…”

Las heridas se descubren, aparece el Espíritu y el verdadero médico viene a la ayuda.

El desafío

estudio de las escrituras

Si eres uno de los maestros, te desafío a hacer lo siguiente:

  • Testificar de la verdad, pero también, hacer preguntas reales. Si las respuestas que la gente da a tus preguntas son brillantes y hermosas, tal vez puedas tratar de representar las preocupaciones del otro lado. Los problemas reales que muchos pueden estar atravesando.

Si la lección es sobre el ayuno, puedes preguntar: “Entonces, ¿qué sucede si ayunan por algo que necesitan más que nada pero nada parece suceder? ¿Hicieron algo mal?” Esa es una buena pregunta, porque ese caso hipotético sucede todo el tiempo.

  • Encuentra un aspecto de tu lección sobre el que tengas preguntas o dudas. Empieza la clase siendo vulnerable como maestro y pide ayuda con tus propias dudas. El hecho de que seas quien da la clase no significa que tienes que dar la impresión de que sabes todo sobre el tema. El verdadero maestro es el Espíritu, y las preguntas inspiradas lo invitan a la clase.

confesión

Al hacer estas cosas, “ayudarás a los miembros de la clase a sentirse cómodos compartiendo sus testimonios [o la falta de ellos], percepciones, experiencias, preguntas e ideas”. Si eres parte de la clase, te reto a que hagas lo siguiente:

  • Si tienes algún desafío y la clase a la que asistes sólo avanza la lección, sé valiente. No te cierres en ti mismo regresando al modo ‘supervivencia espiritual’. Cambia las cosas. Levanta la mano y sé vulnerable. Haz tus preguntas en la medida que se apliquen con el tema, expresa tus inquietudes. Da un salto de fe. Alguien en esa clase te atrapará.
  • Si no eres el paciente, considera hacer preguntas que otros puedan tener, porque alguien cerca de ti puede estar sufriendo.

Las vidas cambiarán

Jesus

El Elder L. Tom Perry dijo una vez que el Evangelio “nos da respuestas a todos los problemas y desafíos de la vida.” El propósito de las clases de la Iglesia es aprender ese Evangelio.

Pero, ¿cómo podremos aplicar el Evangelio a nuestros problemas si no aplicamos el Evangelio a los problemas reales? Claro, eso es algo en lo que podemos trabajar en casa (y, de hecho, nuestro aprendizaje debe centrarse en el hogar y ser respaldado por la Iglesia), pero podemos aprovechar el tiempo asignado que tenemos juntos.

A medida que abordamos las dudas personales, la incertidumbre y el desaliento dentro de la Iglesia, el Espíritu obrará con mayor libertad, la participación en la clase mejorará dramáticamente y las vidas cambiarán.

fuente: Ldsliving