A menudo, influimos en los demás, y viceversa, de maneras que nunca sabremos o entenderemos. Pero, a veces, se nos da la oportunidad de ver cómo influimos en la vida del uno al otro, para siempre.

El verano que me gradué de la secundaria, la confusión y el dolor surgieron a través de mi familia. Mis padres se divorciaron y tenía 18 años. Como la mayoría de los hombres jóvenes en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, planifiqué servir en una misión de tiempo completo para mi iglesia, pero ahora sentía que mi mundo se había destruido.  El fundamento de mi fe comenzó a resquebrajarse y mi curso bien intencionado de pasar dos años sirviendo a Dios se desmoronó cuando me arrastró la tormenta emocional de mi familia.

Ese verano en que Honoura Tetuanui (Hono) servía su misión de dos años al sur de California, donde yo vivía, poco sabíamos del impacto que tendríamos uno en la vida del otro.

Alto, moreno, desgarbado y con ojos marrones, se acercó a mí un domingo en mi congregación y me preguntó con un acento marcado y amigable, “¿Si pudieras servir en una misión en cualquier parte del mundo, cuál sería?” Al notar sus rasgos morenos y su acento mientras hablaba, mi hipótesis  de que creció hablando español parecía encajar debido a su pronunciación de la “r.” Había estudiado francés en la escuela y amaba ese idioma, así que encogí mis hombros y respondí sin dudar, “algún lugar donde hablen francés.” Me tomó por sorpresa cuando con una gran sonrisa en su rostro exclamó emocionado, “¡Hablo francés!”

Un amigo especial

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Hono y Ralph en California.

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Hono Tetuanui era de Tahití, una isla donde hablan francés, y sentía que lo necesitaba en mi vida. Hono y su compañero pronto se volvieron visitas habituales en mi casa. Comíamos, hablábamos y reíamos juntos como si lo hubiera conocido toda mi vida. Cuando me llevó a visitar hogares, enseñar lecciones y ofrecer servicio, comencé a sentir el profundo deseo de servir en una misión. Además, necesitaba saber de una manera muy real que Dios me amaba y que podía confiar en Él para ayudar a mi familia a superar esto. Sabía que servir en una misión, ayudaría a resolverlo.

En octubre, envié mis papeles para servir en una misión. Ahora, me quedaba esperar y preguntarme a qué parte del mundo me llamarían a servir: ¿La Costa Este? ¿Japón? ¿Rusia? O, mejor aún, ¿Francia? Cuando Hono y yo bromeábamos sobre a dónde me llamarían a servir, siempre me decía con seguridad y un guiño, “Ralph, ¡Irás a Tahití!”

Cuando mi llamamiento misional llegó a mi correo, me sentí abrumado por los nervios, el temor y la emoción. No me atreví a abrirlo. Con el corazón latiendo muy fuerte, tiré el sobre en el piso de mi auto, cargué mi tabla de surf y me dirigí al océano, el único lugar que siempre transmitía consuelo a mi corazón. Me puse mi traje de surf y miré mi sobre cerrado en el piso de mi auto.

Luego, una lección familiar que mis años de surf me enseñaron, surgió en mi mente: Cuando el agua está fría, es mejor sumergirse. Tomé el sobre, lo rasgué y leí con gran sorpresa, “Querido Élder Holding, ha sido llamado a servir en la Misión Papeete, Tahití.”

¿Leí bien? Lo leí una y otra vez. Me llené de emoción y angustia, todo se sentía sofocante. Con “Tahití” dando vueltas en mi cabeza, tomé mi tabla y me lancé al agua. Estar en el océano era una terapia y con cada ola fresca, pude sentir que la tensión que se había estado acumulando por semanas, desaparecía lentamente. De camino a casa, llamé a Hono. Al comienzo, cuando le conté la noticia, pensó que le estaba bromeando. “De verdad, Ralph, ¿a dónde irás?” me preguntó sinceramente. Cuando asimiló la verdad de mi llamamiento misional a Tahití, comenzó a reírse con emoción y empezó a gritar en tahitiano “Yeh, cheehoo!”

Un cambio de lugar

Dos semanas después, Hono fue transferido a un área diferente, pero continuamos en contacto por correo y comencé a prepararme para mi misión. Después de varias semanas en el Centro de Capacitación Misional en Provo, Utah, llegué a Tahití a finales de abril.

Al completar su misión en julio, Hono regresó a su casa en Tahití, al lado opuesto de la isla donde estaba sirviendo. Cuando vino a visitarme a mi casa, estaba increíblemente sorprendido y era extraño verlo. En vez de hablar en inglés, ahora conversábamos fácilmente en francés y yo era quien vestía la camisa blanca, la corbata y la placa mientras que Hono era el joven surfista con polo, pantalones cortos y sandalias.

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Hono, Ralph y su compañero de misión en Tahití.

Un día en enero, a casualidad escuché partes de una conversación entre dos jóvenes nativas que hablaban tahitiano con fluidez. Después de 10 meses en Tahití, mi francés era cada vez mejor, pero mi tahitiano era menos fluido. A menos que me concentrara en entender la conversación, usualmente la analizaría en mi mente. Sin embargo, hoy, las palabras y las frases me llamaron la atención: hijo, enfermo y obispo.

Un gran temor comenzó a formarse en la boca de mi estómago. El padre de Hono estaba sirviendo como el obispo de su barrio. ¿Podrían haber estado hablando de Hono? Pero, lo había visto apenas unas semanas antes y estaba normal. Mientras debatía en mi mente una y otra vez, hubo una pausa en la conversación, y tomé la oportunidad para preguntar si estaba hablando sobre Honoura Tetanui. “Ha estado en el hospital hace un par de días,” respondió. “Sí, está muy grave.”

Una bendición desesperada

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Ofrecí una explosión de oraciones frenéticas en mi corazón durante los siguientes segundos. ¿Qué pasó? ¿Cómo mi amigo, mi hermano, podía estar cerca de la muerte? ¿Cómo podría dejar esta vida sin saber el gran impacto que tuvo en mí?

Urgentemente, llamé a mi presidente de misión y de inmediato me dio permiso para visitar a Hono en el hospital. Llamé a otro grupo de misioneros que tenía auto y de pronto, seis de nosotros estuvimos dirigiéndonos de prisa al hospital. Conocer a la familia de Hono personalmente, por primera vez, fue una mezcla de emociones. Estaba emocionado por conocerlos finalmente, pero fue difícil bajo estas tristes circunstancias. Cuando la madre de Hono me vio, me dio un abrazo muy fuerte, me dio un beso y luego, me miró directamente a los ojos cuando exclamó repentinamente, “Sé que estás aquí. Estás aquí para salvar a mi hijo.”

Cuando entramos a la habitación de Hono en la Unidad de Cuidados Intensivos, no pude evitar la sensación de muerte que había ahí. Nada pudo prepararme para ver a Hono como estaba. Pálido, pequeño y demacrado – era la sombra de su antiguo yo, un esqueleto oscuro conectado a tubos. Impactado, tomé su mano y murmuré algo sobre él, que era tan delgado.

Hono contrajo una peligrosa infección bacteriana llamada leptospirosis. Debido a que los primeros síntomas son similares a la gripe, no se diagnosticó en sus primeras etapas y se volvió rápidamente violenta. La bacteria atacó sus pulmones y Hono tenía dificultades para respirar por sí mismo. Como sus síntomas empeoraron progresivamente a pesar de la intervención médica, los doctores creyeron que moriría esa noche. Maniobrando con cuidado alrededor de los tubos, nos colocamos para darle una bendición de salud.

Mientras descansamos nuestras manos sobre su cabeza, sentí en mi corazón decir que su obra en esta tierra todavía no había terminado y que se recuperaría y se iría completamente sano del hospital. Otra vez, tomé su mano, “Hono, si puedes escucharme, es Ralph. Resiste, no me dejes, hermano.”

“Quiero a mi hermano dar, sinceramente y con bondad, el consuelo que añora”

Al regresar a casa del hospital esa noche, todos mis pensamientos giraron en torno a Hono. Era como un fuerte impulso gravitacional que no podía detener. Al día siguiente, estaba lleno de citas para enseñar y me sentía agradecido por la distracción de mi mente y corazón. En la noche, mi compañero y yo pedaleamos rápidamente a casa de nuestras últimas citas. Pensé que era extraño que no hubiéramos escuchado nada de Hono.

Mientras que el peso de mis pensamientos regresaba andando a lo largo de la calle oscura. De pronto, un auto pasó chirriando a nuestro lado y frenó a unos 18 metros más adelante. Era el hermano de Hono. Hono había salido del coma. Era un milagro. Me sorprendí y grité de alegría, “Yeh cheehoo!”

Hono se recuperó completamente de su enfermedad casi fatal y regresó a casa en poco más de una semana. Después de despertar del coma, tuvo que volver a aprender cómo comer, beber y caminar, pero en solo dos semanas de volver a casa, se recuperó lo suficiente para continuar con gran parte de su vida normal. Hasta hoy, todo lo que queda de su enfermedad es una pequeña mancha en la parte inferior de su pie derecho que si se aprieta, sigue siendo sensible: un recordatorio conmovedor de que nunca se debe olvidar de la bendición de vida que se le concedió.

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El día en que Ralph dejó Tahití después de terminar su misión. Hono fue la última persona que vio a Ralph en el aeropuerto.

Justo antes de que regresara a casa después de mi misión. Asistí a la boda de Hono con su bella novia, Fenovai. El día en que dejé Tahití para ir a casa, su familia me llenó de regalos y fue al aeropuerto para verme partir.

Hono fue un instrumento en las manos del Señor para salvarme espiritualmente y recibí la bendición de ser un instrumento en las manos del Padre Celestial para salvarlo físicamente. La forma en que influimos en la vida del uno al otro se resume perfectamente en las palabras del himno, “Quiero a mi hermano dar, sinceramente y con bondad, el consuelo que añora… Señor, yo te seguiré.”

Artículo originalmente escrito por Ralph Holding y Erika Lundquist, y publicado en ldsliving.com con el título “How This Missionary Was Able to Help Save the Life of the Man Who Rescued Him Spiritually.”