Cuando regresé a casa de mi misión todos querían ayudarme a adaptarme al “mundo real.” Recibí muchos consejos sobre cómo y qué debía hacer, pero al recordar la mayoría de los consejos que recibí. En verdad, ojalá los hubiera ignorado. Ojalá alguien me hubiera dado estos cinco consejos:

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1. No dejes de compartir el Evangelio

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Casi todos me dijeron que necesitaba asegurarme de “regresar a casa” de mi misión. Me advirtieron sobre el deseo de seguir viviendo en la misión. Durante mi primer domingo de misionero retornado, noté que un hombre en la clase de “Doctrina del Evangelio” todavía tenía sus placas de misionero en sus Escrituras. Pensé para mis adentros, “Ah… Un hombre que nunca regresó a casa, no quiero ser como él.” Luego, respondió un comentario y tuvo tal fuerza que quise ser como él.

¿Quién era el hombre? Zac Huish. Era el obispo de mi barrio familiar cuando salí a la misión. Me alentó a ir al barrio de solteros y poco después de que comencé a asistir, fue relevado como obispo del barrio familiar y fue llamado como el obispo del barrio de solteros. Cuando veía a este hombre compartir el Evangelio, vivir el Evangelio, servir en la Iglesia y tener una familia maravillosa, me di cuenta de que deseaba ser como él. Era un verdadero discípulo y un misionero todos los días.

“Ex misioneros, busquen su antigua placa misional; no se la pongan, pero colóquenla donde puedan verla. El Señor los necesita ahora más que nunca para que sean instrumentos en Sus manos.” – Neil L. Andersen

2. Es normal extrañar tu misión

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Cuando regresé a casa de mi misión, fui de la estructura a la nada. Sentí que no estaba haciendo nada de valor. Regresé a mediados de enero, así que no había nada que hacer excepto trabajar. Iba sin rumbo. Anhelaba volver a los días en que sentía que estaba haciendo la diferencia en las vidas de las personas. Deseaba el propósito de ser un misionero. Extrañaba mi misión.

Es normal y natural que alguien ame su misión. Después de todo, si realmente diste todo tu corazón y alma al Señor y viviste entre las personas, aprendiste a amarlas y sentiste su amor. Regresar a casa es muy difícil, ya que sabes que tienes que dejar a todas las personas con las que pasaste 18-24 meses aprendiendo a amar. Todavía te preocupas por ellas, oras por ellas y deseas continuar ayudándolas.

Ojalá alguien me hubiera dicho que era normal. No solo eso, ojalá alguien me hubiera explicado que debía aprovechar esto para ayudar a los que todavía estaban en mi misión. Por ejemplo, llamo mensualmente a uno de los miembros que luchaba con asistir a la Iglesia en una de mis áreas en Vermont, para hacerle saber que lo extraño. A veces, incluso leemos las Escrituras juntos por teléfono. Recientemente, me dijo que espera mis llamadas. Me di cuenta de que todavía podía seguir ayudando a mi ser querido en Nueva Inglaterra incluso si me encontraba a 2000 millas de distancia.

3. La asistencia regular al templo será de gran ayuda

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Durante mi misión, no pude asistir al templo durante dos años.

Cuando regresé de mi misión, terminé instalando sistemas de seguridad y estaba muy ocupado ya que trabajaba de 50 a 70 horas a la semana. Pero, justo antes de renovar mi recomendación para el templo. En la entrevista, mi presidente de estaca me miro y dijo, “Perdemos a 70% de los jóvenes que enviamos a hacer ventas de verano. Regresan a casa, se inactivan y rompen sus convenios; no seas uno de ellos.”

Así que me puse la meta de asistir al templo una vez a la semana. Lo que al principio comenzó como una meta para evitar desviarme se convirtió en algo más. Aprendí que cuando la vida me desanima, cuando extraño la misión, o cuando salir a citas desencadena pensamientos depresivos en mí, puedo recurrir al templo y sentirme seguro de mi valor, puedo encontrar ayuda de lo alto. Aunque sí, perdí algunas semanas, en los 5 años desde que regresé a casa de mi misión, he ido al templo casi 500 veces y a más de 70 templos diferentes.

“Cuando ustedes y yo vayamos a las santas casas de Dios, cuando recordemos los convenios que hemos hecho allí, seremos más capaces de soportar toda prueba y superar cada tentación. En ese sagrado santuario encontraremos paz, seremos renovados y fortalecidos.” – Thomas S. Monson

4. No permitas que los demás te digan cuando debes casarte o ir la universidad

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Recuerdo mi último cambio en mi misión. Todos me decían que me daban 8 semanas antes de que me comprometiera. Sabía que no debía escucharlos, pero esperaba que quizá después de un año de estar en casa, me casara. Pero, aquí estoy, 5 años después, soltero. Durante años intenté cumplir con un calendario arbitrario: “Ir a casa, ir a la universidad, encontrar una novia, casarme con ella en el templo y formar una familia.” Pero, año tras año y fecha tras fecha, no vi ningún éxito.

Recuerdo que en mi último cumpleaños,  algo finalmente sucedió. El único tiempo que importa es el de Dios. Verás, una de mis conversas de Carolina del Sur a quien había enseñado con los  misioneros ahí, me llamó. Me deseó un feliz cumpleaños y que estuviera casado, me dijo que deseaba eso para mí para que no tuviera que esperar demasiado. Luego, se detuvo y dijo, “pero, agradezco que no lo esté.” Luego, me explicó que si no hubiera estado soltero y no hubiera acompañado a los misioneros (iba con ellos durante 10 horas los domingos) nunca se hubiera unido a la Iglesia. Me explicó que en la lección en que la comprometí a bautizarse, estaba planeando dejar de escuchar a los misioneros. Pero, cuando la comprometí a bautizarse, todo cambió. Luego, me dijo, “Si no hubiera estado soltero, ni siquiera hubiera sabido que soy una hija de Dios.”

Eso me golpeó como una tonelada de ladrillos. Tomé la decisión de seguir la voluntad y el tiempo de Dios además de construir Su reino confiando en que cuando el tiempo sea el correcto Él construirá el mío.

“El problema para nosotros es confiar en Dios lo suficiente como para también confiar en Su tiempo. Si podemos creer verdaderamente en que Él tiene nuestro bienestar en mente, ¿No podemos dejar que Sus planes se desarrollen como Él mejor lo cree?” – Neal A. Maxwell

5. Sigue haciendo lo básico

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Conozco a muchos misioneros retornados menos activos. Eso siempre sucede por dejar de seguir haciendo lo básico. Generalmente, lo primero es hacer una oración por la mañana; luego, estudiar las Escrituras; ir a la Iglesia; y, finalmente, hacer una oración por la noche. Esto puede parecer intrascendente, pero al hacer lo básico, alimentamos nuestro Espíritu y mantenemos al Espíritu en nuestras vidas. Cuando no cumplimos con estos mandamientos básicos de la edificación de la fe, nuestra fe disminuye, el Espíritu deja de luchar con nosotros y pronto experimentamos el “Desvío del MR” que es donde ya no se siente el Espíritu ni se ven milagros tan a menudo.

En cambio, a medida que continuemos orando por aquellos que amamos por nombre y necesidad; estudiemos las Escrituras con el deseo de aprender; ayudemos a los demás; adoremos realmente en el templo; y, renovemos nuestros convenios al participar de la Santa Cena cada semana, aprenderemos que el discipulado se construye a través de pequeños actos diarios.

“Orar por los demás con toda la energía de nuestra alma aumenta nuestra capacidad para oír y prestar atención a la voz del Señor.” – David A Bednar

No regresar

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Al igual que Pedro, en la antigüedad, la parte más difícil de ser un misionero fiel es aprender esta lección: Dios desea que seamos discípulos por toda la vida, no solo durante 18-24 meses. Es muy fácil regresar a la vida tal como era antes de tu misión.  De pronto, has caído en los malos hábitos. La cita más poderosa que todos los misioneros retornados deben comprender proviene del mensaje que el Élder Holland compartió en un CCM, “Apacienta mis ovejas”:

 “Deben decidir hoy mismo si han emprendido un viaje basado en la idea de que aman a Dios de verdad, que aman al Salvador. Y, si es así, y sé que lo es. Y, es mi oración que así sea. Haremos esto juntos. Entonces, si le aman y así lo dicen y lo creen, su llamado es el de apacentar a Sus ovejas para siempre.”

 ¿Comprenden ahora por qué deben y nunca pueden dar marcha atrás? Nunca volverán a ser como antes. Pedro no puedes volver a casa. No puedes volver a pescar. No puedes volver a Galilea. No puedes volver a las barcas. Se acabó. Es una vida nueva, un día nuevo, una época nueva. Esta misión marca esa hora en tu vida. No pueden volver atrás. Si lo hacen me romperán el corazón a mí y a Dios mismo. Si le dan la espalda al Evangelio de Jesucristo, al que se han comprometido de por vida, o al menos por estos dos últimos años o dieciocho meses para enseñar. Lo que digo es que no son solo dieciocho meses o dos años. Aquí estoy yo tras 49 y aun en pie. Y, ruego que nunca jamás se acabe para mí. Y, ruego que nunca se acabe para ustedes.

Si alguna vez se ven tentados en la misión, o después de ella, a dejar esta fe o cometer una transgresión o abandonar los convenios que han hecho con honestidad de corazón, sin suponer que serán perfectos y sabiendo que todos tendremos que arrepentirnos de algo todos los días, pero su curso tiene que ser fiel. Deben permanecer en él. Deben seguir hasta el fin. No pueden volver atrás. Han dejado sus redes y van a apacentar ovejas, serán discípulos del Señor Jesucristo por este tiempo y por la eternidad.

Que cargas sobre las espaldas de jóvenes de 19 o 21 años u otra edad aquí presentes en esta congregación. Pero a fin de cuentas, todo se reduce a esto. “¿Me aman? Entonces, apacienten mis ovejas para siempre…” Jeffrey R. Holland

Artículo originalmente compartido en mylifebygogogoff.com con el título “5 Things I Wish Someone Told Me When I Returned From My Mission.”