Pregunta
Doctrina y Convenios 91 plantea una pregunta que sigue siendo relevante hoy: si los textos apócrifos contienen verdades, ¿por qué el Señor indicó que no era necesario traducirlos ni incorporarlos como parte de las Escrituras?
Respuesta
El término “apócrifo” describe un conjunto de escritos religiosos antiguos que aparecen en algunas ediciones de la Biblia, pero no en todas.
Varias tradiciones católicas y ortodoxas aceptan estos libros, mientras que la Biblia hebrea y la mayoría de traducciones protestantes no los incluyen. Junto a ellos existen otros textos antiguos, como el Evangelio de Tomás o el Evangelio de María, que afirman transmitir enseñanzas especiales o conocimiento reservado sobre Jesucristo y el cristianismo primitivo.
La discusión sobre estos escritos comenzó en los primeros siglos del cristianismo. Cuando Jerónimo tradujo la Biblia al latín —la Vulgata— alrededor del año 450 d. C., decidió excluirlos. Tomó esa decisión porque no existían versiones hebreas de estos textos, aunque sí aparecían en la Septuaginta griega.

Más de mil años después, el Concilio de Trento (1546) declaró canónicos varios de estos escritos para la Iglesia católica. En contraste, los reformadores protestantes los rechazaron al considerar que no tenían la misma autoridad divina que otros libros bíblicos.
Otros textos antiguos, conocidos como escritos de tradición gnóstica, aparecieron mucho tiempo después. Algunos se descubrieron recién a mediados del siglo XX, como los hallazgos de Nag Hammadi.
Estos escritos presentan enseñanzas que se alejan de lo que las primeras comunidades cristianas enseñaban como doctrina central. Por esa razón, el cristianismo mayoritario y la tradición judía nunca los reconocieron como Escritura.
La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días cree en la revelación continua y cuenta con libros adicionales como el Libro de Mormón. Por eso, algunas personas podrían pensar que la Iglesia aceptaría automáticamente estos escritos antiguos. Sin embargo, la postura es clara: la antigüedad de un texto no lo convierte en Escritura. Solo la revelación y la autoridad profética lo hacen.

Esta posición se estableció por revelación en 1833. Mientras José Smith realizaba la traducción inspirada de la Biblia, llegó a los textos apócrifos y preguntó si debía traducirlos o considerarlos Escritura.
El Señor respondió y dejó esa respuesta registrada en Doctrina y Convenios 91. Allí explicó que estos escritos contienen tanto verdades como errores. También enseñó que solo quienes los estudian con la guía del Espíritu pueden beneficiarse de ellos. Por esa razón, indicó que no era necesario traducirlos ni incorporarlos al canon.
Doctrina y Convenios 91:4–6 enseña:
“Hay muchas cosas en ellos que no son verdaderas… el que es iluminado por el Espíritu obtendrá provecho de ellos; y el que no recibe por el Espíritu no puede ser beneficiado. Por tanto, no es necesario que sean traducidos”.
Esta revelación establece principios claros. No toda verdad forma parte del canon de las Escrituras. Existe una diferencia entre el estudio personal y la doctrina que la Iglesia enseña de manera oficial. Además, la canonización siempre requiere confirmación divina por medio de profetas.

La Iglesia aplica ese mismo criterio a otros textos antiguos que suelen despertar curiosidad, como el Libro de Enoc, el Libro de Jaser o el Evangelio de Tomás. Sin una revelación que los declare necesarios para la Iglesia en su conjunto, no se aceptan como Escritura, aunque puedan contener ideas interesantes.
Líderes de la Iglesia han reconocido que los textos no canónicos pueden ofrecer cierto valor si se estudian con cuidado. El élder Bruce R. McConkie enseñó que una persona necesita un conocimiento profundo del evangelio, una comprensión sólida de las Escrituras y la guía constante del Espíritu para obtener verdadero beneficio del texto Apócrifo (véase Bruce R. McConkie, Mormon Doctrine).
La cautela de la Iglesia también se basa en la experiencia histórica. Muchos textos apócrifos y gnósticos incluyen errores claros o ideas que contradicen la doctrina revelada. Incluso la Biblia muestra señales de añadidos humanos tras siglos de transmisión.

El historiador Steven C. Harper ha señalado, por ejemplo, que el llamado Comma Johanneum en 1 Juan 5:7–8 no aparece en los manuscritos más antiguos y se agregó más tarde. Este caso muestra por qué incluso los textos canónicos requieren discernimiento cuidadoso.
La Restauración también demuestra que cuando el Señor considera algo esencial, lo revela directamente. Aunque existen relatos antiguos sobre Enoc, José Smith recibió por revelación una comprensión mucho más amplia de su ministerio. Hoy, ese contenido forma parte del libro de Moisés (Moisés 6–7) en la Perla de Gran Precio.
La Biblia menciona libros inspirados que ya no existen, como el Libro de Gad el vidente o el Libro de Natán el profeta. Además, el Libro de Mormón enseña que Dios ha hablado a muchas naciones y que cada una pudo recibir sus propios registros sagrados (véase 2 Nefi 29:13).

Para los Santos de los Últimos Días, el canon no está cerrado de forma rígida. El Señor puede revelar más Escritura cuando Su pueblo esté preparado. Mientras tanto, la invitación es clara: profundizar en lo que ya se ha revelado. Cuando llegue el momento, el Señor dará más.
En este proceso, los profetas y apóstoles cumplen un papel esencial. Ellos ayudan a distinguir lo que edifica espiritualmente de lo que puede causar confusión. Doctrina y Convenios 91 no rechaza el conocimiento antiguo. Más bien, enseña un principio clave: la verdad no se reconoce por la cantidad de textos que leemos, sino por la guía del Espíritu al estudiarlos.
Fuente: Ask Gramps
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