El 31 de marzo de del 2001, durante la Conferencia General, el presidente Gordon B. Hinckley compartió una oportunidad que ayudaría a miles de jóvenes en el mundo: El Fondo Perpetuo para la Educación, un programa pensado para ayudar a miembros de la Iglesia fuera de Estados Unidos y Canadá a acceder a una educación práctica, útil y con impacto real en su vida laboral.
El Fondo Perpetuo no se creó para «regalar dinero», sino para impulsar el esfuerzo. Funciona como un sistema solidario: una parte es préstamo con intereses mínimos o inexistentes, otra parte es beca, y el compromiso de quien recibe el apoyo permite que el programa siga ayudando a otros. La idea siempre fue clara: aprender algo que sirva, trabajar, mejorar la vida propia y luego extender esa bendición a más personas.

A lo largo de los años, más de 130 mil personas en más de 80 países han sido parte de esta historia. Detrás de cada número hay alguien que soñó con estudiar y pensó que no podría. Alguien que trabajó de día y estudió de noche. Alguien que apostó por un futuro distinto.
Nahun Antonio García Pérez, en Honduras, fue uno de ellos. Con recursos limitados, la educación superior parecía lejana. El Fondo Perpetuo para la Educación le permitió terminar sus estudios y convertirse en ingeniero industrial. Hoy, su historia no se mide solo en un título, sino en estabilidad, crecimiento profesional y en la tranquilidad de poder sostener mejor a su familia.
Para Nahun, el camino no fue sencillo. Hubo sacrificios, cansancio y dudas. Pero también hubo satisfacción. La de cumplir una meta que parecía imposible y la de ver cómo ese esfuerzo cambiaba su realidad.

Algo similar ocurrió con Selemani Furaya, en la República Democrática del Congo. Gracias al programa, pudo completar su formación universitaria y convertirse en técnica de laboratorio. Hoy trabaja en un hospital, donde cada día aplica lo que aprendió para ayudar a otros. Para ella, el Fondo Perpetuo no solo abrió una puerta laboral, sino que le dio seguridad, confianza y una nueva visión de lo que era capaz de lograr.
Quienes estuvieron involucrados desde el inicio recuerdan con claridad la urgencia del presidente Hinckley. Elder John K. Carmack, quien lideró el programa durante sus primeros años, contó que el profeta no quería demoras. Creía profundamente en la idea y en el impacto que podía tener. Su insistencia no venía de la presión, sino de la certeza de que este programa podía transformar vidas reales.
Y así fue. Con el tiempo, muchos beneficiarios del Fondo Perpetuo para la Educación no solo mejoraron su situación económica, sino que se convirtieron en líderes en sus barrios y estacas. Personas más preparadas, más seguras y con mayor capacidad para servir.

El programa comenzó en países como México, Brasil, Chile y Perú, y hoy sigue creciendo en distintas partes del mundo. Su enfoque no ha cambiado: fortalecer a las personas para que puedan sostener a sus familias y construir un futuro con dignidad.
Antes de fallecer, el presidente Hinckley expresó que el Fondo Perpetuo para la Educación había logrado exactamente lo que él esperaba. Para miles de personas, ese “experimento audaz” se convirtió en una oportunidad real. Y para muchos más, sigue siendo una prueba de que cuando la educación se combina con fe y esfuerzo, los milagros también se construyen paso a paso.
Veinticinco años después, la visión del presidente Gordon B. Hinckley sigue viva en cada historia de esfuerzo y superación. El Fondo Perpetuo para la Educación continúa recordando que la autosuficiencia no es solo un ideal, sino una posibilidad real cuando se abren las puertas correctas. Y que, a veces, una oportunidad bien dirigida puede cambiar no solo una vida, sino generaciones enteras.
Fuente: newsroom.churchofjesuschrist.org
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