Para nadie es un secreto que el camino de la fe no es sencillo. Todos atravesamos dificultades, tenemos dudas y a veces, algunos no encuentran otra solución más que alejarse de la fe.
Pero lo que es mucho más triste es cuando un ser querido viene a decirte:
“Nunca he creído en la Iglesia. De hecho, la odio y lo que representa.”
Aunque no lo creas, eso pasa muy seguido. Un estudio reciente analizó 514 conversaciones entre personas que dejaron la fe y familiares, líderes o amigos profundamente creyentes y lo que reveló fue impactante.
Un dato que despierta la conciencia

Cuando se trata de conversar con alguien que tiene dudas sobre su fe, lo ideal es ser delicados y atentos, pero en muchas ocasiones, esto no siempre es lo que sucede, incluso con personas devotas.
Algunos hallazgos de este estudio muestran realidades que, por más que cueste aceptar, son ciertas:
- Las conversaciones con familiares muy devotos tienen altas probabilidades de terminar mal.
- Hablar con líderes eclesiásticos es el escenario con peor pronóstico: la conversación tiene 4,5 veces más probabilidad de terminar en conflicto que en conexión.
- Paradójicamente, las mejores conversaciones ocurren con personas menos reactivas emocionalmente.
¿El resultado de una mala conversación? Más dolor, más resentimiento y una aceleración en el alejamiento de la fe.
La conclusión de este estudio demuestra que, irónicamente, lo que más determina si una persona se mantiene conectada a la Iglesia no es la magnitud de sus dudas, sino la calidad de las conversaciones que tiene cuando las expresa.
¿Por qué nos cuesta tanto hacerlo bien?

Nadie nos enseña qué hacer cuando alguien que amamos cuestiona la fe. Es por eso que nos cuesta saber cómo manejar la situación. Estamos entre defender lo correcto y el deseo de no herir a esa persona y esa fricción es complicada.
De pronto, sentimos miedo, amenaza, pérdida, vergüenza, frustración y, muchas veces, un golpe directo a nuestra identidad espiritual.
En esos momentos, es fácil caer en conversaciones bajo influencia emocional. Ahí es cuando hablamos desde la herida, desde el pánico o desde la urgencia de “arreglar” al otro.
Eso no quiere decir que seamos malos, sino que simplemente somos humanos. Pero cuando eso ocurre, aparecen patrones que profundizan más el daño:
- Predicar cuando el otro necesita ser escuchado.
- Juzgar cuando el otro necesita ser comprendido.
- Discutir cuando el otro necesita sentirse seguro.
- Corregir cuando el otro necesita amor.
El problema aquí es confundir la defensa de la verdad con la pérdida de la relación.
Lo que debemos hacer en su lugar

Si estás notando que estás manteniendo esa clase de conversaciones, empieza por reconocer que lejos de ayudar, solo estás agravando más la herida. Detente y piensa en otras formas de reaccionar.
La buena noticia es que el estudio también identificó algo esperanzador. En los pocos casos donde la relación sobrevivió y se fortaleció después de una conversación de “crisis de fe”, aparecieron tres comportamientos clave:
- Escucha activa y validación emocional, incluso sin estar de acuerdo.
- Aceptación sin juicios, diferenciando a la persona de sus creencias.
- Reconocimiento honesto de las dudas y preocupaciones del otro, sin minimizarlas ni ridiculizarlas.
Puede que estas actitudes no devuelvan automáticamente la fe a quien la perdió, pero sí logran algo igualmente importante: preservar el vínculo, el respeto y el amor.
Si eso ocurre después de una conversación con un ser querido que está alejándose de la fe, ya ganaste suficiente.
Ser más como Cristo

El fondo de este estudio es algo más que consejos útiles. Refleja también una invitación a ser más como Cristo.
Él nunca trataría las crisis de fe con prisa ni con humillación. Su patrón siempre sería el mismo: caminar, preguntar, escuchar y amar, incluso cuando no haya signos de conversión inmediata.
Y ahora Él nos extiende el mismo llamado:
“Quisiera que fueseis perfectos así como yo, o como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”.
En este ámbito, ese llamado para nosotros no es ganar la conversación con alguien que se aferra a su idea de dejar la fe, sino ser dignos de mantener esa relación.
Porque al final, la pregunta no será solo quién fue fiel y quién se fue, sino cómo amamos a los demás cuando dejó de ser fácil.
Fuente: Meridian Magazine



