Hace poco se nos recordó que pertenecemos a la “Iglesia del gozo”. Y sí, el Evangelio es una muy buena noticia. Es esperanza. Es redención.

Pero también es verdad que muchos llegamos a la capilla o actividades cargando cosas pesadas.

Hay quienes se sientan solos en la banca. Otros lidian con matrimonios complicados, hijos que se alejaron, diagnósticos médicos, deudas, dudas de fe o pérdidas que todavía duelen. Y aunque cantamos himnos sobre luz y esperanza, a veces por dentro estamos en otro lugar.

La Iglesia debería ser el lugar más seguro para traer nuestro dolor. Pero no siempre sabemos cómo acompañarnos bien.

El convenio que no tiene letra pequeña

En el bautismo prometimos acompañar el dolor ajeno. Ese compromiso es claro, profundo y a veces incómodo. Imagen: Huffpost

Cuando fuimos bautizados hicimos un convenio muy claro:

“llorar con los que lloran” y “consolar a los que necesitan consuelo” (Mosíah 18:9).

Este convenio por más importante y hermoso que sea, también llega a ser incómodo.

Porque cuando alguien sufre, algo en nosotros quiere arreglarlo rápido. Queremos explicar, enseñar doctrina, recordar promesas eternas o simplemente queremos que la persona se sienta mejor… cuanto antes.

Pero no se nos pidió que solucionáramos el dolor, se nos pidió que lo acompañáramos.

Y eso cambia la forma en la que debemos ayudar.

Cuando el consuelo no consuela

Las frases correctas pueden sonar vacías si llegan demasiado pronto. El dolor necesita presencia antes que explicación. Imagen: Canva

A veces decimos cosas con buena intención que, sin querer, minimizan.

“Todo pasa por algo.”
“Al menos…”
“Dios tiene un plan.”
“Ten más fe.”
“Podría ser peor.”

Muchas de esas frases contienen verdad. Doctrinalmente son correctas. Pero en el momento del dolor pueden sentirse como un intento de cerrar una herida que todavía está abierta.

La empatía nunca empieza con “al menos”.

El duelo ante cualquier situación no necesita corrección inmediata, necesita presencia.

Jesús sabía que habría resurrección… y aun así lloró

El Salvador mostró que la compasión no compite con la doctrina. La acompaña. Imagen: La Iglesia de Jesucristo

El versículo “Jesús lloró” es uno de los más cortos y más profundos del Nuevo Testamento (Juan 11:35).

Él sabía que Lázaro viviría. Tenía poder para cambiar la situación. Sin embargo, eligió llorar con quienes estaban sufriendo. Siendo Él el elegido, con todo el conocimiento que tenía y conexión con el Padre Celestial, decidió sentir.

Esta situación nos enseña que la doctrina no reemplaza la compasión. 

El Salvador no evitó el dolor con un discurso. Primero estuvo presente. Primero sintió. Primero acompañó. Así sirvió de manera refinada y única a los demás.

Optimismo sin empatía no es discipulado

hombre de rodillas orando con las manos extendidas en un atardecer
La esperanza es central en el Evangelio, pero nunca debe usarse para evitar la incomodidad del dolor ajeno. Imagen: Canva

El Evangelio nos da esperanza, eso realmente es un regalo. Pero a veces usamos el optimismo como una forma de escapar de la incomodidad o no empatizar con quien podríamos ayudar.

Alguien pierde un embarazo y respondemos con estadísticas.

Alguien enfrenta una crisis de fe y sólo respondemos con citas.

Alguien atraviesa depresión y respondemos con consejos rápidos.

Sin querer, enviamos el mensaje de que el dolor es un problema que hay que resolver rápido o que es demasiado simple porque ya conocemos el plan y por lo tanto ya sabemos que al final “todo estará bien”.

Pero es válido no estar bien. Las emociones no son una falla espiritual. Son parte de la experiencia humana, parte incluso del Plan de Salvación y nuestro albedrío.

Cómo se ve realmente “llorar con los que lloran”

El Señor ha sentido tus dolores y penas, por eso sabe cómo consolarte
Acompañar no exige discursos. Requiere disponibilidad, escucha y un corazón dispuesto a quedarse. Imagen: Pinterest

No es complicado. De hecho es mucho más sencillo que darles estas respuestas cortas que solemos usar. Y a la vez es espiritual.

Se ve así:

“Lo siento mucho.”

“No me imagino lo difícil que debe ser.”

“Estoy aquí.”

“¿Cómo puedo acompañarte?”

A veces también es quedarse en silencio, abrazar o escuchar sin corregir en el momento. No tenemos que estar de acuerdo con todo para acompañar a alguien, especialmente porque todos tenemos perspectivas diferentes.

El convenio no tiene condiciones escondidas. No dice “llorar con los que lloran si entiendes su situación”. No dice “consolar si su dolor te parece válido”. Simplemente dice llorar con ellos.

Una Iglesia que sabe sentarse en el dolor

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El gozo verdadero convive con el duelo. Una comunidad cristiana aprende a sostener ambos con amor. Imagen: Canva

Si realmente queremos ser una Iglesia de gozo, también debemos ser una Iglesia que sabe sentarse en el duelo.

El gozo y el dolor no son enemigos. 

La Resurrección importa porque la muerte es real. 

La esperanza importa porque el sufrimiento es real.

Cuando aprendemos a no apresurar el proceso de nadie, creamos comunidades más seguras. Más cristianas y más parecidas al Salvador. Y quizás eso sea una de las formas más puras de discipulado:

No arreglar el dolor de otros, sino caminar con ellos mientras atraviesan la tormenta.

Fuente: Leading Saints 

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