Hay personas que sienten culpa cada vez que rechazan una asignación, una invitación o incluso una oportunidad de servir en la Iglesia. Para muchos, crecer en el Evangelio significó aprender que siempre debían estar disponibles, ayudar en todo y nunca decir “no”.
¿Hasta qué punto estamos sirviendo con amor y cuándo empezamos a vivir agotados tratando de cumplir expectativas imposibles?
Esa fue justamente la inquietud que una hermana compartió recientemente con el terapeuta y autor Geoff Steurer. Ella explicó que ama servir, pero que todavía lucha con la sensación de estar siendo egoísta cuando necesita poner límites. Quería saber cómo encontrar equilibrio sin sentir que estaba fallándole al Señor.
La respuesta fue necesaria para tiempos donde muchos miembros viven cansados emocionalmente intentando llegar a todo.
El deseo de servir ya dice mucho de nuestro corazón

Steurer explicó que sentir preocupación por ayudar a los demás ya demuestra un deseo sincero de seguir a Jesucristo. No todas las personas se preocupan por consagrar su tiempo al Señor, y el hecho de que alguien quiera servir más ya habla de su amor por el Evangelio.
El problema aparece cuando confundimos consagración con desgaste constante.
Muchas veces queremos responder a cada necesidad, pero la realidad es que nuestra capacidad emocional, física y mental tiene límites. Y reconocer eso no nos hace menos discípulos.
Cristo nunca pidió que destruyéramos nuestra salud o nuestra paz intentando salvar a todos solos.
Tener compasión no significa resolverlo todo

Uno de los puntos más interesantes del consejo de Steurer es que podemos seguir sintiendo amor y compasión por alguien aunque no podamos resolver su problema personalmente.
A veces, cuando no podemos ayudar, sentimos culpa y terminamos alejándonos emocionalmente para no sentir esa incomodidad. Sin embargo, el Salvador mostró otra manera de actuar.
En 3 Nefi 17, Jesús dedicó tiempo extra a las personas porque sintió compasión por ellas, pero aun así tuvo que partir después. Amar a alguien no siempre significa poder quedarse para solucionarlo todo.
Hay ocasiones donde lo más sincero que podemos ofrecer es nuestra preocupación genuina, una oración o incluso un momento posterior donde podamos dar atención real y no solo cansancio.
El Espíritu Santo también sostiene a las personas

Otra reflexión importante es recordar que no somos la única ayuda disponible para alguien.
Steurer compartió la experiencia de su padre cuando servía como obispo. Muchas veces no podía atender inmediatamente a quienes necesitaban ayuda, pero luego descubría que el Espíritu Santo ya había consolado, guiado o fortalecido a esas personas antes de hablar con ellas.
El Señor no depende únicamente de nosotros para cuidar a Sus hijos. Él tiene infinitas maneras de llegar a las personas. A veces lo hará mediante un líder, otras veces mediante un amigo, un familiar o una impresión espiritual personal.
Creer que todo depende de nosotros puede parecer sacrificio, pero también puede convertirse en una carga que el Señor nunca nos pidió llevar.
No todas las luchas deben resolverse de inmediato

Vivimos en una época donde muchas personas sienten ansiedad cuando alguien atraviesa dificultades. Queremos arreglarlo rápido, responder rápido y evitar cualquier incomodidad, pero nos olvidamos que luchar no siempre significa que algo esté mal.
Algunas experiencias ayudan a las personas a crecer, desarrollar fe, aprender paciencia o descubrir fortaleza espiritual.
El Salvador mismo invitaba a las personas a participar activamente en su propio proceso de cambio y sanación. Él ayudaba, guiaba y fortalecía, pero también permitía que las personas ejercieran fe y actuaran.
A veces ayudar demasiado rápido puede impedir que otros desarrollen capacidades que el Señor quiere fortalecer en ellos.
Decir “no” también puede proteger lo más importante

Otra parte clave del consejo tiene que ver con reconocer nuestras limitaciones reales.
Hay personas que intentan servir a todos mientras descuidan a su familia, su descanso, su salud mental o incluso su relación con Dios. Con el tiempo, ese ritmo termina pasando factura.
Poner límites honestos también es una forma de integridad. Si no tenemos energía emocional para ayudar correctamente, quizá lo más sabio sea buscar otro momento o reconocer que alguien más podrá hacerlo mejor en ese instante.
Nuestra familia no debería recibir únicamente las sobras de nuestro tiempo y energía.
Incluso Alma expresó el deseo de enseñar el Evangelio a todo el mundo, pero entendió que debía confiar en los tiempos y propósitos del Señor. El Evangelio nunca ha sido una competencia para ver quién se agota más sirviendo.
La consagración no se mide por cuánto haces

Al final, Steurer recordó una enseñanza basada en Mosíah 18. El Señor no espera exactamente lo mismo de cada persona. Algunos pueden dar más en ciertas etapas de la vida y otros menos.
Lo importante es la disposición sincera del corazón. La consagración no consiste en hacer absolutamente todo. Consiste en entregar al Señor lo que realmente tenemos para dar en este momento.
Y muchas veces, eso incluye reconocer límites, cuidar nuestra salud espiritual y entender que decir “no” con sabiduría también puede ser una decisión guiada por el Espíritu.
Fuente: Meridian Magazine
