Hay mandamientos que normalmente aceptamos con facilidad. Tener fe, orar, servir o confiar en Dios suelen sonar esperanzadores, pero hay otros principios del Evangelio que nos confrontan directamente porque tocan heridas reales. Y probablemente uno de los más difíciles es perdonar.

Jesucristo no habló del perdón como una sugerencia para personas “más espirituales”. Lo enseñó como algo esencial para Sus discípulos. 

En Doctrina y Convenios 64:10, el Señor declara: 

“De vosotros se requiere perdonar a todos los hombres”.

Y ahí es donde todo se vuelve más personal porque perdonar suena sencillo, hasta que alguien realmente nos hiere.

El problema es que las heridas sí duelen

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Todos, en algún momento, terminamos siendo lastimados por alguien. A veces son cosas pequeñas, pero otras veces son traiciones profundas. Por eso muchas veces escuchar “tienes que perdonar” puede sentirse injusto o incluso imposible.

La pregunta entonces no es si el Evangelio enseña el perdón. La verdadera pregunta es:

¿Cómo perdonamos cuando todavía estamos intentando sanar?

Una de las razones por las que muchas personas luchan con este principio es porque creen que perdonar significa aprobar lo que ocurrió, pero no es así.

Perdonar no es justificar el daño, ignorar límites sanos o actuar como si la herida no importara.

Hay situaciones donde la confianza necesita tiempo para reconstruirse y eso no necesariamente significa que no hubo perdón. Perdonar tiene más que ver con el estado de nuestro corazón delante de Dios que con la reacción de la otra persona.

El resentimiento también nos termina lastimando

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Cuando alguien nos hiere, es natural sentir enojo, tristeza o frustración. El problema aparece cuando ese dolor empieza a quedarse permanentemente dentro de nosotros.

Sin darnos cuenta, comenzamos a revivir conversaciones o imaginar escenarios donde la otra persona “paga” por lo que hizo. Y aunque pensemos que eso nos protege, en realidad termina agotándonos.

El perdón no libera primero al ofensor. Muchas veces libera primero a la persona herida.

Por eso el Salvador constantemente enseñó sobre misericordia. No porque el dolor no importe, sino porque Él sabe lo que pasa cuando dejamos que el dolor controle el corazón.

Jesucristo entiende perfectamente lo que es ser herido

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Jesucristo nunca enseñó principios que Él mismo no estuviera dispuesto a vivir. Nadie sufrió mayor injusticia que Él, mientras estaba en la cruz, dijo: 

“Padre, perdónalos”.

El verdadero perdón nace de confiar más en la justicia de Dios que en nuestro deseo de venganza. El Señor no espera que sanemos solos.

Él comprende perfectamente el abandono, la traición, el rechazo y el dolor emocional. Por eso el perdón depende también de permitir que Cristo transforme lentamente lo que llevamos dentro.

Hay heridas que resurgen de vez en cuando incluso después de haber intentado seguir adelante. Es importante recordar que perdonar es un proceso donde poco a poco el Señor reemplaza la amargura con paz.

Perdonar y reconciliarse no siempre son lo mismo

Este nuevo año es es una oportunidad para quitarte el peso de las heridas que cargas. Imagen: Canva

Algo importante que muchos miembros necesitan entender es que el perdón y la reconciliación no son idénticos.

La reconciliación requiere confianza, cambios reales y esfuerzo mutuo. El perdón, en cambio, puede comenzar incluso cuando la otra persona nunca se disculpa.

Eso no elimina consecuencias ni responsabilidades, simplemente significa que decidimos dejar el juicio final en manos de Dios, lo cual requiere de mucha fe.

Todos vamos a necesitar el perdón en algún momento

abrazo entre amigas
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Algo interesante del Evangelio es que todos terminamos estando en ambos lados de esta historia.

Habrá momentos donde necesitaremos perdonar y también momentos donde necesitaremos que alguien nos perdone a nosotros.

Por eso este principio está tan conectado con Jesucristo, el Evangelio no trata de personas perfectas. Trata de personas heridas aprendiendo a sanar a través de Cristo.

Aunque perdonar pueda parecer una de las cosas más difíciles de la vida, también puede convertirse en una de las experiencias espirituales más liberadoras cuando dejamos que el Salvador camine ese proceso con nosotros.

Fuente: Meridian Magazine 

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