Si sufres de ansiedad, puede que a veces te sientas sin salida. Sabes que necesitas avanzar y recuperar la tranquilidad, pero por alguna razón parece que no logras alcanzar aquello que necesitas para seguir adelante.
En esos momentos, es natural preguntarse: ¿cómo puede Jesucristo ayudarme cuando siento ansiedad?
Bueno, todo empieza comprendiendo que la ansiedad puede provenir de diferentes situaciones como una enfermedad, problemas económicos, conflictos familiares, incertidumbre laboral, etc. Cuando esas cosas pasan, el evangelio nos recuerda que no estamos solos para afrontarlas.
El Padre Celestial es más grande que cualquier dificultad, comprende perfectamente aquello que nos preocupa y tiene el poder de ayudarnos a atravesar momentos complejos. Así es como Él puede ayudarte a vencer la ansiedad.
La ansiedad no significa que tenemos poca fe

Muchas personas que atraviesan episodios de ansiedad suelen sentirse culpables porque piensan que si tuvieran más fe no sentirían miedo, preocupación o angustia, pero las Escrituras muestran que ser discípulos de Jesucristo no nos hace inmunes a las emociones difíciles.
El rey Josafat fue quizá una de muchas personas que enfrentó pruebas que podrían llevar a la ansiedad. Sin embargo, se convirtió en un ejemplo de cómo enfrentarla con Dios cuando expresó:
«Porque nosotros no tenemos fuerza para enfrentar a esta multitud tan grande que viene contra nosotros; no sabemos lo que hemos de hacer, mas a ti volvemos nuestros ojos».
La enseñanza detrá de ese momento es que aun cuando no sepamos qué hacer, sí podemos decidir hacia dónde dirigir nuestra mirada.

Incluso el Salvador experimentó momentos de gran tristeza. En Getsemaní declaró:
«Mi alma está muy triste, hasta la muerte».
Él conoce perfectamente el dolor emocional, el cansancio y la angustia porque descendió por debajo de todo y precisamente por eso puede comprender nuestras pruebas. El élder Jeffrey R. Holland enseñó:
«Por más tarde que piensen que hayan llegado, por más oportunidades que hayan perdido, por más errores que piensen que hayan cometido… testifico que no han viajado más allá del alcance del amor divino».
Ese amor también alcanza a quienes luchan diariamente con la ansiedad.
Aprender a identificar aquello que nos está afectando

En ocasiones vivimos con la ansiedad sin detenernos realmente a pensar qué es lo que está alimentando nuestro malestar. La ansiedad puede originarse en medio de conflictos familiares, exigencias académicas, inseguridades personales, agotamiento físico, experiencias dolorosas o expectativas demasiado altas.
El apóstol Pablo, al escribir a los filipenses, reconoció que existía una situación que estaba afectando a la comunidad. Había tensión entre algunos miembros y él comprendió que era necesario abordar eso de raíz antes de poder experimentar la paz.
Del mismo modo, muchas veces el primer paso para comenzar a sanar consiste en reconocer con honestidad aquello que nos está preocupando. El salmista David hizo una oración que puede servirnos de guía para este consejo:
«Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos».
A veces, la ayuda de Dios viene al detenernos y preguntarnos: ¿qué es exactamente lo que me preocupa? ¿Qué carga estoy intentando llevar? ¿Qué cosas están fuera de mi control y aun así estoy tratando de resolver?
Hacer este ejercicio puede ayudarnos a descubrir que muchas de nuestras preocupaciones necesitan ser depositadas en manos del Señor.
Jesucristo puede ayudarnos a llevar nuestras cargas

Uno de los mayores efectos de la ansiedad es hacernos creer que debemos resolver todo por nosotros mismos y que pedir ayuda es una señal de debilidad y nos lleva a aislarnos precisamente cuando más necesitamos apoyo.
Sin embargo, el evangelio de Jesucristo enseña que Dios nunca diseñó nuestra vida para que la recorriéramos solos. Él ha puesto personas en nuestro camino para acompañarnos, sostenernos y recordarnos que todavía hay esperanza.
Pablo habló de un «verdadero compañero» que ayudó a otros creyentes en medio de sus dificultades. Todos necesitamos personas así en nuestra vida que puedan caminar a nuestro lado durante los momentos más complejos.
El presidente Russell M. Nelson enseñó:
«El Señor ama el esfuerzo, porque el esfuerzo brinda recompensas que no pueden recibirse sin él».
Ese esfuerzo puede traducirse en «buscar ayuda». Hablar sobre lo que sentimos requiere valentía, humildad y de confianza en que Dios obra a través de las personas que coloca en nuestro camino.
La oración puede ser la mejor ayuda

Pablo escribió una de las invitaciones más conocidas sobre la paz espiritual cuando dijo:
«Por nada estéis afanosos; sino sean dadas a conocer vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias».
Este pasaje promete que podemos acudir al Señor con todo aquello que llevamos dentro. Podemos hablarle de nuestros temores, de nuestros pensamientos y de las cargas que quizá nunca hemos expresado a nadie más.
La oración tiene la capacidad de cambiar nuestra perspectiva. Muchas veces las circunstancias permanecen iguales, pero nosotros comenzamos a verlas de una manera distinta. Jesucristo enseñó:
«La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da».
La paz que ofrece Jesucristo no depende de que desaparezcan todos nuestros problemas. Más bien nace de la certeza de que Él permanece a nuestro lado mientras atravesamos esas dificultades y de que ninguna tormenta será más poderosa que Su capacidad para sostenernos.
Buscar ayuda profesional también puede formar parte del plan de Dios

Hablar sobre salud emocional todavía resulta difícil para muchas personas, especialmente dentro de contextos religiosos donde, a veces, se piensa equivocadamente que bastaría con orar más para superar cualquier dificultad emocional. Sin embargo, la realidad es que el Señor ha puesto en nuestro camino recursos y conocimientos que pueden ayudarnos a sanar.
Acudir a un psicólogo, un terapeuta o un psiquiatra no significa tener menos fe. De la misma manera que buscaríamos atención médica si tuviéramos una fractura, también podemos buscar apoyo profesional cuando nuestra salud emocional necesita ser atendida.
A veces la ansiedad deja de ser únicamente una reacción normal ante circunstancias difíciles y comienza a afectar significativamente la calidad de vida, el descanso, las relaciones personales o la capacidad para realizar actividades cotidianas.
En esos casos, recibir ayuda especializada puede convertirse en una bendición enviada por Dios.
Nuestra salud emocional es importante para el Señor. Él se preocupa por nuestro bienestar integral y desea que aprendamos a cuidar nuestra mente, cuerpo y espíritu.
En conclusión

La ansiedad es una experiencia humana real y desafiante, pero no es una señal de fracaso espiritual ni una evidencia de que Dios se haya alejado de nosotros.
Todos enfrentamos pruebas distintas en esta vida y todos necesitamos aprender a confiar en un Salvador que comprende perfectamente nuestras luchas. Jesucristo puede ayudarnos a identificar lo que nos preocupa, enseñarnos a poner nuestras cargas en Sus manos y guiarnos hacia los recursos que necesitamos para sanar.
La ansiedad puede hacernos sentir pequeños, sin embargo, el evangelio nos recuerda que tenemos un Padre Celestial infinitamente más grande que cualquier problema y un Salvador que nunca nos abandona. Él alcanza aquello que nosotros todavía no podemos alcanzar.
Fuente: maisfe.org
