Nota del editor: Este artículo está basado en la historia de Marilyn Whipple compartida en un artículo en la edición de la revista Ensign de Octubre de 1988.
Perder a un cónyuge es una de las pruebas más difíciles que un esposo o una esposa puede enfrentar. Pero cuando ese matrimonio fue sellado en el templo, surge una pregunta que muchos miembros de la Iglesia de Jesucristo se han hecho alguna vez: ¿es correcto volver a enamorarse y casarse después de haber enviudado?
Esa fue precisamente la pregunta que marcó la vida de Marilyn Whipple. A continuación, te compartimos su historia.
¿Es desleal volver a amar?

Mucho antes de enviudar, Marilyn recuerda haber hecho esa misma pregunta durante una clase de la Mutual cuando apenas tenía doce años. Dirigiéndose a su maestro, le preguntó:
«Si dos personas que fueron selladas en el templo quedan viudas, ¿está bien que vuelvan a enamorarse y se casen?»
La respuesta de su maestro fue inmediata:
«Sí, por supuesto».
Aunque aquella respuesta parecía sencilla, la inquietud de Marilyn nunca desapareció del todo. En el fondo, ella seguía preguntándose si esa decisión realmente contaría con la aprobación del Señor.
Con el paso de los años, esa duda se convertiría en una realidad profundamente personal que Marilyn tendría que afrontar. A los cuarenta y tres años perdió a su esposo, Jim junto a quien había formado una familia con cinco hijos y habían sido sellados en el templo.
De pronto, Marilyn se encontró enfrentando una situación para la que nunca se sintió preparada.
Aprender a vivir después de la pérdida

La viudez no era algo nuevo en la familia de Marilyn ya que tanto su madre como su abuela habían pasado por la misma experiencia cuando aún tenían hijos pequeños.
Ninguna contaba con estabilidad económica, y ambas dedicaron el resto de su vida a esperar pacientemente el día en que volverían a reunirse con sus esposos. Marilyn admiraba la fidelidad de ambas, pero también fue testigo de la soledad y el dolor que las acompañó durante años.
Marilyn amaba mucho al Señor y deseaba dedicarle su vida. Incluso soñaba con servir una misión junto a su esposo cuando llegara el momento. Sin embargo, ahora que Jim ya no estaba, no lograba imaginar cómo ese sueño podría hacerse realidad.
Pero al mismo tiempo, Marilyn sentía que no debía resignarse simplemente a sobrevivir, así que decidió reconstruir su vida, regresó a la universidad, obtuvo un título en Administración de Empresas, escribió libros y artículos que fueron bien recibidos y comenzó a trabajar en el Instituto de Religión del American River College.
También empezó a participar en actividades para adultos solteros de la Iglesia, donde encontró amigos que comprendían el proceso que ella estaba viviendo y la apoyaban sin juzgarla.
Una oración que lo cambió todo

A pesar de todos esos avances, el vacío que había dejado Jim seguía presente. Por lo que constantemente Marilyn se imaginaba cómo sería volver a tener un compañero que compartiera su fe, la ayudara a criar a sus hijos y algún día sirviera una misión junto a ella.
Cada vez que esos pensamientos aparecían, terminaban convirtiéndose en una oración en la que Marilyn le decía al Señor que, si un nuevo matrimonio realmente podía ayudarla a ser una mejor madre y servirle de una manera más plena, estaría dispuesta a aceptar esa posibilidad.
Marilyn sabía que su difunto esposo nunca sería reemplazable, pero también estaba dispuesta a hacer la voluntad de Dios. Entonces, la respuesta del Señor llegó cuatro años después.
Un día Marilyn asistió a un baile para adultos solteros de la Iglesia en donde conoció a Richard Whipple, quien también había perdido a su esposa hacía poco tiempo y, desde la primera conversación, sintió que estaba frente a un hombre bueno y agradecido con el Señor.
Richard le habló de Gloria, su esposa fallecida, y del privilegio que había sentido al cuidarla durante los largos años de enfermedad que precedieron a su muerte. Marilyn, por su parte, le habló de Jim y de sus cinco hijos.
Ambos entendían el peso de criar una familia después de perder al compañero eterno con quien habían planeado compartir la vida. Y, con el paso de las semanas, comenzaron a salir.
El conflicto dentro de su corazón

Aunque Marilyn disfrutaba cada momento junto a Richard, algo seguía inquietándola y es que mientras más cariño empezaba a sentir por él, más intensa se volvía la culpa y se preguntaba una y otra vez si estaba siendo desleal con Jim por volver a enamorarse.
Antes de morir, su esposo le había dicho claramente que esperaba que algún día volviera a casarse si él faltaba. Sin embargo, nunca hablaron sobre algo mucho más profundo. ¿Jim en verdad habría querido que ella amara a otro hombre?
Esa pregunta la acompañó durante semanas hasta que, durante una conferencia para adultos solteros, sintió que ya no podía seguir ocultando lo que sentía y lloró como no lo había hecho desde la muerte de Jim.
Posteriormente, Marilyn abrió su corazón al Señor en oración, pidiéndole que le ayudara a entender qué debía hacer con todos esos sentimientos. Fue entonces cuando una impresión muy clara le hizo sentir que su difunto esposo aprobaba a Richard.
Aquella impresión le dio una paz que no había sentido en muchos años.
El inicio de una nueva etapa

Tiempo después, la amistad entre Marilyn y Richard se convirtió en un amor sincero y profundo. Un día, mientras se encontraban en el Templo de Oakland, ambos sintieron que había llegado el momento de dar el siguiente paso, así que fue Marily quien propuso una fecha para casarse.
Y en ese instante supo que había recibido la confirmación espiritual que llevaba tanto tiempo buscando.
Por supuesto, no todas las personas comprendieron su decisión y algunos de sus hijos incluso se preguntaban si estaba bien que una persona sellada en el templo vuelva a enamorarse. Sin embargo, Marilyn lo explicó con una analogía sencilla.
Para esto, ella imaginó varias familias emprendiendo un largo viaje en carretas. Algunas completarían todo el recorrido con la misma carreta, mientras que otras sufrirían accidentes inesperados en el camino. En algunos casos, uno de los conductores fallecería y el otro tendría que seguir adelante.
Entonces imaginó que dos familias, después de sufrir esa pérdida, unían las mejores partes de sus carretas para construir una nueva y continuar el viaje juntas.
Así fue cómo Marilyn entendió que el matrimonio después de la viudez significa seguir avanzando con la ayuda del Señor para terminar fielmente el viaje. Y cuando todos lleguen finalmente al destino eterno, habría gozo al reencontrarse con aquellos que habían partido antes.
Lo que aprendieron

Con el paso de los años, Richard y Marilyn llegaron a amarse profundamente.
Ambos seguían recordando con cariño a sus primeros cónyuges, pero eso nunca disminuyó el amor que construyeron el uno por el otro. Más bien, comprendieron que el amor verdadero puede crecer y enriquecer la vida de quienes procuran seguir al Señor.
Descubrieron nuevas virtudes el uno en el otro, aprendieron nuevas maneras de servir y fortalecieron su fe mientras caminaban juntos.
Marilyn llegó a la convicción de que todo lo aprendido en su segundo matrimonio también la prepararía para la eternidad. Mientras tanto, vivía con la certeza de que Jim y Gloria continuaban creciendo y sirviendo al Señor en el mundo de los espíritus.
Esta historia nos recuerda que el evangelio nos invita a confiar en que el amor verdadero, cuando está centrado en Cristo, trasciende la muerte y encuentra su plenitud en la eternidad.
Fuente: maisfe.org
