Cuando pensamos en la historia de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y en la antigua restricción que impedía a los hombres de ascendencia africana ser ordenados al sacerdocio, es natural preguntarnos cómo ha cambiado la Iglesia desde entonces.

Pero hoy resulta difícil ignorar que la Iglesia se ha convertido en una comunidad cada vez más diversa, donde personas de diferentes razas, culturas y nacionalidades sirven juntas con un mismo propósito.

El élder Ahmad S. Corbitt, de los Setenta, reflexionó sobre este tema en un ensayo publicado originalmente en la recopilación “Stay Thou Nearby: Reflections on the 1978 Revelation on the Priesthood” (“Permanece cerca: Reflexiones sobre la Revelación de 1978 sobre el sacerdocio”).

Su experiencia personal le ha permitido observar de cerca cómo el Evangelio de Jesucristo puede unir a personas con historias y culturas muy diferentes.

Una Iglesia que reúne a personas de todo el mundo

El Templo de Phnom Penh, Camboya, de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, que se muestra aquí en una fotografía tomada por Sayha Hem (para la cual espero que esto constituya un “uso legítimo”), será dedicado a finales de este mes por el élder Patrick Kearon, un miembro nacido en Gran Bretaña del Cuórum de los Doce Apóstoles. Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Actualmente, la diversidad de la Iglesia puede verse incluso en sus responsabilidades de mayor nivel. En los consejos y liderazgos de la Iglesia sirven miembros provenientes de África, Asia, Europa, Oceanía, América Latina y Norteamérica.

Para el élder Corbitt, esta realidad refleja algo que va más allá de las diferencias culturales. El evangelio de Jesucristo tiene el poder de reunir a personas que, fuera de la Iglesia, podrían pertenecer a comunidades muy distintas.

Esta unidad no significa que las diferencias desaparezcan. Coreanos, japoneses, taiwaneses, africanos, europeos, latinoamericanos y miembros de otras partes del mundo mantienen sus propias culturas e historias. 

Lo particular es que pueden servir lado a lado como discípulos de Jesucristo, compartiendo responsabilidades y buscando el mismo propósito.

El autor recuerda incluso una experiencia de cuando servía en un sumo consejo. Fue asignado a un barrio dirigido por un obispo coreano, cuyo primer consejero era japonés y el segundo provenía de Taiwán. 

Para uno de ellos, aquella convivencia era algo que difícilmente habría imaginado fuera de la Iglesia.

Una unidad que se puede ver en la actualidad

Imagen: Deseret News. Créditos: Isaac Hale.

Esta diversidad no es solamente una idea. Se refleja en las personas que actualmente sirven en diferentes responsabilidades de la Iglesia.

Por ejemplo, recientemente el élder John Amos, una Autoridad General de ascendencia africana, participó en la ceremonia de la primera palada de un nuevo templo en Huntsville, Alabama. También Rosemary K. Chibota, una mujer negra nacida en Bulawayo, Zimbabue, asumió la presidencia general de la Primaria.

Son solo dos ejemplos de una realidad mucho más amplia: miembros de diferentes pueblos y culturas están participando activamente en la obra de Dios alrededor del mundo.

La Iglesia también continúa expandiéndose en lugares donde hace algunas décadas su presencia era mucho menor. Nuevos templos, congregaciones y líderes locales reflejan una Iglesia que ya no puede entenderse únicamente desde una perspectiva estadounidense.

Mirar hacia adelante

El élder Ahmad S. Corbitt, de los Setenta (a la izquierda), se sienta el miércoles 8 de mayo de 2024 para una entrevista con Jeffrey M. Bradshaw (a la derecha, en primer plano) y Junior Banza (a la derecha, al fondo) como parte de la serie de videos «Not By Bread Alone» (No solo de pan vive el hombre) de la Fundación Intérprete. Imagen: Meridian Magazine.

El élder Corbitt ha señalado que, mientras las divisiones raciales y étnicas continúan afectando a distintas sociedades, la Iglesia tiene la oportunidad de mostrar un modelo diferente de convivencia.

Eso no significa ignorar las partes difíciles de su historia. La restricción relacionada con el sacerdocio forma parte de esa historia y merece ser comprendida con honestidad. Pero también es posible reconocer los cambios que han ocurrido y la creciente unidad entre los santos de los últimos días.

La proclamación del Evangelio no está limitada por nacionalidad, idioma o color de piel. De hecho, una de las características más visibles de la Iglesia actual es precisamente su carácter mundial.

Como enseñó el presidente Henry B. Eyring, una gran época de unidad está por venir. Y mientras la Iglesia continúa creciendo entre pueblos y culturas diferentes, esa unidad puede convertirse en una de las expresiones más claras de lo que significa seguir a Jesucristo, personas diferentes que deciden caminar juntas hacia Él.

Fuente: Meridian Magazine 

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