Durante casi cuatro años, Carmen Segarra prestó servicio voluntario como obrera del templo. En ese tiempo vivió experiencias que, según cuenta, fortalecieron su relación con Dios y cambiaron su manera de ver la Casa del Señor.
Carmen tiene 26 años y también sirvió como misionera en la Misión Colombia Medellín y en la Misión Lima Central. Antes de salir a la misión, pudo servir en el templo junto a su mamá y su hermano.
Cuando comenzó como obrera, reconoce que tenía muchas dudas. Incluso llegó a preguntarse si era lo suficientemente buena para estar allí. Sin embargo, su principal motivación era acercarse más a Dios. Con el tiempo, asegura que fue aprendiendo poco a poco y que esa conexión se volvió más profunda.

Para Carmen, servir en el templo nunca llegó a convertirse simplemente en una rutina. Cada sábado sentía que aprendía algo, aunque fuera pequeño.
Cumplir con ese servicio tampoco siempre fue sencillo. Hubo días en los que tenía que escoger entre usar el dinero para ir a trabajar o utilizarlo para llegar al templo. Algunas veces solo tenía suficiente para el pasaje de ida y no sabía cómo regresaría a casa. Aun así, decidía asistir.
Carmen recuerda ocasiones en las que después encontraba exactamente el dinero que necesitaba en sus bolsillos. En otras, recibía llamadas ofreciéndole algún turno de trabajo.

También hubo días en los que se sentía mal físicamente, pero asegura que al llegar al templo el dolor desaparecía. Esas dificultades cobraban otro significado cuando llegaba y alguien le decía que justamente necesitaban su ayuda.
En otras ocasiones, personas le agradecían por algo que había dicho, por una sonrisa o incluso por un abrazo. Para Carmen, esos momentos le hacían sentir que el esfuerzo había valido la pena. Una de las experiencias que más recuerda ocurrió mientras servía en el bautisterio.
Estaba esperando la llegada de un grupo de jóvenes cuando, según relata, cerró los ojos y al abrirlos vio una fila muy larga de espíritus vestidos de blanco alrededor de la pila bautismal.

Pensó que podía estar soñando, así que volvió a cerrar los ojos y los abrió nuevamente. Asegura que continuaban allí. Después, cuando los jóvenes realizaron bautismos y confirmaciones vicarias, afirmó haberlos visto otra vez esperando.
Al inicio sintió miedo porque no sabía si lo que estaba viendo era real. Luego describió a aquellas personas con semblantes alegres. También recordó haber sentido “un sentimiento muy cálido” en el corazón, parecido a un abrazo, además de mucha paz y gratitud.
Carmen reconoce que para algunas personas puede ser una historia difícil de creer. Para ella, sin embargo, fue una experiencia que fortaleció su testimonio.

También explicó que cada vez que iba al templo acostumbraba orar para pedirle a Dios que le permitiera aprender lo que necesitaba.No necesariamente esperaba algo extraordinario. Su deseo era poder reconocer aquello que debía recordar o comprender en ese momento.
En otra ocasión llegó al templo profundamente triste después de recibir un diagnóstico y mientras sentía un fuerte dolor en el vientre. Durante una oración pidió ayuda tanto para el dolor físico como para lo que estaba sintiendo emocionalmente.
Entonces, según relata, sintió como si alguien colocara las manos sobre su vientre y su espalda. La zona comenzó a sentirse muy caliente y ella empezó a llorar. Poco después, asegura que el dolor desapareció.Para Carmen, aquello fue una respuesta muy personal a su oración.

Otra historia que compartió no le ocurrió directamente a ella, sino a su mamá.En una ocasión, su madre se cruzó dentro del templo con una obrera que se encontraba muy afligida.Sin saber qué estaba pasando, sintió decirle que todo estaría bien y luego le contó una experiencia personal relacionada con sus chequeos médicos por el riesgo de desarrollar cáncer de mama.
La mujer comenzó a llorar. Recién entonces la mamá de Carmen descubrió que a aquella obrera le habían diagnosticado cáncer recientemente. Según Carmen, tiempo después la mujer logró superar la enfermedad.Para ella, aquella historia reforzó la idea de que una persona puede convertirse en instrumento para consolar a alguien incluso sin conocer todo lo que está viviendo.
Carmen también recuerda a una pareja de adultos mayores que había viajado más de ocho horas para llegar al templo.Ambos tenían entre 70 y 80 años y ninguno podía ver. Mientras ayudaba a la mujer a prepararse para una ordenanza, le preguntó cómo habían conseguido llegar desde tan lejos.

Ella respondió que sinceramente no sabía explicarlo, pero estaba convencida de que Dios los había guiado y había colocado diferentes personas en su camino.
Incluso le dijo a Carmen que ese día ella también había sido una de esas personas, simplemente al tomarla de la mano y ayudarla a caminar. La pareja también contó que supo que había llegado al templo cuando percibió mucha luz.
Para Carmen, aquella historia le recordó que un acto que parece pequeño para quien ayuda puede significar muchísimo para otra persona. En otra ocasión, un taxista que no era miembro de la Iglesia la llevaba al templo de La Molina.

Durante el camino, él le confesó que nunca había entrado, pero que cada vez que pasaba frente al edificio sentía mucha paz. Incluso con gente y movimiento alrededor, aseguraba que esa sensación permanecía.
Carmen quedó sorprendida al escuchar algo parecido a lo que ella misma sentía dentro del templo de alguien que nunca había ingresado. Sin embargo, una de las experiencias que más huella dejó en ella ocurrió durante un sellamiento.
Una pareja había perdido a su hija y Carmen fue invitada a representarla durante la ordenanza. Al terminar, los padres comenzaron a llorar. Después le dijeron que habían visto el espíritu de su hija junto a Carmen y que, por unos segundos, sintieron que era ella quien estaba realizando la ordenanza.

La madre tomó las manos de Carmen y le agradeció por haber sido un medio para volver a verla. Carmen admite que entiende que algunas personas puedan dudar de estos relatos o interpretarlos de otra manera.
Sin embargo, para ella forman parte de lo que vivió durante sus años de servicio y de la razón por la que asegura que no cambiaría esa etapa por ninguna suma de dinero. Dice que aquellas experiencias le ayudaron a comprender mejor el propósito de su vida, reconocer lo que sentía como respuestas de Dios y fortalecer su testimonio de Jesucristo.
Al final, su mensaje fue especialmente para quienes sienten curiosidad por el templo o por conocer más de la Iglesia. Carmen los invitó a no tener miedo de acercarse, conversar con los misioneros o simplemente dar ese primer paso.
Para ella, las respuestas no siempre tienen que llegar mediante algo extraordinario. También pueden aparecer como un susurro, una impresión o un pequeño detalle.
