Las oraciones que parecen no tener respuesta pueden llegar a desconcertarnos.Daniel C. Peterson recuerda haber escuchado una vez a una mujer agradecer en una reunión sacramental porque sus oraciones habían ayudado a su familia a conseguir una cabaña en las montañas.
Al mismo tiempo, conocía a otra familia, igual de creyente y dedicada, que meses antes había perdido a un hijo. La diferencia lo hizo pensar.
Peterson reconoce que él mismo ha orado por cosas pequeñas y luego las ha encontrado. Sin embargo, también se ha preguntado por qué algunas peticiones aparentemente insignificantes parecen recibir respuesta mientras otras, mucho más dolorosas, parecen quedar en silencio.

Con los años llegó a considerar que, algunas veces, quizá el objeto encontrado no sea lo más importante. Tal vez esas pequeñas respuestas simplemente sirven para recordarnos que podemos orar y recibir revelación personal.
Pero una experiencia que vivió como misionero en Suiza terminó enseñándole otra lección que todavía recuerda décadas después.
El pastor que todos querían

Durante su misión, Peterson fue asignado a Interlaken, en Suiza, y durante varios meses trabajó principalmente en el cercano pueblo de Ringgenberg. Muy pronto comenzó a notar algo poco común.
Cuando él y su compañero hablaban con los habitantes del lugar, muchos explicaban que no tenían interés en escuchar su mensaje porque estaban profundamente vinculados con su pastor protestante.
No se trataba simplemente de pertenecer a una iglesia. Las personas realmente lo querían. La reacción llamó tanto la atención de los dos misioneros que decidieron conocerlo. Un día tocaron la puerta de la casa pastoral.

El primer encuentro fue incómodo. El pastor, Theo Bürk, no parecía contento de verlos y comenzó la conversación con cierta hostilidad.Sin embargo, después de varios minutos, entró a su casa y regresó con una Biblia abierta en Juan 3:16.
Leyó el conocido pasaje sobre el amor de Dios y Jesucristo y luego les preguntó directamente:
“¿Ustedes creen eso?”
Los misioneros respondieron que sí. Según Peterson, la actitud del pastor cambió inmediatamente.

Los invitó a entrar y lo que había comenzado como una conversación tensa terminó convirtiéndose en el inicio de una amistad. Tiempo después coincidieron en una cena con una familia del pueblo. Más adelante, la esposa del pastor los invitó a comer en su casa.
Los misioneros llevaron flores.
La relación se volvió tan cercana que, cuando un coro alemán se presentó en la antigua iglesia de Ringgenberg, el pastor los invitó a sentarse junto a él en el espacio reservado para su familia.
Poco después, ambos misioneros fueron trasladados. Peterson nunca volvió a mantener contacto con Theo Bürk. Décadas más tarde intentó encontrarlo, pero no pudo hacerlo.
“Esperé demasiado y ahora es demasiado tarde”, reconoció al recordar aquella amistad.
Algo que él deseaba tener

Durante una de sus conversaciones, el pastor les contó a los misioneros algo que lo preocupaba profundamente. Antes de dedicarse al ministerio había sido abogado, pero con el tiempo sintió que debía servir a las personas de una manera más directa.
Regresó a estudiar y finalmente se convirtió en pastor.
Sin embargo, ya en su nueva responsabilidad descubrió que era imposible estar pendiente de todos. No siempre se enteraba cuando alguien estaba enfermo, atravesaba una dificultad o necesitaba ayuda.

En ocasiones, incluso sabía que uno de sus feligreses había estado gravemente enfermo solo después de su fallecimiento. Él quería cuidar mejor de las personas, pero no podía hacerlo solo.
Entonces Peterson y su compañero le explicaron cómo funcionaban en ese momento la orientación familiar y las maestras visitantes en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, responsabilidades que hoy forman parte de la ministración.
Le contaron que los obispos y presidentes de rama podían contar con miembros encargados de visitar y estar pendientes de otras personas.

Cuando el sistema funcionaba correctamente, las necesidades podían conocerse antes y los líderes podían actuar con mayor rapidez. Peterson también fue sincero: no siempre funcionaba como debía.
Algunos miembros descuidaban sus asignaciones y él mismo admitió que, antes de su misión, no había sido precisamente un ejemplo en ese aspecto. Aun así, Theo Bürk quedó impresionado.
Le dijo que le encantaría contar con algo semejante en su propia congregación.

Para Peterson, aquella reacción adquirió mucho más significado con los años. Un pastor de otra tradición cristiana había visto inmediatamente el valor de algo que muchos Santos de los Últimos Días podían considerar cotidiano.
Era lo que el teólogo luterano Krister Stendahl llamaba “santa envidia”: reconocer algo bueno en otra religión, admirarlo y desear que existiera también dentro de la propia tradición.
Peterson entendió entonces que la ministración ofrece algo que no debería darse por sentado: la posibilidad de que cada miembro tenga a alguien pendiente de él y que los líderes conozcan mejor las necesidades de las personas a quienes sirven.
Décadas después de aquella conversación en un pequeño pueblo de Suiza, la lección seguía teniendo efecto en él. Al recordar cuánto valor encontró Theo Bürk en aquel sistema, Peterson llegó a una conclusión sencilla:
Él también quería convertirse en un mejor hermano ministrante.
Fuente: Meridian Magazine
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