Hoy podemos decir prácticamente cualquier cosa en internet. Una opinión, una crítica o incluso un comentario impulsivo puede llegar a cientos de personas en cuestión de segundos.

Y aunque las redes sociales han hecho más fácil expresar lo que pensamos, también nos han acostumbrado a hacerlo sin detenernos demasiado a pensar en cómo nuestras palabras pueden afectar a los demás.

Pero esto no ocurre solamente detrás de una pantalla. La forma en que hablamos también se refleja en nuestra familia, en el trabajo, en la Iglesia y en nuestras conversaciones con amigos.

Entonces, ¿cómo podemos expresar lo que pensamos sin caer en la crítica destructiva?

En 1986, el entonces élder Dallin H. Oaks habló precisamente sobre este tema en un discurso titulado “Criticism” (Crítica), dirigido a estudiantes Santos de los Últimos Días. Su mensaje hacía una distinción importante, no toda crítica es negativa.

Existen situaciones en las que evaluar, señalar errores o expresar desacuerdos puede ser necesario. De hecho, en ámbitos como el periodismo, la educación, la política o la evaluación de productos, la crítica puede ayudar a informar y mejorar las cosas.

El problema aparece cuando la crítica deja de buscar la verdad o una solución y comienza a convertirse en un ataque personal.

Por eso, más que preguntarnos si podemos decir algo, quizá deberíamos preguntarnos: ¿para qué lo voy a decir y qué efecto tendrán mis palabras en la otra persona?

Cuando las palabras dejan de ser una opinión

Imagen: masfe.org

En la conferencia general de abril de 2006, el presidente Gordon B. Hinckley habló sobre una realidad que, aunque fue expresada hace años, sigue siendo muy fácil de reconocer.

Al referirse a los conflictos y problemas del mundo, mencionó también la presencia de “envidia, orgullo, arrogancia y críticas destructivas”.

La crítica puede parecer inofensiva cuando la vemos únicamente como una opinión. Sin embargo, cuando está acompañada de desprecio, burlas, insultos o el deseo de hacer sentir mal a alguien, deja de ser simplemente una opinión.

El presidente Oaks enseñó algo todavía más directo al hablar sobre este tema: “Descubrir fallas, hablar mal y calumniar son obviamente anticristianos”.

Las Escrituras también nos invitan a dejar de lado la amargura, la ira, la malicia y las palabras que buscan dañar a los demás (véase Efesios 4:31).

Esto no significa que debamos permanecer en silencio ante cualquier problema o fingir que todo está bien. Significa aprender a corregir sin humillar, expresar desacuerdos sin atacar y hablar de los demás sin destruir su reputación.

Ahí es donde nuestras palabras pueden convertirse en una herramienta para hacer el bien.

No todo necesita convertirse en un comentario

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Vivimos en una época en la que reaccionar es muy fácil. Vemos una publicación, algo nos molesta y dejamos un comentario casi de inmediato.

Pero como discípulos de Jesucristo, tenemos una herramienta que puede cambiar por completo esa reacción, detenernos.

Antes de hablar, podemos preguntarnos si lo que vamos a decir es verdadero, necesario y, sobre todo, si refleja el tipo de discípulos que queremos llegar a ser.

Jesucristo nunca enseñó que debemos ignorar los errores. Él enseñó la verdad, corrigió cuando fue necesario y defendió lo correcto. Pero su manera de tratar a las personas siempre estuvo acompañada de amor y propósito.

Por eso, nuestras palabras también pueden reflejar al Salvador. Incluso cuando tenemos algo válido que señalar, podemos elegir hacerlo de una manera que invite a reflexionar en lugar de provocar una reacción defensiva.

Y esto aplica mucho más allá de las redes sociales. Puede ser la manera en que hablamos de un compañero de trabajo, la forma en que corregimos a nuestros hijos, lo que decimos sobre alguien de la Iglesia o incluso los comentarios que hacemos en una conversación entre amigos.

La pantalla puede cambiar de escenario, pero la responsabilidad sobre nuestras palabras sigue siendo la misma.

Las palabras también pueden dejar luz

Leer las escrituras a veces pueden sentirse conocidas, pero siempre hay algo nuevo por aprender y compartir. Imagen: masfe.org

El presidente Hinckley enseñó que no existen límites para todo el bien que podemos hacer ni para la influencia que podemos tener en otras personas. Por eso aconsejó no aferrarnos a la crítica ni al negativismo, sino buscar la fortaleza y el deseo de ayudar a los demás.

Esta perspectiva cambia la pregunta. En lugar de pensar únicamente: “¿Qué está mal con esta persona?”, podemos preguntarnos: “¿Qué puedo hacer o decir para ayudar?”

A veces una palabra amable puede cambiar el día de alguien. Una corrección hecha con respeto puede ayudar a una persona a mejorar. Una conversación sincera puede evitar un conflicto. 

No necesitamos tener siempre las palabras perfectas. Lo que sí podemos procurar es que nuestras palabras estén guiadas por fe, caridad y el deseo sincero de edificar.

Pensar antes de hablar

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Hay una frase popular que dice que existen tres cosas que nunca regresan, la flecha lanzada, la oportunidad perdida y la palabra pronunciada.

La idea es sencilla, una vez que publicamos un comentario, enviamos un mensaje o decimos algo frente a otra persona, ya no tenemos control completo sobre el efecto que tendrá.

Por eso, ser cuidadosos con nuestras palabras no significa volvernos incapaces de expresar una opinión. Significa aprender a usar nuestra libertad de expresión con sabiduría y responsabilidad.

Podemos hablar de temas difíciles, estar en desacuerdo o señalar aquello que necesita mejorar. Pero hay una diferencia entre una crítica que busca construir y una crítica que simplemente busca herir.

Como discípulos de Jesucristo, podemos elegir la primera.

Aprender a hablar “la lengua de los ángeles”

Jesucristo; Salvador; redentor; buen pastor
Imagen: Pinterest

El élder Jeffrey R. Holland enseñó que, en nuestro esfuerzo por parecernos más al Salvador, debemos procurar no “tropezar en palabra” y aprender a hablar “la lengua de los ángeles”.

¿Qué significa eso en la vida cotidiana? Significa que nuestras palabras pueden estar llenas de fe, esperanza y caridad. Pueden ayudar a secar lágrimas, sanar corazones, devolver esperanza y fortalecer la confianza.

Se trata de aprender a hablar de una manera que refleje a Jesucristo incluso cuando estamos corrigiendo, expresando un desacuerdo o señalando algo que necesita cambiar.

En un mundo donde las críticas y los comentarios hirientes son cada vez más fáciles de encontrar, elegir palabras que edifiquen también es una forma de seguir al Salvador.

Podemos hablar con verdad sin perder la bondad y expresar nuestras opiniones sin olvidar que estamos hablando con hijos e hijas de Dios.

Y quizá, antes de escribir ese comentario o decir aquello que tenemos en mente, valga la pena detenernos un segundo y preguntarnos:

¿Mis palabras reflejan la voz que quiero que otros escuchen de un discípulo de Jesucristo?.

Fuente: maisfe.org 

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