Marla Gayle iba camino a un partido de fútbol con cuatro de sus cinco hijos cuando su vida cambió por completo.

Un camión chocó contra la camioneta familiar. Su hijo Parker, de 13 años, falleció y Marla quedó gravemente herida.

Ella despertó en el hospital sin recordar el accidente. Incluso tuvieron que explicarle varias veces lo que había ocurrido porque dos derrames cerebrales afectaron su memoria.

Cuando finalmente comenzó a comprender su nueva realidad, había una pregunta que regresaba constantemente: ¿por qué ella seguía con vida?

Una fe que comenzó mucho antes

Imagen: Marla Gayle, Facebook

Para Marla, la fortaleza que encontró después del accidente no apareció de repente.

Durante años había intentado acercarse a Dios en su vida cotidiana. Las Escrituras, las conversaciones sobre el Evangelio y el templo formaban parte natural de su hogar.

Parker también había desarrollado esa relación por sí mismo. A pesar de tener solo 13 años, llevaba siete años leyendo el Libro de Mormón todos los días. También asistía regularmente al templo antes de ir a clases y buscaba nombres de familiares en FamilySearch.

Imagen: Marla Gayle, Facebook

Por eso, después de perderlo, Marla encontró paz al pensar que su hijo había vivido profundamente aquello que creía. También comenzó a mirar de otra manera todas las preguntas que empiezan con un “¿qué habría pasado si…?”.

Ella sabía que Dios podía hacer milagros y que su propia supervivencia parecía uno de ellos. Esa certeza la ayudó a dejar de buscar una explicación en cada detalle del accidente.

En medio de su recuperación, sintió además una impresión que marcó su manera de afrontar lo ocurrido: Parker tenía una obra que hacer después de esta vida y ella todavía tenía una obra que hacer aquí.

Perdonar al hombre que conducía el camión

Imagen: Marla Gayle, Facebook

Uno de los aspectos más difíciles de su historia podría haber sido la relación con el conductor involucrado en el accidente.

Sin embargo, Marla asegura que nunca quiso vivir desde el enojo. El hombre, que también era miembro de la Iglesia de Jesucristo, hizo llegar a la familia una carta en la que expresó su profundo arrepentimiento. Más adelante, Marla lo conoció junto con su esposa durante el funeral de Parker.

Se abrazaron y lloraron juntos.

Marla explicó que no quería interponerse entre aquel hombre y la misericordia que Jesucristo podía ofrecerle.

Para ella, su familia no era la única que estaba atravesando algo doloroso. También veía a un hombre y a una familia intentando vivir con las consecuencias de aquel día. Eso no eliminó el dolor.

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Marla seguía recuperándose físicamente, sus hijos procesaban el accidente de maneras diferentes y toda la familia aprendía a vivir con la ausencia de Parker.

Pero hubo algo que ella decidió poner a prueba. Durante años había guardado una enseñanza del presidente Russell M. Nelson sobre cómo la alegría depende menos de las circunstancias que del enfoque que una persona decide mantener.

Después del accidente, Marla se preguntó si aquella enseñanza todavía podía ser cierta en una situación tan dolorosa.

mujer orando
Imagen: Canva

Con el tiempo, comenzó a notar algo: los días en los que hablaba más de Jesucristo eran también aquellos en los que sentía mayor paz.

Eso no significaba ignorar el duelo. Para ella significaba descubrir que incluso en uno de los momentos más difíciles de su vida todavía podía existir espacio para la alegría, la esperanza y la compañía de Dios.

Meses después, Marla seguía aprendiendo a vivir con una realidad que nunca habría elegido. Pero también tenía una convicción más clara que antes: permanecer cerca de Dios no significa que la vida saldrá como uno espera.

Para ella, significa seguir buscándolo incluso cuando todo cambia.

Fuente: LDS Living

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