La frase que me indicó que pertenezco a la Iglesia a pesar de mi divorcio

Recuerdo claramente la sensación al entrar a la iglesia ese primer domingo después de haber pedido el divorcio. Agarrando firmemente la mano de mi hija de dos años de edad, me dirigí a la reunión sacramental hacia una fila cerca a la sección de desbordamiento y rogué que nadie me hablara. Nada había cambiado, y a la vez todo había cambiado. Mi esposo y yo habíamos estado separados durante meses, pero nunca había hablado sobre mis problemas maritales con amigos o miembros del barrio.

Ese domingo, ahora que las cosas se habían decidido, de repente me sentí como si estuviera usando un enorme letrero anunciando todos mis fracasos y defectos. La ausencia de mi anillo de bodas en la mano izquierda me hacía sentir vergüenza e incomodidad. Sabía que sólo era cuestión de tiempo para que alguien me preguntara, y para que yo continúe bordeando la verdad con excusas o para que enfrente el horror de decir en voz alta que mis sueños de eternidad habían llegado a su fin.

Me sentía vulnerable y expuesta; me sentí como si estuviera usando un enorme centro de diana, y esperaba a que los disparos de juicio empezaran a golpearme.

He pasado mucho tiempo, desde aquel primer horrible día, pensando si es que pertenezco o no. Es fácil mirar hacia la congregación en la iglesia durante un discurso sobre la importancia de las familias eternas, e identificar cuántas hermosas y felices familias con dos padres están sentados juntos, y sentirme la mamá soltera fuera de lugar sentada en la última fila. Me doy cuenta de los ojos curiosos, y muchas veces me pongo a la defensiva con preguntas o comentarios que estoy segura no tienen la intención de ofenderme. “¿Realmente pertenezco aquí?” me he preguntado.

La respuesta ha llegado de muchas maneras y la confirmo constantemente cuando abro mi corazón para escuchar la verdad:

Pertenezco a Dios, y por lo tanto, pertenezco aquí.

A veces me niego a mí misma el permiso de pertenecer. Creo que todos lo hacemos en algún momento. Buscamos razones para separarnos a nosotros mismos debido a nuestras experiencias, nuestras traumas, nuestras cargas, nuestros pecados. Nos imaginamos que la gente no puede entendernos ya que el camino que hemos caminado es diferente al de ellos. Esperamos a que el dinero, la ropa, la educación o el estado civil esté bien. Esperamos por el llamamiento correcto (o cualquier llamamiento). Esperamos una disculpa que sentimos que nos merecemos, o que alguien se de cuenta de nosotros.

Pero  ¿qué valoramos más adentro de las paredes de nuestras iglesias? ¿Son las amistades que hacen nuestros hijos? ¿El apoyo social que encontramos allí? ¿La familiaridad y la organización? ¿El espíritu que sentimos? ¿Sólo estamos sufriendo  durante tres horas, para poder decir que fuimos? (Si eres es como yo, es probable que sea una combinación de esas cosas, dependiendo del día).

Lo que tengo que recordar valorar por encima de todo, cuando voy a la iglesia es quién soy y lo que significo para Dios, a pesar de todos mis muchos defectos. ¿Recordamos activamente que el valor de cada alma en ese edificio, incluyendo las nuestras, independientemente de nuestras circunstancias, son de “gran valor” ante los ojos de Dios? ¿Nos tomamos el tiempo (¡más fácil decirlo que hacerlo con un niño pequeño!) para conectarnos con esa verdad cada domingo?

Con el tiempo, me he dado cuenta de que nadie me está juzgando tan duramente como me juzgo yo. Yo soy la que echa la mayor parte de la sentencia (apunto y disparo a mi propio centro de la diana personal una y otra vez). Otras personas generalmente no tienen el tiempo o la energía para pasársela juzgando me. ¿Y si lo hacen? (Porque, seamos sinceros, a veces sucede…) Bueno, lo siento por ellos. Su vida debe ser bastante aburrida.

La verdad es que Dios nos conoce y nos comprende perfectamente. Él conoce nuestro corazón mejor de lo que nosotros mismos lo conocemos. Él me ama (y a ti también) a pesar de nuestros defectos, aunque también con ellos. Nuestros talentos y defectos están destinados para ayudarnos a aprender y crecer.

No tienes que hacer algo para pertenecer (perfecto, casado, tener muchos niños, ser físicamente hermoso, rico, educado). Perteneces porque eres suyo. No hay ninguna otra aprobación, ningún otra aceptación, ningún otro entendimiento que importe tanto como esa verdad.

Artículo escrito por Calee Reed para tofw.com. Traducido al español por Andreea Tamas. 

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