Viernes Santo es, curiosamente, uno de los días más duros del cristianismo y, al mismo tiempo, uno de los más importantes. Recuerda la muerte de Jesucristo en la cruz, un momento marcado por el dolor, la injusticia y el silencio. Entonces surge la pregunta:
¿Por qué se le llama “santo” a un día atravesado por la traición, la violencia y la muerte?
La respuesta no está en suavizar lo que pasó, sino en mirarlo tal como fue.
El último día de Jesucristo

Según los Evangelios, Viernes Santo es el día en que Jesús fue juzgado, condenado y finalmente crucificado. Después de una noche de arresto, interrogatorios y abandono, fue llevado al Gólgota, donde murió ejecutado como si fuera un criminal.
Los relatos bíblicos no esconden lo duro del momento. El Evangelio de Lucas describe cómo, mientras lo llevaban, “le seguía gran multitud del pueblo, y de mujeres que lloraban y hacían lamentación por él” (Lucas 23:27).
Desde una mirada humana, es un día que parece terminar mal: el maestro muere, los discípulos se esconden y la esperanza parece desaparecer.
“Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Uno de los momentos más impactantes ocurre cuando Jesús, ya en la cruz, lanza un grito que sigue resonando hasta hoy:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” – Mateo 27:46.

Estas palabras muestran algo profundamente humano. No es un discurso religioso. Es el grito de alguien que sufre. Expresan angustia, soledad y una sensación real de abandono.
Aquí vemos a un Jesús que siente el peso del dolor como cualquier persona. No distante, no invulnerable, sino plenamente humano.
Los Evangelios cuentan que, después de horas de sufrimiento, Jesús murió. Mateo lo resume así: “Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu” (Mateo 27:50).
No hay alivio inmediato. No hay final feliz todavía. Solo queda el silencio, un cuerpo bajado de la cruz y una tumba prestada.
Por qué se llama “Viernes Santo”

El término “santo” no tiene que ver con lo que se ve ese día, sino con lo que significa.
La tradición cristiana ha entendido que en la cruz se cumplía la misión de Jesús: entregar su vida por otros. Antes de morir, el Evangelio de Juan recoge una frase breve pero poderosa:
“Consumado es” – Juan 19:30
No suena a derrota. Suena a algo terminado. A una misión cumplida.

Desde esta perspectiva, el Viernes Santo es “santo” porque convierte el dolor en entrega y el aparente fracaso en propósito.
Viernes Santo muestra a un Jesús que sufre físicamente, siente miedo y experimenta abandono. Pero también a alguien que decide quedarse, no responder con violencia y confiar hasta el final.
Esa mezcla es clave. La fe cristiana no esconde el dolor de Jesús; lo pone en el centro. El grito en la cruz, el silencio del cielo y su muerte real hacen que la historia no sea abstracta, sino profundamente humana.
A veces, lo santo también duele.
Recursos: churchofjesuschrist.org
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