Hay historias de la historia de la Iglesia que llaman la atención por lo inesperadas que son. Esta es una de ellas.
En 1833, mientras la Iglesia restaurada de Jesucristo todavía era pequeña y sus miembros enfrentaban oposición y persecución, ocurrió un fenómeno en el cielo que quedó registrado en varios relatos de la época. Para algunos Santos de los Últimos Días, aquella noche también estuvo relacionada con una declaración que José Smith había hecho semanas antes.
La historia fue relatada por Philo Dibble, uno de los primeros miembros de la Iglesia, y tiene como protagonista a un hombre que inicialmente dudaba de las palabras del Profeta.
Una declaración que parecía imposible

Durante el otoño de 1833, José Smith se encontraba predicando en Kirtland, Ohio. Entre las personas que lo escuchaban había varios que no pertenecían a la Iglesia. Uno de ellos era especialmente escéptico y tomó nota de algunas de las palabras del Profeta.
Según el relato de Philo Dibble, durante aquel sermón José Smith declaró que no pasarían 40 días antes de que las estrellas cayeran del cielo.
La frase quedó anotada. Pasaron los días y, cuando ya habían transcurrido 39, Joseph Hancock, un miembro de la Iglesia, salió a cazar junto con otro hombre.
Ambos se perdieron y, al caer la noche, terminaron llegando a la casa de aquel hombre que había escuchado y registrado la declaración de José Smith.
El escéptico aprovechó la ocasión para preguntarle a Hancock qué pensaba de aquella supuesta profecía. Después de todo, habían pasado 39 días y nada había ocurrido. Hancock respondió con tranquilidad que todavía quedaba una noche.
Si José Smith había dicho que sucedería, él confiaba en que la declaración se cumpliría.
Una noche que nadie esperaba

Hancock permaneció aquella noche en la casa del hombre, ya que era demasiado tarde para regresar a su hogar.
Y entonces durante la madrugada, el cielo comenzó a llenarse de meteoros. La cantidad era tan grande que parecía que las estrellas estaban cayendo sobre la Tierra.
Hancock llamó al hombre para que saliera y observara lo que estaba sucediendo. Según su relato, el escéptico quedó completamente sorprendido. Su rostro se volvió pálido y, durante un momento, no pudo decir una sola palabra.
Para Hancock, aquella noche confirmó las palabras que había escuchado semanas atrás.
El relato también cuenta que, después de aquella experiencia, el hombre comenzó a relacionarse con los Santos de los Últimos Días. Tiempo después, incluso invitó a José Smith y a Hyrum Smith a su casa.
¿Qué ocurrió realmente aquella noche?

El fenómeno celeste descrito en este relato es conocido actualmente como la lluvia de meteoros Leónidas de 1833.
La madrugada del 13 de noviembre de 1833 produjo una de las lluvias de meteoros más impresionantes registradas en la historia moderna. Los testimonios de la época describieron el cielo prácticamente cubierto de meteoros, hasta el punto de que muchas personas tuvieron la impresión de estar viendo caer las estrellas.
Algunas estimaciones señalan que pudieron observarse decenas de miles de meteoros por hora, aunque las cifras exactas varían según las fuentes y las reconstrucciones posteriores.
Por eso, el fenómeno no es simplemente una historia religiosa sobre algo que ocurrió en el cielo. Fue un acontecimiento astronómico real y extraordinario que impresionó a miles de personas en distintos lugares.
Fe en medio de lo inesperado

La historia de Joseph Hancock y aquel hombre escéptico también deja una enseñanza interesante. Hancock no sabía cómo ni cuándo ocurriría lo que José Smith había declarado. Solo sabía que todavía quedaba una noche.
Su respuesta muestra una forma de fe que no depende de tener todos los detalles por adelantado. A veces la fe consiste en permanecer firmes incluso cuando todavía no vemos cómo se cumplirá aquello en lo que creemos.
Y, en este caso, la historia terminó con una noche en la que el cielo literalmente parecía estar cayéndose.
Para los Santos de los Últimos Días que conocieron este relato, aquella lluvia de meteoros se convirtió en una de esas historias poco conocidas de los primeros años de la Iglesia que vale la pena recordar.
Fuente: maisfe.org
