El miércoles 4 de febrero de 2026, Mark Pope vivió una noche que no olvidará.
Mark Pope es el entrenador principal del equipo de baloncesto masculino de la Universidad de Kentucky. También fue capitán del equipo campeón nacional de 1996.
Tras la victoria de Kentucky frente a Oklahoma, Pope llamó la atención al retirarse antes de que terminara la conferencia de prensa. No fue por el resultado ni por una molestia con los medios. Tenía prisa por llegar al aeropuerto.
Su hija Avery estaba a punto de aterrizar en Lexington, Kentucky, en Estados Unidos. Antes de salir apurado, el entrenador explicó brevemente el motivo.
“Faltan 22 minutos para que mi hija Avery aterrice. Me retiro, chicos”.
Avery Pope regresaba a casa después de completar su misión de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en El Salvador. Había pasado casi 17 meses lejos de su familia. Durante ese tiempo, dejó la universidad y pausó su carrera como tenista para dedicarse por completo a Servir al Señor.

Para la familia Pope, ese sacrificio significó mucho más que una decisión académica o deportiva. Fue una muestra clara de fe y compromiso.
El reencuentro quedó registrado en un video que Avery compartió después en redes sociales. En él se ve a su papá llegando justo a tiempo al aeropuerto. Su mamá, Lee Anne, y sus hermanas ya la esperaban.
Días más tarde, Mark Pope habló sobre cómo la misión de su hija lo marcó personalmente. Explicó que las llamadas semanales y las cartas que Avery enviaba desde El Salvador cambiaron su forma de ver la vida.
“Decidir alejarte de tu vida para servir a Dios y a otros es algo real. No es simbólico. Es un sacrificio verdadero”.
Avery es la segunda hija del entrenador en servir una misión. Su hija Ella también lo hizo antes. Para la familia, el servicio misional se ha convertido en una experiencia que los une y los transforma.

El regreso de Avery coincidió con una fecha especial. Ese mismo fin de semana se celebró el aniversario número 30 del equipo campeón nacional de Kentucky de 1996. Un equipo del que Mark Pope fue capitán. Aun así, ningún reconocimiento deportivo se comparó con ese momento familiar.
Esa noche, la familia se quedó despierta hasta la madrugada. Solo conversaban. Nadie quería irse a dormir.
“No quieres que el día termine.Solo quieres quedarte ahí, mirarte y escuchar”.
Para un hombre acostumbrado a la presión, los reflectores y las victorias, el momento más grande no ocurrió en una cancha. Ocurrió en una sala de llegadas. Ahí, donde una hija volvió a casa después de servir. Ahí, donde una familia recordó que algunas de las mayores victorias no se celebran con trofeos, sino con abrazos.
Fuente: Deseret News
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