Para muchos jóvenes de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, la misión es un paso importante hacia la adultez. Pero no siempre termina como uno lo planeó.

Ben Jensen salió esperando servir toda su misión como misionero de tiempo complero. Nunca imaginó que su camino cambiaría. Comenzó en la misión de Boston, pero con el tiempo empezó a sentirse diferente.

“Había más nubes que sol… y así también me sentía por dentro”.

La ansiedad fue creciendo, hasta que tuvo que hacer un cambio. Terminó su servicio como misionero de servicio en Idaho.

“No fue fácil, pero con el tiempo sentí que encajaba”.

Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

Ahí tuvo experiencias muy distintas a las que había imaginado: sirvió en un banco de alimentos, ayudó en un centro para adultos mayores y enseñó clases de arte en una escuela.

Con el tiempo, entendió algo que no había visto antes.

“Me di cuenta de que no importa dónde esté o qué esté haciendo. Si estoy ayudando a alguien, estoy siendo un misionero”.

No todos regresan… y también está bien

Créditos: Rio Giancarlo, Deseret News

Algunos regresan temprano y continúan sirviendo de otra manera. Otros sienten que su misión ya terminó.

Brandon Walton sirvió en Alabama, pero una lesión en el tobillo lo obligó a volver a casa después de solo dos meses. Tenía la opción de regresar, pero decidió no hacerlo.

“Me preocupaba cómo se vería si no volvía. Pero sentí mucha paz. Sentí que el Señor me dejaba decidir”.

Para él, esos dos meses no fueron insuficientes.

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Dice que en su bendición patriarcal había promesas sobre su misión, y que vio cómo se cumplieron en ese tiempo.

“Sentí que estuve exactamente donde debía estar”.

Años antes, Jon Alston vivió una experiencia distinta, pero igual de desafiante. Sirvió en México en 2004 y regresó después de aproximadamente cinco semanas. En ese momento, no era común hablar de salud mental, y mucho menos dentro de una misión.

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Se encontró rodeado de personas que hablaban español, sin poder comunicarse con facilidad. Solo podía escribir a su familia, y comenzó a tener ataques de pánico.

“Pasé de una vida que entendía a una que no entendía, y sin forma de entenderla”.

Con el tiempo, llegó a una conclusión clara: una misión no es para todos, y no es una medida del testimonio.

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Para él, eso está profundamente conectado con cómo entiende el amor de Dios.Si realmente creemos en padres celestiales que aman de manera perfecta, entonces no están midiendo la fe de una persona por si completó o no una misión.

Las historias de Ben, Brandon y Jon muestran algo que no siempre se dice: el servicio misional no es una sola experiencia ni tiene una sola forma.A veces cambia. A veces se acorta. Y a veces termina antes de lo esperado, pero eso no significa que tenga menos valor.

Fuente: The Daily Universe

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