La libertad religiosa suele asociarse con leyes, gobiernos o debates públicos. Sin embargo, en la vida diaria, este derecho también se expresa de una forma mucho más cercana: cuando una persona puede actuar según lo que cree, servir a otros desde su fe y sentarse a dialogar con quienes piensan diferente.
En una época donde muchas diferencias terminan convirtiéndose en distancia, la libertad religiosa permite algo poderoso. Permite que personas de distintas religiones se sienten en una misma mesa, conversen con respeto y encuentren formas de servir juntas.
Ese fue uno de los mensajes presentes en el tercer episodio de “Voices for Faith”, una serie documental de Church News transmitida por BYUtv en abril de 2026. El episodio reunió voces de líderes religiosos, académicos y personas dedicadas al servicio comunitario para mostrar cómo la libertad religiosa puede unir, incluso cuando existen diferencias de doctrina o tradición.

El élder Quentin L. Cook, del Cuórum de los Doce Apóstoles, ha sido una de las voces de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en este tema. Para él, defender la libertad religiosa no significa buscar privilegios para una sola fe. Más bien, implica proteger el derecho de todos a vivir conforme a su conciencia.
En una ocasión, al dirigirse a líderes religiosos y comunitarios en Nueva York, expresó:
“Mi súplica esta noche es que todas las religiones trabajen juntas para defender la fe y la libertad religiosa”.
Su mensaje no fue una invitación a borrar diferencias. Fue un llamado a reconocer que católicos, judíos, musulmanes, evangélicos, Santos de los Últimos Días y personas de otras creencias pueden unirse para cuidar un derecho que beneficia a todos.

El presidente Dallin H. Oaks también ha enseñado que la Iglesia promueve este principio porque desea que todos los hijos de Dios, “no solo nuestros propios miembros”, puedan disfrutar de “la preciosa libertad de escoger”.
Esa libertad, según el élder Cook, toca una parte sagrada de la vida humana. No se trata únicamente de leyes o posturas públicas. Tiene que ver con la forma en que una persona responde ante Dios, toma decisiones y busca vivir con integridad.
“La libertad religiosa tiene implicaciones reales. Llega a los sentimientos más sagrados de responsabilidad ante Dios y a la forma en que uno decide vivir su vida”.
Una mesa más grande

Pero la defensa de este derecho no ocurre solo en discursos. También sucede en relaciones construidas con paciencia.
El élder David A. Buckner, Setenta Autoridad General, vivió esa realidad mientras servía en Nueva York. Como parte de la Comisión de Líderes Religiosos de la ciudad, compartió espacios con representantes de distintas confesiones que dialogaban sobre desafíos reales de la comunidad.
En ese tipo de reuniones, las diferencias religiosas no desaparecen, pero tampoco tienen que convertirse en barreras. Líderes de fe pueden escuchar a autoridades civiles, comprender necesidades de la ciudad y aportar una mirada espiritual a problemas sociales.
El rabino Joseph Potasnik resumió ese espíritu con una frase sencilla:
“Siempre hay espacio para alguien más en la mesa”.

Esa imagen representa mucho de lo que la libertad religiosa puede lograr. Una mesa más amplia. Una conversación más honesta. Una comunidad donde nadie tiene que dejar de ser quien es para contribuir al bienestar de otros.
Para el élder Buckner, esas relaciones son esenciales.
“En el mundo de hoy, las relaciones lo son todo”.
También explicó que la libertad religiosa le permite vivir aquello que está en lo más profundo de su ser de una manera que otros puedan recibir como bendición. En otras palabras, no se trata solo de creer en privado, sino de permitir que esas creencias produzcan algo bueno en la vida de los demás.
Cuando se entiende así, la libertad religiosa deja de parecer un tema lejano. Se convierte en una forma de proteger la capacidad de las personas para amar, servir, perdonar, ayudar y construir comunidad desde sus convicciones más profundas.
Creer diferente y servir juntos

Esa idea se ve con claridad en la experiencia de la reverenda Marian Edmonds-Allen, directora ejecutiva de Parity, una organización dedicada a sanar divisiones y defender la dignidad de las personas.
Durante años, ella ha trabajado con personas en situación de vulnerabilidad. Su servicio le enseñó que no es necesario coincidir en todos los puntos de teología para ayudar a alguien que sufre.
“El hecho de que no estemos de acuerdo en un punto de teología no significa que no podamos trabajar juntos para resolver problemas. La libertad religiosa es la clave para ello”.
En una experiencia que marcó su camino, Edmonds-Allen recordó cómo una conversación difícil sobre jóvenes sin hogar terminó convirtiéndose en una oportunidad de servicio. Después de que una funcionaria conociera la realidad de un niño de 12 años sin abrigo, se movilizó ayuda y llegaron cientos de abrigos para quienes los necesitaban.

Para Edmonds-Allen, ese momento mostró algo importante: dos personas no tuvieron que compartir la misma religión para actuar con compasión. Bastó con que ambas permitieran que su fe las moviera a hacer el bien.
Esa es una de las mayores fuerzas de la libertad religiosa. No solo permite creer. También permite actuar. Permite servir desde las convicciones más profundas, construir puentes y reconocer la dignidad de quienes muchas veces son olvidados.
“Necesitamos tener el valor de presentarnos con la integridad de lo que creemos. La libertad religiosa nos permite hacerlo”.

En tiempos de polarización, quizás esa sea una de las lecciones más necesarias. La libertad religiosa no debe verse como una causa lejana o exclusiva de líderes religiosos. También se refleja en la manera en que tratamos al vecino, escuchamos al diferente y defendemos el derecho de otros a vivir su fe con respeto.
Cuando las personas de fe se unen sin dejar de ser ellas mismas, pueden aliviar cargas, responder a necesidades reales y fortalecer comunidades.
Como dijo Edmonds-Allen:
“Necesitamos que nuestras almas brillen para que el mundo florezca”.
Al final, defender la libertad religiosa también significa defender la posibilidad de hacer el bien desde lo más profundo del corazón. Significa permitir que más personas tengan un lugar en la mesa, que más voces sean escuchadas y que más manos puedan unirse para servir.
Fuente: Church News
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