Cuando pensamos en pioneros de la Iglesia, normalmente imaginamos colonos cruzando las llanuras, misioneros predicando el evangelio o líderes guiando a los santos en tiempos difíciles. Sin embargo, pocas veces recordamos que también hubo hombres y mujeres cuyo llamamiento fue crear belleza.
Ese fue el caso de John Hafen, un artista cuya vida estuvo marcada por la pobreza, el sacrificio y una fe inquebrantable. Aunque nunca alcanzó la fama ni la estabilidad económica que muchos artistas anhelan, hoy es reconocido como uno de los pintores más importantes en la historia de Utah y una figura clave en el desarrollo del arte dentro de la Iglesia de Jesucristo.
Su historia vuelve a cobrar relevancia gracias a la exposición «Enduring Beauty: John Hafen and the Power of Art», inaugurada en el Museo de Arte de Springville, que reúne más de sesenta de sus obras y recuerda el impacto espiritual y cultural de su legado.
Un inmigrante suizo que encontró su propósito en Utah

John Hafen nació en Suiza en 1856 y emigró junto con su familia a los Estados Unidos cuando apenas tenía seis años. Como muchos otros santos europeos del siglo XIX, su destino fue Utah, donde crecería rodeado de la cultura pionera que comenzaba a consolidarse.
Desde muy joven mostró un talento especial para el dibujo y la pintura. Sin embargo, desarrollar una carrera artística en el territorio de Utah no era sencillo. La prioridad de los primeros colonos era sobrevivir, levantar ciudades y cultivar la tierra. El arte difícilmente podía considerarse una necesidad.
Aun así, Hafen nunca abandonó su vocación.
Con el paso de los años contrajo matrimonio con Thora Hafen, quien se convirtió en uno de los mayores apoyos de su vida. Ella creyó en su talento incluso cuando las circunstancias económicas hacían pensar que dedicarse a la pintura era una decisión poco práctica.
La inusual misión que recibió de la Iglesia

Uno de los episodios más extraordinarios de su vida ocurrió en 1890 cuando los líderes de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días lo enviaron a él y a otros jóvenes artistas a París, Francia, para estudiar pintura en la prestigiosa Académie Julian.
Su llamado no consistía en predicar ni en organizar ramas de la Iglesia, sino en aprender arte.
Aquella decisión fue revolucionaria para la época. Los líderes comprendían que el evangelio también podía expresarse mediante la belleza y querían que el futuro Templo de Salt Lake contara con obras realizadas por artistas Santos de los Últimos Días con una formación profesional.
Durante aproximadamente un año, Hafen perfeccionó técnicas de dibujo, composición, color y paisajismo junto a algunos de los mejores maestros europeos. Aquel viaje cambió para siempre su forma de pintar.
El artista que ayudó a decorar el Templo de Salt Lake

Al regresar a Utah, John Hafen trabajó junto con Lorus Pratt y John B. Fairbanks en la elaboración de los murales originales de las salas del Mundo y del Jardín del Templo de Salt Lake.
Para él, aquel proyecto era un acto de adoración.
Quienes lo conocieron afirmaban que rara vez comenzaba una pintura sin antes hacer una oración. Su deseo era que cada paisaje reflejara la grandeza del Creador y que sus obras ayudaran a fortalecer la fe de quienes las contemplaban.
El historiador del arte Vern Swanson, quien ha dedicado más de cuatro décadas a investigar su vida, resumió su carácter con una frase contundente:
«No había hombre más religioso que Hafen».
Pintar con fe aunque no hubiera dinero

Paradójicamente, mientras hoy sus cuadros son considerados parte fundamental del patrimonio artístico de Utah, durante su vida Hafen casi nunca pudo vivir cómodamente de su trabajo.
Las cartas que escribió a su esposa muestran las enormes dificultades económicas que enfrentó. En una ocasión le confesó que solo tenía tres centavos en el bolsillo, suficientes únicamente para comprar el desayuno. Después de eso, simplemente confiaba en que el Señor proveería.
Su situación fue tan complicada que durante años viajó por distintos estados de Estados Unidos intentando vender sus pinturas. Recorrió California, Nueva York, Illinois, Indiana y otras regiones sin lograr el éxito financiero que esperaba.
Pero aún a pesar de esaas grandes dificultades, Hafen nunca dejó de pintar ni de creer.
Cuando la Iglesia sostuvo a un artista

Entre 1901 y 1903 ocurrió algo que cambió temporalmente su realidad: la Iglesia decidió financiar su trabajo para que pudiera dedicarse por completo a pintar paisajes y retratos relacionados con la fe.
Ese apoyo económico le permitió concentrarse en crear algunas de las obras más importantes de toda su carrera.
Según Vern Swanson, aquellos fueron probablemente los años más productivos de Hafen, porque por primera vez pudo dedicarse al arte sin la constante preocupación de cómo alimentar a su familia. Pero aunque hoy es recordado por sus hermosas obras, quizá el aporte más importante de John Hafen fue su manera de entender el arte.
Para él, la belleza tenía un propósito espiritual y creía que contemplar la creación de Dios ayudaba a las personas a acercarse al Creador.
También defendió activamente la educación artística en Utah. Participó en la organización del Utah Art Institute, impulsó el desarrollo del movimiento artístico de Springville y donó obras que contribuyeron al nacimiento del Springville Museum of Art, considerado el primer museo de arte del estado.
Su influencia terminó formando generaciones enteras de artistas.
Un hombre cuya fe nunca disminuyó

La pobreza nunca consiguió apagar el testimonio de John Hafen. Quienes convivieron con él lo describían como una persona amable, humilde y profundamente espiritual.
Cuando falleció en 1910, a los 54 años, uno de sus amigos más cercanos, Brigham H. Roberts, pronunció unas palabras que reflejan el impacto que había tenido en quienes lo conocieron:
«Su espíritu era como el sol. A veces las nubes podían ocultarlo, pero por encima de ellas el sol siempre brillaba».
Esa descripción retrató perfectamente a John Hafen, un hombre cuyas pruebas y dificultades jamás disminuyeron su fe en Dios y en Jesucristo.
Hoy, a más de un siglo después de su partida, sus pinturas y su legado continúan recordando que la verdadera grandeza no siempre se mide por el éxito económico, sino por la fidelidad con la que usamos nuestros talentos para glorificar a Dios.
Fuente: Deseret News
