La primera cita no es una entrevista laboral ni un testimonio extendido. Sin embargo, hay frases que convierten cualquier conversación en un monólogo involuntario. Comentarios como “yo siempre hago esto”, “a mí me pasa que…” o “en mi caso…” repetidos sin pausa suelen decir más de nuestra ansiedad que de nuestro interés real.
Escuchar es una forma básica de respeto, y también una señal de madurez emocional. Cuando estamos demasiado concentrados en impresionar, dejamos de conectar. En el Evangelio, el amor casi siempre empieza con atención sincera. Jesucristo preguntaba, escuchaba y miraba a las personas antes de enseñarles algo.
Tal vez la mejor pregunta en una primera cita no es qué decir, sino cuánto espacio estamos dejando para conocer de verdad a alguien más.
Cuando intentamos “parecer espirituales”

Frases como “yo ya tengo muy claro lo que quiero espiritualmente” o “estoy buscando a alguien que esté a mi mismo nivel” pueden sonar bien en teoría, pero en una primera cita suelen levantar más muros que puentes. No porque el deseo sea malo, sino porque la espiritualidad no necesita anunciarse para notarse.
La doctrina nos recuerda que todos estamos en proceso. Presentarnos como si ya hubiéramos llegado puede generar presión innecesaria y una idea poco realista de quiénes somos. Nadie vive el Evangelio de forma perfecta, y pretenderlo en una cita suele producir silencios incómodos.
La confianza verdadera se nota cuando hablamos con sencillez. Ser honestos sobre dónde estamos espiritualmente es más atractivo que intentar parecer impecables.
Cuando el pasado aparece demasiado pronto

Mencionar ex-relaciones en una primera cita es uno de esos clásicos que casi nunca sale bien. Frases como “mi ex hacía esto” o “porque antes me pasó…” trasladan la conversación a un lugar que todavía no corresponde. No es falta de honestidad, es sentido del momento.
Cada relación merece empezar sin comparaciones. Traer el pasado demasiado rápido puede dar la impresión de que aún no hemos cerrado ciertos capítulos, aunque no sea cierto. La prudencia también es una forma de amor propio y de respeto al otro.
El presidente Dieter F. Uchtdorf ha enseñado que el progreso implica aprender y seguir adelante. En una primera cita, avanzar empieza por estar presentes, no por revivir lo que ya quedó atrás.
Una recopilación de frases

Si bien todas las frases pueden sonar distinto según el contexto, la intención y la confianza, aquí reunimos algunas que, dichas demasiado pronto, suelen generar más incomodidad que conexión. No porque sean malas en sí, sino porque una primera cita todavía no es el espacio para sostenerlas.
“¿Quieres casarte conmigo?”
“¿En qué templo te gustaría casarte?”
“Yo creo que el Señor me va a confirmar rápido si esto es para siempre”
“No suelo salir con personas que no son igual que yo”
“Estoy en una etapa muy elevada de mi conversión”
“Soy muy intenso/a cuando me gusta alguien”
“Siempre termino siendo el más maduro de la relación”
“Mi ex también era muy así”
“¿Cuántos hijos te imaginas teniendo?”
“La gente suele enamorarse rápido de mí”
Lo que sí vale la pena recordar

Sobrevivir a una primera cita no depende de frases perfectas, sino de una actitud clara. La autenticidad, la escucha y el respeto siempre comunican más que cualquier discurso bien ensayado. No se trata de decir lo correcto, sino de estar dispuestos a conocer a alguien sin máscaras.
San Valentín suele llenarse de expectativas irreales, pero el Evangelio nos invita a algo más simple y más profundo. Amar empieza con ver al otro como es, no como queremos que encaje en nuestra historia.
Y si alguna frase sale mal, tampoco es el fin del mundo. A veces, incluso eso puede ser el mejor inicio de una buena conversación.



