Cuando pensamos en los pioneros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, solemos imaginar familias completas cruzando las llanuras rumbo al Valle del Lago Salado.
Sin embargo, la realidad fue mucho más compleja. En muchas ocasiones, los recursos no alcanzaban para que todos viajaran juntos.
Por esa razón, algunos padres partían primero con la esperanza de preparar un hogar para su familia. En otros casos, solo era posible enviar a uno de los hijos mientras el resto esperaba reunir el dinero suficiente para continuar el viaje.
También hubo niños que quedaron huérfanos durante la travesía y tuvieron que seguir adelante acompañados únicamente por hermanos mayores o por otros pioneros.
La fe en el Evangelio y el deseo de establecerse en Sion llevaron a muchas familias a hacer sacrificios que hoy parecen difíciles de imaginar.
Estas son tres historias que muestran el valor, la protección del Señor y la fortaleza de algunos de esos niños pioneros.
Un niño que convirtió el camino en una aventura

En 1866, B. H. Roberts, quien años más tarde llegaría a servir como Presidente del Primer Consejo de los Setenta, tenía apenas nueve años cuando emprendió el viaje hacia el Valle del Lago Salado acompañado únicamente por su hermana de dieciséis años.
Su madre ya vivía en Utah desde hacía cuatro años y esperaba con ilusión el momento de volver a abrazarlos, mientras que su padre permanecía en Inglaterra.
Aunque el viaje era largo y exigente, para Roberts muchas experiencias tenían el sabor de una aventura. Exploraba los ríos, observaba desde lejos a los pueblos indígenas y aprovechaba cualquier oportunidad para descubrir algo nuevo.
Uno de los episodios más curiosos ocurrió durante un recorrido nocturno.

Cansado después de caminar todo el día, decidió esconderse dentro de un gran barril que iba en una carreta para descansar sin que nadie lo descubriera. Lo que no sabía era que el barril estaba lleno de melaza.
Cuando despertó a la mañana siguiente, salió completamente cubierto de ese pegajoso jarabe. Los demás pioneros no pudieron contener la risa al verlo, mientras él intentaba limpiarse como podía antes de continuar el viaje.
Aunque hoy la historia resulta divertida, también refleja la realidad difícil de Roberts, él viajando lejos de sus padres y con muy pocas comodidades.
Aun en medio de las dificultades, muchos niños aprendieron desde pequeños a seguir adelante con optimismo y confianza en el Señor.
El pequeño que desapareció en medio de la ruta

Arthur Parker tenía solo seis años cuando, durante una pausa del viaje, se quedó dormido bajo la sombra de unos árboles. Cuando despertó, la compañía de pioneros ya había continuado su camino.
Sus padres pensaron que el niño caminaba con otros pequeños del grupo y no notaron su ausencia hasta que llegaron al campamento esa tarde, justo cuando comenzaba una fuerte tormenta.
La desesperación fue inmediata. Durante dos días, varios hombres recorrieron el camino buscándolo sin éxito. Finalmente, la compañía tuvo que continuar su viaje y el padre de Arthur decidió quedarse solo para seguir la búsqueda.

Antes de despedirse, su esposa le colocó un chal rojo sobre los hombros y le dijo que, si encontraba al niño con vida, levantara el chal como señal para que ella pudiera verlo desde la distancia. Si ocurría lo peor, ese mismo chal serviría para envolver el cuerpo de su hijo.
Cada noche, mientras el resto del grupo avanzaba hacia el oeste, aquella madre observaba el horizonte esperando una señal. Pasaron varios días hasta que, al atardecer, distinguió una figura acercándose. Sobre sus hombros ondeaba el chal rojo.
Arthur había sido encontrado con vida por un leñador que lo cuidó hasta que su padre llegó a rescatarlo. Los diarios de los pioneros cuentan que la alegría que inundó el campamento fue indescriptible.
En medio de la incertidumbre, aquella familia experimentó que el Señor también acompaña a quienes siguen avanzando con fe, incluso cuando el camino parece imposible.
El joven que vivió dos años con una tribu nativa

La experiencia de George Staples fue aún más extraordinaria.
Tenía catorce años cuando salió de Inglaterra completamente solo. Sus padres habían decidido enviarlo primero mientras reunían el dinero para que el resto de la familia pudiera emigrar más adelante.
Durante la travesía enfermó gravemente de fiebre en territorio sioux.
Su estado era tan delicado que los pioneros creyeron que no sobreviviría. Como el grupo corría peligro de ser atacado y no podía permanecer allí, tomaron una de las decisiones más difíciles de todo el viaje.
Lo dejaron al cuidado de un cazador, convencidos de que solo le quedaban unas horas de vida.
Sin embargo,poco después llegó una comunidad sioux. Una mujer de la tribu pidió hacerse cargo del muchacho y, junto con el curandero del grupo, comenzó a atenderlo utilizando sus propios remedios.

Contra todo pronóstico, George se recuperó. Con el paso del tiempo fue aceptado como un miembro más de aquella comunidad. Aprendió sus costumbres, vistió como ellos y llegó a considerar aquel lugar como su nuevo hogar.
Mientras tanto, en Inglaterra, su familia recibió la noticia de que había muerto.
Dos años después, cuando su padre finalmente llegó al Valle del Lago Salado, escuchó el rumor de que un joven blanco vivía entre los sioux. Sin perder la esperanza, decidió buscarlo.
Cuando ambos se encontraron, padre e hijo se reconocieron de inmediato y se abrazaron después de años creyendo que nunca volverían a verse.
La despedida también fue emotiva para la mujer sioux que había cuidado de George como si fuera su propio hijo. Él prometió regresar a visitarla, y años más tarde cumplió su palabra.
La historia de George recuerda que el Señor puede obrar por medio de personas inesperadas para preservar la vida de Sus hijos y cumplir Sus propósitos.
Una fe que valía cualquier sacrificio

Estas historias muestran que el trayecto hacia Sion fue mucho más que un largo viaje. Para muchas familias representó separaciones, incertidumbre y decisiones que exigieron una enorme confianza en Dios.
Muchos de esos niños enfrentaron pruebas que ningún niño debería vivir. Sin embargo, su historia también es un testimonio de que el Señor nunca dejó de acompañar a quienes hicieron convenios con Él y avanzaron con la esperanza puesta en Sus promesas.
Hoy, al recordar a los pioneros, no solo honramos su valentía. También recordamos que la fe verdadera muchas veces implica seguir caminando, incluso cuando todavía no podemos ver el final del camino.
Fuente: Meridian Magazine
