A los 16 años, Porter Brinton sufrió un accidente que cambió su vida por completo. Mientras estaba de vacaciones con su familia, se lanzó a una piscina poco profunda, golpeó su cabeza contra el fondo y se fracturó el cuello.
Cuando despertó, sentía que todo su cuerpo hormigueaba. No podía ponerse de pie, sentarse ni controlar bien sus brazos. Poco después descubrió que había quedado paralizado desde el pecho hacia abajo.
Después de varias cirugías, pasó todo ese verano en un centro de rehabilitación, donde comenzó un proceso completamente nuevo, el de aprender a vivir con un cuerpo que ya no podía controlar como antes.
Tenía que pasar horas todos los días en terapia física y ocupacional. No podía mover ni sentir los músculos del abdomen, la espalda o las piernas, y sus brazos y manos también habían quedado afectados.
Pero en medio de ese proceso ocurrió algo que, para Porter, terminó siendo incluso más importante que su recuperación física.
“Nadie entiende lo que estoy viviendo”

Un día, mientras estaba en su habitación del hospital, Porter miró por la ventana.
Afuera podía ver las montañas y a otras personas haciendo cosas que él ya no podía hacer. Mientras permanecía solo en su cama, comenzó a pensar en todo lo que había cambiado. Pensó:
“Nadie sabe por lo que estoy pasando. Nadie entiende. Nadie puede siquiera imaginar cómo se siente esto”.
Y entonces ocurrió algo que marcó un antes y un después en su vida. Porter sintió fuertemente el Espíritu y recibió una impresión muy clara:
“Tu Hermano Jesús sabe exactamente por lo que estás pasando”.
Ese momento lo hizo llorar, entendió que aunque las personas a su alrededor no pudieran experimentar su dolor de la misma manera, Jesucristo sí podía comprenderlo perfectamente.
Comprender la Expiación de Jesucristo

Para Porter, aquella experiencia cambió la forma en que veía al Salvador.
Comenzó a entender que Jesucristo no era alguien que simplemente podía ofrecerle palabras de consuelo desde lejos. El Salvador había experimentado el dolor, la soledad y el sufrimiento de una manera que le permitía comprenderlo personalmente.
Con el tiempo, esa experiencia también transformó su relación con el Evangelio.
Después del accidente, Porter sirvió en una misión de servicio y comenzó a desarrollar una rutina espiritual. Servía en el templo tres veces por semana y dedicaba muchas horas al estudio del Libro de Mormón y de otros materiales del Evangelio.

Para él, estudiar las Escrituras dejó de ser solamente una actividad religiosa. Se convirtió en una forma de acercarse a Jesucristo y buscar respuestas.
“Antes de mi accidente, no tenía el Espíritu en mi vida”, explicó. “No conocía el gozo de encontrar una respuesta a una pregunta del Evangelio ni de orar y recibir revelación”.
Su situación no había desaparecido, pero su manera de enfrentarla sí había cambiado.
La fe no significa que todo será fácil

Desde aquel accidente, Porter ha tenido momentos difíciles, de tristeza y soledad. Su vida no se volvió sencilla simplemente porque encontró mayor fortaleza espiritual.
Pero comenzó a vivir con una perspectiva eterna. Esa perspectiva le permitió confiar en Jesucristo incluso cuando no tenía todas las respuestas sobre lo que vendría después.
Confiar en el Salvador no significa que dejaremos de enfrentar momentos difíciles. Significa que no tenemos que enfrentarlos solos.
Porter lo resume de una manera sencilla: podemos hacer cosas difíciles con Jesucristo o podemos intentar hacerlas por nuestra cuenta.
Después de todo lo que ha vivido, él sabe cuál de las dos opciones quiere elegir:
“Yo elijo a Jesús”.
Fuente: LDS Living
