Virginia Hawkins Bryant y Kathleen Moessing se conocieron cuando apenas tenían dos años, en un vecindario pequeño de Tooele, Utah. Vivían a solo una casa de distancia y, como suele pasar en los pueblos chicos, el juego compartido se volvió compañía diaria. Sin imaginarlo, estaban iniciando una amistad que atravesaría toda una vida.
Desde temprano aprendieron algo simple pero profundo. Las relaciones que nacen en lo cotidiano pueden convertirse en anclas espirituales con el paso del tiempo.
Crecer juntas, aun cuando la vida separa

La infancia estuvo marcada por juegos al aire libre, actividades comunitarias y una cercanía que no necesitaba explicación. Aunque sus personalidades eran distintas, siempre encontraron equilibrio en la amistad.
Sin embargo, la vida trajo cambios inevitables. Mudanzas, nuevas ciudades y responsabilidades familiares las llevaron por caminos distintos.
Aun así, nunca dejaron de buscarse. Visitas, cartas, cumpleaños y momentos importantes mantuvieron viva la conexión. La amistad verdadera no depende de la distancia, sino del compromiso de permanecer presentes.
Pérdidas compartidas, fe que se sostiene

Con los años, ambas enfrentaron pruebas similares. La pérdida de padres, luego la de sus esposos, llegó casi en el mismo tiempo. Lejos de quebrar el vínculo, estas experiencias lo hicieron más consciente y más profundo.
En medio del duelo, surgió una convicción tranquila. Cuando el dolor se comparte, la fe también encuentra espacio para crecer. No desde el ruido ni la prisa, sino desde la confianza en que el Señor sigue guiando cada etapa.
Un llamado que llegó con naturalidad

La idea de servir juntas en una misión no nació de un plan elaborado. Kathleen recibió un mensaje de su hija, quien sirve como líder misional junto a su esposo en la Misión Micronesia Guam. Había una necesidad concreta, especialmente en el área de salud. Con años de experiencia como enfermera, Kathleen sintió el deseo de ayudar, pero sabía que no podía hacerlo sola.
La llamada a Virginia fue sencilla, casi espontánea. Y la respuesta también. Cuando el deseo de servir es sincero, el Señor se encarga de abrir el camino.
Dones distintos, un mismo propósito

Ambas aceptaron un llamamiento de seis meses y comenzaron su capacitación en el Centro de Capacitación Misional de Provo. Una aportará desde su experiencia en el hogar, con habilidades prácticas que bendicen la vida diaria. La otra servirá desde su formación profesional en enfermería.
No buscan protagonismo ni grandes historias. El servicio misional también se construye en lo simple, en lo que ya sabemos hacer y ofrecemos con humildad.
Servir no tiene edad

A sus 81 años, Virginia y Kathleen no ven esta misión como un cierre, sino como continuidad. Para ellas, este llamado confirma algo que muchos olvidan. El propósito no termina con la edad y el Evangelio siempre encuentra formas de invitarnos a servir.
Hoy inician esta etapa con gratitud, claridad y paz. Saben que el Señor no desperdicia las experiencias ni las relaciones que hemos cultivado con amor. Y confían en que, mientras haya disposición, siempre habrá un lugar donde servir juntos.
Fuente: Church News



