¿Qué tienen en común el karate y el servicio misional? Para Kalel Paliari Alves, ambas experiencias le enseñaron algo que hoy aplica en su vida: la disciplina, el autocontrol y la confianza en el Señor pueden ayudarnos a crecer tanto en lo personal como en lo espiritual.

Antes de servir como misionero de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, Kalel ya había alcanzado importantes metas deportivas y académicas. Sin embargo, después de años de entrenamiento, competencias y estudios universitarios, tomó la decisión de dejarlo todo por un tiempo para servir una misión.

Esta es la historia de cómo el karate, su fe en Jesucristo y las enseñanzas de su familia lo prepararon para dar ese paso.

El karate: una disciplina que también fortaleció su fe

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Kalel nació el 22 de octubre de 2005 en Bauru, São Paulo, Brasil. En 2013, se mudó con sus padres a Navegantes, Santa Catarina, y ese mismo año fue bautizado al cumplir ocho años.

Desde pequeño, tuvo que aprender a manejar los desafíos relacionados con el TDAH y la dislexia, condiciones que le dificultaban la concentración. Por recomendación médica, comenzó a practicar karate a los seis años, una actividad que le permitió canalizar su energía y desarrollar mayor control sobre sus pensamientos.

Con el tiempo, el karate dejó de ser solamente un deporte. Kalel encontró en su filosofía principios que también había aprendido en el hogar y en la Iglesia, como el respeto, la perseverancia y el autocontrol.

Entre los lemas de esta disciplina hay uno que destaca especialmente: contener el espíritu de agresión. Para él, esta enseñanza estaba estrechamente relacionada con los principios del evangelio de Jesucristo.

La disciplina no solo consiste en controlar nuestros movimientos, sino también en aprender a gobernar nuestras acciones y tratar a los demás con respeto. Esta conexión entre el karate y el evangelio influyó en su desarrollo personal y fortaleció los valores que sus padres le habían enseñado.

Cuando la disciplina se convierte en una oportunidad para crecer

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La práctica del karate también le permitió trabajar en distintas áreas de su vida. Mientras desarrollaba nuevas habilidades y mejoraba su condición física, aprendía a relacionarse con personas diferentes y a respetar sus opiniones y formas de pensar.

Estas experiencias también se relacionaron con las metas del programa Niños y Jóvenes de la Iglesia, anteriormente conocido como el programa «Mi Deber a Dios» y «Progreso Personal» para las Mujeres Jóvenes. A través del deporte, Kalel encontró oportunidades para crecer intelectual, física, social y espiritualmente.

Incluso participó en un proyecto social de karate organizado en la Iglesia, donde tuvo la oportunidad de impartir clases. Esa experiencia le enseñó a reconocer que cada persona tiene su propio ritmo de aprendizaje y que ayudar a los demás requiere paciencia y comprensión.

Los talentos que desarrollamos pueden convertirse en una forma de servir a otras personas. En el caso de Kalel, el karate no solo le permitió superarse a sí mismo, sino también compartir lo aprendido y contribuir al crecimiento de quienes lo rodeaban.

Una medalla de oro y una lección sobre confiar en Dios

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Uno de los momentos más importantes de su trayectoria deportiva llegó durante una competencia de karate en la modalidad de kata, una secuencia de movimientos que exige precisión, fuerza, ritmo y coordinación.

Sus instructores le asignaron el kata Gojūshiho Shō, una presentación compleja que debía preparar en apenas cuatro días. El tiempo era limitado y la exigencia técnica era alta, por lo que Kalel llegó a la competencia con el temor de cometer algún error.

En ese momento, recordó que podía confiar en el Señor. Había entrenado y hecho su parte, pero también decidió orar con fe y pedirle al Padre Celestial que lo ayudara a recordar lo que había aprendido.

El resultado fue una medalla de oro y el título de campeón brasileño.

Esta experiencia le dejó una enseñanza que iba más allá de la competencia: confiar en el Señor no significa dejar de esforzarnos, sino reconocer que podemos buscar Su ayuda mientras hacemos nuestra parte. Su preparación fue importante, y la oración le permitió afrontar el desafío con mayor confianza.

Del campeonato brasileño a una decisión que cambió sus planes

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El año 2024 estuvo lleno de logros para Kalel. Obtuvo el cinturón negro de karate, se convirtió en campeón brasileño y clasificó para el Campeonato Mundial de Karate, celebrado en Fortaleza, Ceará, donde consiguió la medalla de bronce.

Al mismo tiempo, avanzaba en su formación académica. Rindió el examen de ingreso a la universidad, obtuvo una beca y comenzó a estudiar Odontología. Llegó al tercer semestre de la carrera y también tenía un empleo.

Desde fuera, parecía estar construyendo el futuro que muchos jóvenes desean: una carrera universitaria, experiencia laboral y una trayectoria deportiva destacada. Sin embargo, a pesar de esos avances, Kalel sentía que algo faltaba. Se encontraba triste y angustiado.

Después de conversar con sus padres, decidió dedicar tiempo al ayuno y la oración para buscar la guía del Padre Celestial. Durante ese proceso, sintió que debía hacer una pausa en sus proyectos personales y prepararse para servir una misión.

Entonces habló con su obispo y comenzó los trámites para recibir un llamamiento misional. Para hacerlo posible, dejó su empleo y suspendió temporalmente sus estudios universitarios.

Cuando recibió su llamamiento misional, Kalel se sintió feliz. Su deseo era servir al Señor, sin importar el lugar al que fuera asignado. Finalmente, recibió el llamamiento para servir en la Misión Brasil Salvador.

La noticia también generó preocupación en sus padres, quienes pensaban en los desafíos de seguridad que podría encontrar en ese lugar. Antes de que Kalel ingresara al Centro de Capacitación Misional (CCM), la familia visitó el Templo de Curitiba, Brasil.

Según relataron sus padres, aquella visita les permitió fortalecer su testimonio y sentir paz respecto a la decisión de su hijo. Salieron con la confianza de que el Señor estaría con él durante su servicio misional.

Esta experiencia muestra que las decisiones espirituales también pueden involucrar a toda una familia. Mientras Kalel se preparaba para enseñar el evangelio de Jesucristo, sus padres aprendían a confiar en el Señor y a acompañarlo mediante la fe.

Lo que el karate le enseñó para servir una misión

Mano apuntando al cielo
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Los años de entrenamiento le habían enseñado a Kalel a ser disciplinado, concentrarse en sus objetivos y desarrollar empatía hacia los demás. Esas habilidades comenzaron a acompañarlo en una etapa muy diferente: la vida misional, lejos de sus amigos, su familia y las actividades que habían formado parte de su rutina.

Según sus padres, las dificultades relacionadas con el TDAH y la dislexia no le han impedido realizar su labor como misionero. Las herramientas que desarrolló durante años de práctica deportiva siguen siendo parte de su manera de afrontar los desafíos cotidianos.

Tiempo después de llegar al campo misional, el élder Paliari compartió un testimonio que hizo reflexionar a sus padres. Les contó que antes se sentía triste y angustiado, pero que esos sentimientos ya no lo acompañaban de la misma manera, porque ahora estaba haciendo lo que sentía que el Señor le había pedido, dedicar una parte de su vida a predicar el evangelio de Jesucristo.

Su experiencia no significa que servir una misión elimine todas las dificultades, sino que encontró un propósito que le dio una nueva dirección a su vida.

Cuando buscamos al Señor con sinceridad y actuamos de acuerdo con la guía que recibimos, podemos encontrar propósito y paz incluso al cambiar nuestros planes. La historia de Kalel refleja cómo la fe puede acompañar las decisiones personales y ayudarnos a reconocer qué es lo más importante en cada etapa de nuestra vida.

Hoy, el karate y el evangelio de Jesucristo siguen siendo dos influencias importantes en su historia. Uno le enseñó disciplina y constancia; el otro le dio una dirección espiritual para poner esas cualidades al servicio de los demás.

Del tatami al campo misional, Kalel continúa aprendiendo que el verdadero crecimiento no se mide únicamente por las medallas o los logros académicos, sino también por la disposición de seguir a Jesucristo y compartir Su evangelio.

Fuente: maisfe.org

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